Os voy a confesar una cosa, cuando estuve el domingo en la plaza de toros de Madrid, viviendo un torrente de emociones, no lloré.

Por la mañana vi el toreo, el toreo que me perdí por haber nacido en «los 2000», dos trincheras de Curro Vázquez y tres derechazos de figura relajada y pecho ofrecido me dejaron afónico, en pie y alucinando con lo que vi. Luego vi a un torero de casi ochenta años llamado Frascuelo jugarse la vida con un prenda y estar más digno que todo el escalafón entero y, cuando parecía que no podía hacerme nada vivir lo de antes, vino el César del toreo, citó de largo y los pelos se me pusieron como escarpias, de nuevo en pie, medio afónico y como loco. Tres novillos y tres toreros retirados me hicieron acordarme de por qué me gustan los toros y de esa famosa frase de «ahora se torea mejor que nunca». Mentira.

Casi a las 15:00 me fui a comer, cerquita de la plaza, confieso que, sin hambre, con un dolor de cabeza horrible y la sensación de que no me cabían más emociones en el cuerpo. Terminé de comer y me fui al coche, en donde me dormí media hora previo de irme a la plaza, era eso o irme con los cayetanos del gin tonic… Lo que me faltaba para mí dolor de cabeza.


Al entrar a la plaza me pasó algo a lo que, como aficionado y cronista, no debo ni suelo hacer, iba predispuesto. Predispuesto por Morante y Robleño, quería verles triunfar a sobre manera. Y luego pasó lo que todos sabemos, y, cuando Morante se quitó la coleta, no lloré. Simplemente me quedé en shock, ni siquiera sabía que escribir en la crónica o como titular, me pasó por encima la tarde. En el quinto toro de Robleño estaba ido, no sabía que veía, sentía frío, el dolor de cabeza ahora era dolor en el alma y, de nuevo, ni si quiera pude lagrimear la gran despedida del maestro madrileño.

Al día siguiente me desperté pensando que había sido una pesadilla, pero cuando me metí en las redes sociales vi que no. ¿De verdad se ha ido? Todo el día con resaca emocional, no fui yo, simplemente, estaba huérfano, pero, no lloré. Era una viuda que no lo había asumido.

Al segundo día soñé, soñé con Curro Vázquez y dos trincheras, soñé que me encontraba a Frascuelo de copas por su Madri’ y soñé que cantábamos y reíamos en una mesa larga que presidía Antoñete, pero, ahí no estaba el genio, aun así no lloré.

Y al tercer día, al tercer día nadie resucitó, simplemente me rompí. Volví a soñar, ahora sí con el maestro, de blanco entero, sentado en un banquito del Retiro, con un puro, dos calos, suelta el humo y cuando desaparece la niebla intensa provocado por su habanero, ya no estaba. De nuevo huérfano, con mil cosas que decirle y un deseo, pero, en efecto, ya no estaba. Me desperté y por primera vez lo asumí, lloré y pensé, «olé, maestro».