El duelo es un proceso que comienza cuando fallece un ser querido e intentas, de alguna forma, volver a mirar hacia el mundo. Entonces se ponen en marcha emociones como el miedo, la impotencia, la rabia y la tristeza. Canalizarlas es una tarea que todos nos vemos obligados a hacer. Sintiendo la soledad de un náufrago. ¿Acaso hay presente sin pasado? Si algo te recuerda es que pocas cosas hay nuevas bajo el sol y la lluvia. Y tras las lágrimas.

Cubierta de 'Lo que permanece'

Seix Barral (2025). 174 páginas

Lo que permanece

Margarita Leoz

Lacan decía, «ser no es más que olvidar». Pero la memoria es siempre una reconstrucción. La protagonista de Lo que permanece, Margarita Leoz –autora y personaje–, va construyendo, a través de sus huellas, escenas que forman un gran fresco que ofrece al lector. Leoz debe ordenar el derrumbe de su vida: «todo se proyecta sin orden, sin montaje, el largometraje de un director loco en el techo negro de mi dormitorio».

«Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela», apuntaba Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta. Estamos ante la muerte de su padre. De forma repentina. Ese dolor tan hondo le provocó un fuerte desequilibrio entre su interior y lo que ocurría fuera. La vida. Cómo aceptar lo inevitable: la genética, el azar, la naturaleza vulnerable y caduca de los organismos. Hay emociones para las que no estamos preparados y Leoz encontró una vía de escape con la que entender. Escribiendo. Pasado un tiempo, halló un equilibrio entre lo que es la vida y la imaginación necesaria para que la vida echara a volar de nuevo

Comienza con el día de la muerte: el sentimiento de orfandad, las llamadas, los trámites… Y acaba, siete capítulos después, con el duelo y cómo se rehace una vida. En medio, toda una relación compartida durante 35 años: lo que permanece tras la pérdida, por qué esa muerte causa de tanto dolor y qué significó su padre en su vida. Un padre que no era una figura relevante ni con una vida apasionante. ¿Realmente merece la pena contar una vida no muy distinta de otras?, se planteaba la autora. ¿Qué podía aportar que no se hubiera dicho ya en la literatura? Lo anecdótico sólo es trascendente si alguien te desvela y aporta algo.

Hay historias que se quedan en la barra de un bar. La de Leoz acabó en forma de libro. Escrito de forma directa, sobrecoge por sobria. Visual. Emotiva sin llegar a lo lacrimógeno. Valiente literariamente desde el momento en que entra a recapitular la infancia, la juventud. Y una personalidad con sus luces y sus sombras. Como la de todos. «De él añoro hasta lo que me molestaba». Así nos llena de momentos tragicómicos. Con ironía, humor… –la protagonista, madre reciente de mellizos, recibe condolencias y felicitaciones a la vez en el tanatorio–. La vida y sus matices, entre la alegría y la tristeza. Leoz ha encontrado una fina destreza para explicárselo al mundo con argumentos sencillos.

Su padre fue una presencia extraordinaria y benéfica en su vida. «También lo quería por todo lo que lo diferenciaba de los demás padres: preparaba el bocadillo del recreo, remataba los deberes de marquetería y los barnizaba, revisaba la mochila y colocaba la ropa del día siguiente. Entre un público femenino de madres, acudía a la presentación del curso escolar y a festivales de Navidad». Y velaba por su seguridad: «Tú siempre llama abajo, aunque lleves llaves». Un hombre que cultivó la belleza de las palabras –«se sabía todos los nombres de las flores, de los pescados cuando íbamos al mercado»–, el amor al canto, el tesón y dedicación hacia su trabajo. Y la consagración de la que se sentía más orgulloso: su familia».

La vida sigue y él ya no está para presenciarla. Quedas huérfana no sólo de una presencia. Se va con ellos cómo te reconocías en sus miradas, «yo me veía reflejada. Había algo, una esencia que me recogía, me albergaba». De qué manera éramos cuando nos miraban y cómo somos ahora que ya no nos miran. Leoz transmite mucha verdad. Esto emociona al lector de todos los tiempos.

«Mis ojos ya no se humedecen y pienso: esto es la vida, es lo que permanece, esto es cómo los cuerpos se habitúan al dolor». Finalmente, la aceptación. Poner el plato de comida en la mesa y darte cuenta de que no va a venir. Desear contarle algo que te ha pasado. La cualidad más importante para la supervivencia es la capacidad de adaptación. La resignación implica tirar la toalla, dejarse llevar por la amargura, pero aceptar implica un cambio de sentido: la comprensión de una muerte. El pasado sigue con nosotros, pero lo de Margarita Leoz es un canto de esperanza: que permanezca la vida y no el dolor.