Estábamos en el paraíso teresiano de Alba de Tormes (¡que casualidad, tú que eras tan devoto de la santa andariega!) hablando de toros cuando saltó la noticia de tu muerte, que no por esperada fue menos triste. Desde muchos meses atrás éramos sabedores que tenías una estocada en todo lo alto y tratabas de espantar a la parca, esa dama que te cortejaba y tú, con tus ganas de vivir, salías corriendo de un lado para otro para no caer en sus brazos. Por eso diste una gran lección estando al pie del cañón hasta, casi, tu último suspiro.
Te has ido a los cielos en ese paraíso de la ilusión y la magia infantil que es Ibi, tu pueblo, con sus fábricas de fantasía que producen los juguetes que se venden en España y de las que tan orgulloso te sentías, teniendo siempre palabras de cariño para ese bello pueblo alicantino que te vio nacer y morir. Aquel Ibi en el que, siendo un niño, ponías la oreja para escuchar a la gente hablar de los éxitos de Pacorro y El Tino, quienes tenían formada tal revolución novilleril que se fletaban trenes especiales para ir a verlos torear. Y desde entonces ya tu vida estuvo cerca de los toros, sin desfallecer jamás, al igual que del mundo de las letras, que tratabas de seguir fijándote, mayormente, en la pluma de Alfonso Navalón, un ídolo para ti, surgiendo pronto tal amistad que cada otoño ibas a visitarlo a su finca fronteriza de El Berrocal, donde llenabas de juguetes la casa del maestro de la crítica. Y es que, en cada una de tus visitas, para los hijos de Navalón era otro particular día de Reyes.
Recuerdo siendo aún muy niño cuando empecé a leerte. Fue en El Mundo de los Toros, el semanario taurino editado en Palma de Mallorca por el gran aficionado Juan Bosch y llegaba a manos de todos los aficionados. Allí, muy pronto, me llamó la atención la pasión con la que escribías artículos sobre Gregorio Tébar El Inclusero, el gran torero alicantino a quien dedicaste tus mejores líneas y por quien sentías auténtica veneración, hasta el punto que nadie como tu cantó su excelente verónica; ni su magnífica muleta, siendo un artista que puso haber volado mucho más alto si no es esa maldita espada que le cerró tantos triunfos y puertas grandes.
Con el tiempo fui tratándote cada vez más y durante muchos años estuvimos muy cerca, con llamadas continuas, al igual que el carteo intercambiándonos viejas revistas, fotos… De tí, que tenías mucha experiencia en este mundo, recibí muchísima ayuda cuando comencé a escribir libros. También, con toda mi gratitud, recuerdo que me llevaste varias veces a dar conferencias y charlas por la zona de Levante, encargándote de todo y siendo un magnífico apoderado. Tampoco olvido que, gracias a ti, pude conocer, acercarme y gozar de la amistad de la leyenda de Pepe Luis Vázquez, el viejo maestro de San Bernardo, gracias a arreglarme una entrevista y recibirme un miércoles, víspera del Corpus de 1997, en su domicilio de la sevillana calle de Isabel de Suavia, naciendo ahí los afectos a esa familia de la mayor solera taurina, a quien después visité en más ocasiones y con su hijo Pepe Luis (er niño Pepelui) siempre hubo mucha cercanía.
Son muchas las vivencias y conversaciones contigo, querido Luis, a quien por cierto en el último viaje a Alicante, hace un par de años ya no nos pudimos saludar al ausentarte del acto por enfermedad, ya cuando el cáncer roía tus entrañas. Y fue una pena, porque al día siguiente, para estar juntos y enseñarme tesoros mediterráneos, habías programado, con esa ilusión que hacía las cosas, una excusión a la isla de Tabarca a la que alguna vez iré y, en ese momento que la pise por primera vez, alzaré la mirada al cielo para tener la sensación que estás dándome las bendiciones.
Ahora te has ido y nos queda el legado de una carrera tan larga con tu firma en numerosos medios, siempre abrazado al pedestal al que aupaste al Inclusero y también a Sánchez Puerto y Pepe Luis Vázquez, que fueron tu debilidad.
Hasta siempre, querido Luis, que fuiste buena gente hasta decir basta.
¡Que Santa Teresa -de la que fuiste tan devoto- te ampare en el viaje a la eternidad!
