La semana pasada dejamos al editor, escritor y traductor Enrique Murillo (Barcelona, 1944) despidiéndose de Anagrama en su libro Personaje secundario (Trama). Es un libro que tiene 544 páginas y cuesta 28 euros; es decir, que ustedes no se lo van a leer. Como ustedes no se lo van a leer, les hago el favor de entresacar algunas historias fascinantes y datos increíbles de su segunda parte.
Murillo fichó a principios de los 90 como editor de Plaza & Janés, ya entonces propiedad de Berstelsmann y, en fin, primitivo estadio de ese imperio que hoy se llama Penguin Random House. Se compran tanto entre ellos que es difícil seguirles el ritmo. Con todo, yo ya leía en los años 90 libros que Murillo acababa de publicar, y es gracioso recordarme inocente y atento ahora que puedo ver lo que había al otro lado, en Barcelona.
En Barcelona, había un despacho en el que entró Enrique Murillo para hacer su trabajo. Le echó un primer vistazo de reconocimiento. Vio un armario. Lo abrió. Vio unos papeles. Los inspeccionó. Salían, por columnas, los nombres de los autores de la casa, y, a su lado, una cifra; y, al lado de esa cifra, otra cifra más, mayor. Murillo comprendió enseguida que aquello era “doble contabilidad”, y que iban apuntando las ventas reales y las ventas fingidas, no fueran a confundirse algún día y olvidar cuánto le habían dicho al autor que había vendido.
Es un libro que tiene 544 páginas y cuesta 28 euros; es decir, que ustedes no se lo van a leer
Murillo fue a su jefe, un alemán mandarín y jovencillo, y le confesó la contabilidad española. “En Alemania no hacemos estas cosas”, le dijo el teutón, y desde entonces dejaron de hacer esas cosas; de robar. “Pronto vería volar cuchillos lanzados por caballeros trajeados (…) y tramar formas de robar dinero a raudales de las cajas de la propia empresa, al tiempo que la empresa se lo robaba a los autores”.
El libro ‘Personaje secundario’ de Enrique Murillo.
Murillo en Plaza & Janés quería conseguir lo mismo que en Anagrama, descubrir autores jóvenes y “revolucionar” la literatura española. Así llegó al sello Ray Loriga, con Héroes (1994), que yo leí en su momento. Fue premio El Sitio de Bilbao de Novela. Como yo tenía una novela, y no había Internet, llamé a Plaza & Janés para preguntar por sus bases, por el plazo, por las copias que había que enviar. Me dijeron que no sabían nada, que no conocían el premio El Sitio de Bilbao de Novela. “¡Pero si acabo de leer vuestra novela de Ray Loriga, Héroes, que es premio El Sitio de Bilbao!”, les dije, de hecho, desde una cabina telefónica en la calle Delicias de Madrid. No tenían ni idea de qué les estaba hablando.
O sea, que imaginen.
En el jurado de este premio unipersonal (nunca volvió a convocarse), estaba el cuñado de Ray Loriga, Benjamín Prado, que también publicó con Murillo su libro Raro (1995). Luego apareció Lucía Etxebarria, con su exitoso Amor, curiosidad, prozac y dudas (1996).
Murillo iba conformando la nueva Nueva Narrativa española, y dándonos a los jóvenes sueños consecuentes. Podía publicarse, pues publicaban jovenzuelos a todas horas. O sea, que tan mal no lo hizo.
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Sin embargo, en el gran grupo tudesco mezclado con vaya usted a saber qué otro capital, había un jefe de ventas que no tragaba a Murillo. A sus apuestas las llamaba “otro autor de mierda de los tuyos, Enrique”. Había que vender libros, no dar de soñar a la juventud. Así que Murillo se pasaba la vida buscando best sellers, o sea, libros que costaran tanto dinero que luego daba igual que vendieran mucho, porque arruinaban al sello igualmente. No es tan fácil el mercado, amigo.
Murillo ganaba mucho dinero todo el rato, algo que me ha sorprendido. Por ejemplo, antes de Plaza & Janés dirigió la revista El Europeo, que nunca en mi vida he visto. Cobraba 10 millones de pesetas por dirigir una revista que nadie leyó, hecha casi sólo para que Ray Loriga saliera en ella. En Plaza también hacía dinero y, sobre todo, hacía dinero cuando le despedían, cosa que empezó a suceder con grata frecuencia, dado el beneficio aparejado. Le despidieron tres veces seguidas, y él tan feliz (se compró una casa).
Sobre números, también me ha llamado la atención los de las ventas gloriosas en los años 90: siempre son como cuarenta mil ejemplares, o sea, lo mismo que ha vendido hoy, sin ir más lejos, Feria, de Ana Iris Simón. Más números: Juan Marsé cobró veinticinco millones de pesetas por El embrujo de Shanghai (1993). Pero Las correcciones (2001), de Jonathan Franzen, la consiguió Planeta por 6.000 dólares. En todo andaba Murillo metido.
«Murillo se pasaba la vida buscando best sellers, o sea, libros que costaran tanto dinero que luego daba igual que vendieran»
Por ello, también nos cuenta el trajín que le supuso encontrar un ganador para el Premio Internacional de Novela Plaza & Janés, y el trajín para conseguir otro ganador, años después, para el Premio Planeta. Como lo oyen. El primero fue Andrés Trapiello, y él mismo lo cuenta, deliciosamente, en su diarios (creo que en Las cosas más extrañas). Murillo ofreció el Planeta, sucesivamente, a Almudena Grandes, Rosa Montero y Arturo Pérez-Reverte. Todos declinaron los millones y acabó aceptándolos “un escritor dicharachero” cuyo nombre Murillo no quiere deslizar.
Mucho tiempo después, la escritora Raquel Taranilla, descubierta por Murillo, ganó el premio Biblioteca breve. Ojo a la frase de nuestro hombre: “Es una de las pocas ocasiones que yo conozca en la que gana un premio un original presentado sin recomendación alguna”.
Personaje secundario relata también el pufo de Ana Rosa Quintana y su novela llena de trozos de otras novelas; nos ilustra sobre la aparición de Carlos Ruiz Zafón; o apunta hacia el mágico surgimiento de los editores del futuro (“Dijo llamarse David y ser hijo de Eugenio Trías”: y ya está). Para los que conocemos el sector a día de hoy, es curioso encontrar los nombres de Nuria Cabutí, Gonzalo Canedo o Joan Tarrida en sus orígenes. De estos tres, por cierto, habla maravillas el autor.
Relata también el pufo de Ana Rosa Quintana y su novela llena de trozos de otras novelas y nos ilustra sobre la aparición de Carlos Ruiz Zafón
Diez años, según nos dice, le ha costado a Enrique Murillo completar Personaje secundario, un libro absolutamente fundamental para conocer el mundo de la edición y, sobre todo —tomando prestado un título de Trapiello—, acaso una verdad.
“Lo que digan las encuestas de lectura españolas me sigue pareciendo muy poco fiable”.