La polarización se viene agravando en las últimas décadas. Su gran empresario ha sido Rodríguez Zapatero. Hasta él, existían las disputas normales en una democracia liberal. Con él, llegaron el odio, el resentimiento y la división. La izquierda radical se volvió schmittiana. En realidad, siempre lo fue. La división política fundamental para ella es la que se da entre amigos y enemigos. La polarización se puede dar en la derecha y en la izquierda. Los populismos generan de manera natural polarización. Pero sería un error considerar culpables a las dos partes radicalizadas en la actual. Es obra de la izquierda ‘frentepopulista’. Para que no quede duda, sus promotores invocan uno de los períodos más nefastos de nuestra historia como modelo. Han declarado una especie de guerra civil incruenta. Para ellos la política es la continuación de la guerra por otros medios. Y ahora se trata de ganarla. Pedro Sánchez es solo el gestor del proyecto Zapatero.

Invocar a la concordia entre las dos partes y que se acaben los insultos y mentiras es como clamar en el desierto si es una de ellas la que tiene la revancha y la eliminación política del adversario como programa político. El maniqueísmo político conduce a la polarización, pero no hay ideología más maniquea que la izquierda radical. Le es muy fácil, casi necesario, al marxismo sucumbir al maniqueísmo político. También a cierta derecha antidemocrática y filofascista, pero es actualmente bastante exigua, aunque la propaganda gubernamental le confiera el honor de considerarla fuerza mayoritaria. La mejor vacuna contra la polarización es el conservadurismo. El Gobierno del Frente popular promueve la discordia porque es su razón de ser. Basta con recordar sus apoyos, aparte de la izquierda radical y comunista que está integrada en él: terroristas, cesantes y separatistas. Es decir, los más fervientes amantes de España.

Es cierto que Pedro Sánchez es un ambicioso compulsivo, cuyo caso bien podría tratarse en los libros de psicopatología. Quizá también que haría cualquier cosa por mantenerse en el poder. Pero acaso ignore que resistir puede estar bien en ocasiones, pero que gobernar no es resistir, sino ejercer el poder al servicio del bien común. Pero con ser esto grave, la realidad es mucho peor. Porque esta interpretación no sería tan alarmante como lo es la correcta. A un ambicioso no es difícil mandarlo a casa en las urnas, a menos que las destruya. Lo malo es que es el títere mayor de un proyecto político de cambio del régimen de 1978. Sánchez no se ha visto obligado a pactar con quienes ha pactado. Es la consecuencia de un nefasto proyecto que nace en el pacto del Tinell y que tiene como objetivo integrar a la ETA y a los separatistas en general en el sistema, establecer un gobierno permanente del Frente popular y excluir a la derecha de la vida pública. Si pensamos que se trata solo de un ambicioso y resistente patológico, nos equivocamos e incurriremos en una sinécdoque.

Pero incluso con este proyecto antidemocrático, la descripción del sistema que se pretende instaurar quedaría incompleto. Además de la polarización frentepopulista, el nuevo régimen se caracteriza por ser una cleptocracia. Si el término parece muy duro, cabe acudir a la sabiduría del Diccionario de la Real Academia que la define así: «sistema de gobierno en el que prima el interés por el enriquecimiento propio a costa de los bienes públicos». ¿Resulta injusto? ¿Cómo no sentir nostalgia de Julio Anguita, a quien acusaron de hacer pinza con la derecha por no tragar con la corrupción galopante de la última etapa de González? Es que Anguita era un hombre honrado antes que comunista. Y eso ayuda mucho.

En conclusión, y si no estoy equivocado, esta es la actual forma de gobierno en España: polarización y cleptocracia. Quizá hoy en Extremadura comience el cambio. Pero también nos equivocaríamos si pensáramos que Sánchez es un aprendiz de tirano que aspira a sojuzgar a su pueblo. El problema es que una gran parte de la sociedad española está envilecida porque lo acepta y apoya. Y aceptar a sabiendas el mal como algo normal es precisamente envilecerse.