Hace cuarenta años, el 1 de enero de 1986, España cruzaba un umbral histórico al incorporarse a la Comunidad Económica Europea. Para muchos ciudadanos, aquella adhesión no era solo una cuestión económica, sino un regreso a la modernidad y a la democracia tras décadas de dictadura. Mientras el bloque europeo contaba entonces con doce países y unos 320 millones de habitantes, hoy la Unión Europea es un entramado complejo de 27 Estados y más de 450 millones de ciudadanos, con moneda única, fronteras abiertas para la circulación de personas y un mercado interno que ha transformado la vida de millones.
España, que en aquel entonces aprendía a transponer normas y negociar fondos, ha pasado a ser un actor central en decisiones cruciales, desde la adopción del euro hasta la gestión de los fondos NextGenerationEU. La evolución de nuestro país ha ido de la mano de la UE: infraestructuras, innovación, empleo y desarrollo regional se han financiado en gran medida gracias a la integración europea. Como un estudiante que se convierte en profesor, España ha aprendido a liderar, pero también a adaptarse a un entorno en constante cambio.
La Unión Europea entre amenazas externas e internas
Hoy, la UE enfrenta tensiones inéditas. La guerra en Ucrania, la dependencia tecnológica y económica de China y un aliado estadounidense menos previsible, sumados al auge de populismos y fuerzas reaccionarias dentro del propio bloque, ponen a prueba la cohesión europea. La reciente decisión de reforzar la defensa y planear nuevas ampliaciones hacia el este muestra que Europa intenta adaptarse a un mundo en el que la seguridad y la estabilidad económica ya no se dan por sentadas.
Para España, este escenario ofrece tanto riesgos como oportunidades. Nuestra posición como cuarta economía de la zona euro y como país con una población significativa nos permite influir en grandes decisiones, pero también exige responsabilidad: defender los valores de cooperación y solidaridad que han sido pilares de la UE. La incertidumbre política, reflejada en el crecimiento de la ultraderecha en varios Estados miembros, nos recuerda que la integración europea no es automática ni irreversible.
España como motor de un proyecto europeo renovado
Más allá de la economía, la pertenencia a la UE es para España una cuestión existencial. La ciudadanía mantiene un fuerte respaldo a la integración, con más del 74% creyendo que el país afronta mejor su futuro dentro del bloque. Esto significa que España tiene un papel doble: consolidar los logros alcanzados y empujar hacia una Europa más fuerte, inclusiva y socialmente comprometida.
El desafío es político y cultural: evitar que la tentación de los muros y el aislamiento gane terreno, reforzar la cooperación frente a crisis externas y mostrar que un proyecto basado en la solidaridad puede ser eficaz en la práctica. Como un árbol que se enfrenta a tormentas, España debe mantener raíces firmes en sus valores europeos mientras extiende sus ramas para adaptarse a nuevas realidades. La integración no es un destino sino un proceso continuo, y nuestra responsabilidad es asegurar que la UE siga siendo un espacio de estabilidad, progreso y oportunidades.
Si algo nos enseñan estos cuarenta años, es que la fortaleza de la Unión Europea depende de la combinación de visión política, cooperación ciudadana y voluntad de adaptarse a los cambios. España tiene la oportunidad de liderar con ejemplo, demostrando que el compromiso europeo no es solo un privilegio, sino una herramienta para enfrentar los desafíos del siglo XXI con inteligencia, cohesión y visión estratégica. @mundiario