Al través del verdegal de Matías Paredes Zúñiga.
Llego al edificio de Humanidades, subo por las escaleras y encaro hacia la sala. Mientras camino me pregunto qué hago ahí y si era necesario empezar a estudiar de nuevo. Empujado solo por mis insistencias, sin tema, sin objetivos ni hipótesis, me aventuré con un documento mal escrito.
Sentado afuera de la sala, un hombre de mi edad espera lo mismo. Lo saludo: “Hola, ¿estás esperando para la primera clase?”. Me contesta en un tono seco: “Hola, sí”. Cuando la clase está por terminar, el hombre lanza un comentario crítico de difícil respuesta, un entramado de palabras tan bien urdidas que el profesor no supo qué hacer. Me atreví y le di mi parecer frente a su comentario. A partir de ese momento, la comunicación encontró su espacio. Nos reconocimos como pares en el ejercicio de la duda, esa duda que a veces puede clasificarse de neurótica y, en otras, de intelectual o reflexiva. Si tenemos la inocencia de creer que esas dos cosas pueden separarse, y no ser una sola. La duda como ejercicio se debe, tal vez, a la insoportable persistencia de imágenes antiguas, un estímulo clandestino que ha sabido sobrevivir y que conduce, sin que nosotros lo sepamos, nuestra actual y particular forma de ser en el mundo. Hacia el final de su carrera, el académico y poeta Sergio Mansilla, dice algo similar. Cree que para quien investiga, cada gran desarrollo teórico, cada libro y ensayo, hablan de un tema en particular, y que la disgregación de ese tema en otros, no era nada más y nada menos, que esfuerzos para hacer algo con la nostalgia, una forma de echar de menos y de mantener vivas las tierras de la infancia.
El diálogo que comenzó en la sala, siguió su curso por los pasillos de la universidad hasta el terminal de buses. El lugar por excelencia de los hijos de pueblo, que tienen que moverse a los centros urbanos en busca de esa supuesta sabiduría citadina, de la valorada y bien pensante inteligencia metropolitana. Es en las ciudades donde se legitima tu valía intelectual; jamás en un pueblo. Ciertamente, las lógicas universitarias no son las de Jorge Teillier.
No pasó mucho tiempo hasta que empezamos a compartir fantasías en torno a la escritura. Quedamos en hacernos llegar borradores que yo nunca envié. Leí su borrador, que ya tenía varios años entre edición o, si se quiere, sobreedición. A propósito de los vericuetos en que nos metemos al atrevernos a exponer algo propio. Verdaderos laberintos para algunos, porque están allí también la vergüenza, la retención, la exposición, el problema con el control. Es lo que pasa cuando se ve afuera algo que consideramos muy propio. En ese gesto está siempre la incertidumbre de la respuesta: ser cuidados o no.
Esta primera conversación ininterrumpida hasta hoy, fue el camino que me llevó al libro: Al través del Verdegal. Algunas de las palabras que siguen, fueron parte de la presentación realizada en la biblioteca pública de Villarrica.
Resuena en el título del libro ese peliagudo al través, que evoca el lugar común de lo que va de un lado a otro, ese atravesar que también puede ser de travesía. Benjamin decía en Los Pasajes, a propósito de las ciudades: “Importa poco no saber orientarse en la ciudad, en cambio, perderse en ella, requiere aprendizaje”. Pero se puede aludir aquí, no solo a la experiencia de perderse en la ciudad, sino también, la de perderse en el bosque ¿Cómo aprender, no a orientarse en Al través del Verdegal, sino a perderse en él, con tal de alcanzar la experiencia sensible que el libro le propone al lector?
No hay trayectos demarcados de antemano en Al través del Verdegal porque ellos están desdibujados por medio de una narrativa que avanza poéticamente. Cada cuento logra desconocer el lugar habitual de los significados. El sentido se resquebraja mientras se avanza entre un lenguaje enrevesado, con novedosas posibilidades sintácticas. El autor promueve la contradicción y el opuesto que llevan consigo las palabras. El contenido está íntimamente cruzado por su forma. Hay un montaje original, un uso de la palabra poco habitual, al menos en narrativa. El libro busca eludir el tiempo rápido, propio de las lógicas de consumo. La prosa del autor marca un contratiempo o tiempo lento. En Al través del Verdegal, el trabajo de lectura, se propone como un gesto de paciencia, si no de frustración directamente, al no entregar de manera prefabricada un sentido al lector. De modo tal que la obra establece una crítica desde sus formas.
Vuelvo sobre el título. Al través, de travesía, pero también de travieso, de jugar, de juego, pensé. Me parece que hay en el libro un juego lúdico. Lúdico, pero también sufriente, porque un juego puede ser necesariamente doloroso, sobre todo si se da al trabajo de recordar la ausencia. Jugar puede ser una cosa muy seria, puesto que encarna no solo diversión o entretenimiento sin propósito, sino una implicación en diferentes niveles capaz de remover la vida del sujeto que lo experimenta. Quizás desde aquí pueda pensarse la complejidad estética que propone la obra. Recuerdo a Freud cuando en Más allá del principio de placer, relata la situación en que su nieto juega con un carretel que lanza y acerca una y otra vez luego de que su madre se fuera, como si aquel juego le permitiera simbolizar y soportar la ausencia de su madre. No sé por qué, siempre he pensado la escritura a partir de esta famosa escena psicoanalítica: el Fort-Da Freudiano.
