Hace apenas una década, el gris era el nuevo blanco; después vino la fiebre por el beige y lo neutro, el efecto «mediterráneo chic» y, con él, los espacios calcados unos de otros, donde la autenticidad brillaba por su ausencia. Ahora, una nueva generación de interioristas, comienza a trazar el mapa de lo que no quieren volver a repetir. En sus palabras no encontramos solo preferencias sobre colores o materiales, sino una nueva manera de pensar el espacio, más crítica, más personal y más consciente.
El año 2026, más que un horizonte cronológico, funciona aquí como metáfora: el momento en que algunos gestos decorativos quedarán desterrados por obvios, caducos o directamente absurdos. Y esa lista no la marcan algoritmos fríos ni informes de tendencias de dudosa procedencia, sino la voz de quienes trabajan cada día con clientes, espacios y materiales. Ocho profesionales patrios ponen sobre la mesa aquello a lo que ya no dirán que sí. El resultado es un catálogo de “noes” que, en realidad, abre el camino a formas más libres, expresivas y sinceras de diseñar.

Retrato de Sigfrido Serra. © Nuel Puig
Sigfrido Serra: adiós al blanco roto
En Valencia, Sigfrido Serra lleva años trabajando con un objetivo claro: que cada espacio sea “una experiencia” para quien lo habita. Sus proyectos se basan en creatividad, armonía y riesgo calculado. Por eso, no nos sorprende su renuncia: “En 2026 ya no volveré a decir que sí a pintar una pared en ‘blanco roto’, porque al final nunca es blanco, ni roto y acabamos en debates eternos de códigos de color”. Serra prefiere la valentía cromática: “Prefiero arriesgar con colores que tengan personalidad y que de verdad cuenten una historia, en el espacio”. El consenso de lo neutro, dice, solo conduce al tedio.

El diseñador Omar Miranda. Foto: @omar_amor__
Omar Miranda: pensar antes de eliminar
Definir a Omar Miranda es complicado, pero olvidar sus propuestas es imposible: provocativas, contemporáneas y siempre inesperados. Esa mirada crítica lo lleva a desafiar lo obvio como la manía de quitar el gotelé para dejar las paredes blancas y lisas. «Creo que a nivel material se puede probar y experimentar con soluciones alternativas que den un gradiente más interesante a los paramentos verticales”, explica.
Su segundo “no” es aún más contundente: “Tenemos que pensar antes de quitar un pasillo solo por el hecho funcional o de aprovechamiento del espacio… Un pasillo introduce el elemento tiempo, el recorrido y la narrativa dentro de la arquitectura. Me encanta la idea de los interiores como recorridos e historias, espacios donde apareces, desapareces, corres y esperas”. Para Miranda, renunciar a ese recurso espacial es perder parte de la magia al habitar.