Paco Aguado

Zaragoza, 11 oct (EFE).- El diestro retirado Julio Aparicio Martínez, actual decano de los matadores de toros y figura de las décadas de los 50 y 60 del pasado siglo, cumple este domingo, 12 de octubre, 75 años de alternativa, en unas bodas de brillantes con la profesión a las que, en toda la historia del toreo, antes únicamente llegó en vida el sevillano Luis Fuentes Bejarano.

Esta singular efeméride del legendario torero madrileño, que alcanza ya los 93 años, llega después de que su hijo del mismo nombre se hiciera un hueco entre la elite de los toreros de los 90 y cuando uno de sus nietos, usando el segundo apellido para mantener la marca ‘Julio Aparicio’ en los carteles por cuarta generación, se ha proclamado este año triunfador de las novilladas de promoción en la Maestranza de Sevilla.

Hijo de banderillero, Julio Aparicio Martínez saltó a la fama ya como precoz novillero en 1949, después de salir a hombros en dos ocasiones de la madrileña plaza de Las Ventas, por lo que el avezado taurino José Flores ‘Camará’, el que fuera famoso apoderado del recién fallecido Manolete, decidió formar pareja con él y con otro aspirante de Huelva que venía arrasando esa misma temporada: Miguel Báez ‘Litri’.

La pareja de noveles llegó así a torear 90 tardes durante esa temporada de 1950 en la que se celebraron más novilladas que corridas de toros, dado el interés y la fama que ambos llegaron a alcanzar. De tal forma que a finales de esa campaña, el 12 de octubre, se anunció la alternativa de los dos en una plaza de Valencia en la que solo se celebró aquel año, también frente a una veintena larga de novilladas, ese único festejo mayor.

Aunque Aparicio tenía más antigüedad que Litri como novillero, en un polémico pero efectivo golpe publicitario Camará decidió anunciar en aspa sus nombres en los carteles y, la misma mañana de la corrida decidir quién de los dos iba a tener desde entonces el derecho de prioridad mediante un sorteo que llevó a cabo el crítico taurino Gregorio Corrochano, que sacó la bola que favoreció, e hizo justicia, a Aparicio.

El legendario torero gitano de los años 20 Joaquín Rodríguez ‘Cagancho’, reaparecido para la ocasión, fue el padrino de la ceremonia de doctorado de ambos toreros, ante los abarrotados tendidos del coso valenciano que vieron cómo Aparicio, con solo 18 años, ya le cortaba las dos orejas a su primer toro, de nombre Farruquero, y como los otros cinco de la divisa de Antonio Urquijo, para acabar siendo llevado a hombros hasta el hotel junto a su eterno compañero.

Fue a partir de la temporada de 1951, después de confirmar esa alternativa en Madrid y tras un descanso de Litri, cuando las carreras de ambos se separaron por distintas vías, siendo la de Aparicio la más duradera y persistente, ya que, salvo un paréntesis de dos años a primeros de los 60, se mantuvo en activo y en primera fila hasta 1969, cuando se retiró actuando en un mano a mano con Antonio Ordóñez en la corrida goyesca de Ronda (Málaga).

Torero de largo concepto, muy poderoso con la muleta y del gusto de la afición de Las Ventas, donde triunfó repetidamente, Julio Aparicio mantuvo ante el toro una actitud que mezclaba la inteligencia lidiadora y el golpe de arrebato y raza con el que calentaba y provocaba a los públicos, siempre además con una infalible regularidad en el uso de la espada, hasta el punto de que no llegó a escuchar un solo aviso en esos casi 20 años de matador de toros en los que actuó en una media de 50 tardes por temporada.

Después de haber vestido de luces entre los 15 y los 37 años, el torero de la Fuente del Berro, como le llamaron los cronistas de su tiempo, mira hoy hacia atrás en su chalet del centro de Madrid, evocando viejos tiempos y compañeros ya desaparecidos pero con energía suficiente para celebrar estas bodas de brillantes tan raras de alcanzar en el viejo oficio de lidiar con toros bravos. EFE

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