No recuerdo quién dijo alguna vez la siguiente frase: el abecedario, ese último juguete ¿Se puede con el abecedario jugar a recordar? Sí. La escritura es una de las maneras de hurgar en la memoria, a sabiendas –y esto es lo importante- que no hay copia ni original respecto de esa producción de imágenes, pululan ellas en el intervalo de la ficción. Con todo el peso que posee la ficción para la realidad.
La escritura utilizada en Al través del Verdegal me empuja hacia la poesía. Veo poemas en los cuentos. Podrá fácilmente coincidir conmigo quien se acerque a la lectura del libro. Esta cualidad del texto exige al lector, lo pone a prueba. Sonoridad, cadencia, ritmo e imágenes, forman características centrales y son las que connotan la potencia lírica del libro; ellas, más que recursos literarios, constituyen una forma de pensar en sí misma. Son precisamente estas visiones y expresiones líricas intensas, las que nos ayudan a comprender la complejidad del paisaje que nos propone el autor. Si todo paisaje es un recorte, en Al través del Verdegal, las palabras son la herramienta, la tijera, que monta y desmonta escenas disímiles, para lograr mostrar un paisaje con toda su complejidad.
Hay una intensidad briosa que recuerda cierta lírica narrativa semejante a los monólogos de Eloy, en la novela de Carlos Droguett. Una escritura que preserva un decir desbordante, un río caudaloso que hace de las palabras lo que son, dos cosas paralelas, simultáneas: un mero y pobre símbolo constituido por líneas diagonales, horizontales, verticales y curvas, y un conjunto de significados y sentidos que estallan todo el tiempo en y a partir de ellas.
La complejidad y densidad de las escenas que los cuentos traen, frustran las interpretaciones y de este modo dejan oscilante el relato. Hay que dejarse llevar por cierta circularidad de las imágenes. La escritura invita a volver sobre la lectura para intentar agarrar algo, tal como ocurre en un poema. Lo bueno, creo, es que en cada vuelta es posible encontrar otra cosa, y esta es su riqueza.
Hay obsesiones en todo libro, que son las que empujan la escritura. Las obsesiones filosófico-existenciales de Al través del Verdegal, se presentan a modo de preguntas:
¿Fue también el hastío, la monotonía de no ver nunca vuelto otro el color de los pastos, ni de saber aparecidas las flores en otra pampa que no sea la pampa de gualdos, morados lupinos?
¿Habría sido su madre siempre el perdón de la tierra, como la tierra misma?
¿Sería la conciliación ansiada, la primavera toda y todas las otras estaciones?
¿Eso sería ella, si él le preguntara lo que sólo ha preguntado a un campo que de antemano juzgó de insensible y mezquino, en lo que han sido sus retornos esporádicos?
¿adónde habría de verter, ahí, el caudal de su magín, rondando como rondaba la impotencia del espíritu, entre voces iterativas y permanencia de las cosas?
¿Aquello era vivir, puesto que señalábase a sí con el equívoco nombre de la felicidad?
¿quién, con un pensamiento que cavila como el mío, podría saberlo?
¿Sería su tiempo con su carne propia, sosteniendo pensar y repensar para asociar, tan longevo y seguro como ese presentarse en verdísima permanencia? ¿Sería su tiempo esa permanencia que enverdece incluso al que lo viera, al que piensa y repiensa para asociar y concluir, a lo mucho, que no concluye en verdad?
¿Qué era eso de ser con y en la espesura?
¿No volverá jamás un treile a sobrevolar mi campo anquilosado, a pendonear en él su sombra ligera, como para que lo sepan arriba algo acechando o lucubrando?
¿Irá bajo tierra la imagen de mí? ¿Seré sin escollo de la tierra y las raíces su alimento, y por entre las hondas piedras tendrán mis huesos descanso?
Y, por último, una pregunta que se me repite, al igual que en el libro, que se dice más de tres o cuatro veces:
¿Qué pasó con él, qué pasó con la cabeza de Bato, que a otros lares encaminó?
Todas estas preguntas ensayan hacia el final del texto una respuesta, que no es sino otra pregunta más:
Nada comprendía, todo lo temía. Tuvo ideas, metáforas, analogías, imágenes, descarga de palabras bajo la lengua.
Por la estética novedosa con que se articula la crítica a las formas de vida contemporánea, así como por su aporte al campo de los estudios literarios de la ecocrítica, Al través del Verdegal merece ser considerado como una nota destacada dentro del panorama literario regional del sur de Chile. Espero que este breve comentario contribuya a ello.
Le agradezco a Matías la persistencia de su amistad, las conversaciones, el compartir conmigo su escritura y la posibilidad de comentarla desde mi condición de intruso, que no habita por completo una disciplina ni la otra (cualquiera que ésta sea), ni mucho menos desde la renombrada interdisciplina, sino de quien se ubica en el espacio que hay entre ellas. Todo esto, a pesar de que ninguno de los dos volvió, después de ese primer semestre, a las salas de clases del doctorado, obligados a atender las condiciones materiales que la vida impone y a seguir cada cual con aquellas dos tareas imposibles para Freud: el psicoanálisis y la pedagogía.
Por Felipe Ríos
Psicólogo de Orientación Psicoanalítico, UACh Magíster en Pensamiento Contemporáneo, UACh Miembro Círculo Psicoanalítico Trazo
