La pinacoteca inaugura una exposición sobre Maria Helena Vieira da Silva, una pintora vinculada al cubismo, el futurismo y el constructivismo prácticamente desconocida para el público español

Telas de araña tridimensionales, formas geométricas que parecen converger en el infinito, planos superpuestos que se mueven en ambas direcciones como en el Laberinto de David Bowie… ¡Incluso el código fuente de Matrix! Todo eso lo podemos intuir en las obras de la artista portuguesa, que hasta el 22 de febrero de 2026 recala en Bilbao para dejar volar la imaginación del visitante y seducirle con sus cuadros; a medio camino entre la realidad y la ficción, la figuración y lo abstracto.

Hay personajes que se confunden con el fondo, como en Los jugadores de cartas, y otros que se enfrentan en un tablero de ajedrez mientras juegan al despiste sobre un lienzo que es, de por sí, un damero tricolor. Más adelante, descubrimos a varios arlequines que ocupan una sala que podría calificarse de psicodélica, y a una bailarina que se desliza rítmicamente por la tela titulada Figura de ballet. Pero un momento, ¿dónde está ubicada, si solo se ven diminutos rombos rojos y naranjas? Hay que agudizar bien la vista y buscar con interés antes de identificarla varias veces con los brazos extendidos dentro de esa obra geométrica aparentemente deshabitada (a mí me salen seis, pero cuenten ustedes mismos).

Desde luego, la exposición Anatomía del espacio, puede ser la ocasión perfecta para divertirse entre óleos y gouaches descubriendo personajes e imaginando si las escaleras suben o bajan, como las de Escher. Pero también es la oportunidad ideal para profundizar en el arte de una autora prácticamente desconocida para el público español (salvo por alguna pieza suya aislada en el Reina Sofía o el Bellas Artes de Bilbao).

Maria Helena Vieira da Silva (1909-1992) nació en Lisboa, aunque enseguida viajó a París para contagiarse de ese espíritu de los “ismos” que estaba invadiendo la ciudad que se convertiría en faro del arte europeo durante la primera mitad del siglo XX. Fue la artista contemporánea portuguesa femenina de referencia hasta la llegada de Paula Rego, pero los años la fueron condenando a un segundo plano hasta que cayó prácticamente en el olvido. “En mis cuadros se ve incertidumbre, un laberinto terrible. Ese es mi paraíso: ese laberinto, y quizá no haya más que una certeza mínima de hallarse en su centro. Tal vez sea eso lo que ando buscando”, dijo en una ocasión. Pocas certezas, por tanto, en una trayectoria que ahora se condensa en el Guggenheim Bilbao gracias a 67 obras que evocan desde los videojuegos ochenteros hasta las películas retro que cuestionan la realidad e incluso las experiencias inmersivas del Metaverso; solo que todas esas referencias no existían cuando la artista pintó sus cuadros, entre 1930 y 1980.

En aquel momento la influencia más inmediata eran los autores futuristas como Carrá o Boccioni, que trataron de captar el espacio y mostrar ese movimiento mecánico y rítmico del día a día urbano. Algo que sin duda marcó a nuestra autora. Es cierto que el nombre de Vieira da Silva puede vincularse a movimientos como el cubismo, el futurismo y el constructivismo, pero con reparos, porque ella siempre fue por libre: nunca llegó a adscribirse a ninguno. En París aprendió junto a Antoine Bourdelle –precursor de la escultura moderna– y Fernand Léger –pintor cubista–, frecuentando los círculos culturales del momento. Sin embargo, siempre mantuvo un lenguaje propio ajeno a modas, manifiestos o tendencias pictóricas.

Al principio comenzó alternando sus estudios de Dibujo con un curso de Anatomía en la Facultad de Medicina, pues sentía verdadera obsesión por el cuerpo humano. Tanto, que a menudo se llevaba los huesos de la universidad a casa para poder dibujarlos con calma y precisión. Esa minuciosidad es la misma que más tarde aplicaría en la representación del espacio que, a sus ojos, era como el esqueleto de todo cuanto nos rodea.

Habitaciones, pasillos, terrazas y bibliotecas en constante movimiento que la artista diseccionó con su pincel obsesivamente y con insistencia. Mucha insistencia. “Al tejer mi tela de araña sigo la vida. Todo converge al final en mis pinturas; he aquí el resumen: polvo, moscas, flores, hojas secas… De vez en cuando hago un inventario de mis tesoros, pero no sirvo para hacer inventarios; me pierdo, no los termino. Así que empiezo a tejer de nuevo”. Si en la leyenda homérica Penélope tejía (y deshacía) el mismo sudario para ganar tiempo mientras su esposo Odiseo regresaba al hogar, en el caso de Vieira da Silva dibujaba sus telas de araña, retículas y tableros ajedrezados para aprehender el universo y atrapar en una escena todos los momentos –reales o imaginados– relacionados con el motivo representado, como ocurre en Fiesta veneciana o en La ciudad de los autogiros, donde las aeronaves se mueven tan rápido que solo apreciamos las rayas, como en el dibujo de un detector de mentiras o un sismógrafo.

Al igual que Georgia O’Keeffe, nuestra artista quería “ser reconocida como artista, no como mujer artista”, por eso firmaba todas sus obras con su apellido. Sin embargo, ella no se negó –como la americana– a participar en la exposición organizada en 1943 por Peggy Guggenheim e integrada únicamente por mujeres: Exhibition by 31 Women. Ya venía de exponer en París la década anterior y era de sobra conocida en los círculos culturales, si bien la Segunda Guerra Mundial la había apartado de Europa y obligado a exiliarse en Brasil (su marido era un pintor húngaro judío llamado Árpád Szenes que huyó de Francia en cuanto las tropas nazis ocuparon París).

Aquello obligó a la artista a vivir la contienda desde la lejanía, en Río de Janeiro, donde estuvo siete años. Como se aprecia en uno de los apartados de la muestra, ordenada en ocho secciones de forma cronológica, esta es una etapa en la que inicialmente triunfan los colores típicos del país con sus fiestas locales –no pudo permanecer impasible ante el carnaval, que inmortalizó en 1944 –, aunque su obra pronto se tiñe de angustia y dolor por la tragedia. Prueba de ello son Historia trágico marítima o El incendio, escenas compuestas por un enjambre de cuerpos que o bien se ahogan o bien van camino del infierno.

El matrimonio regresó a Europa en 1947 y se instaló en París, tras algún intento infructuoso de vivir en Lisboa (al casarse con un extranjero, Maria Helena renunció a su nacionalidad portuguesa y se convirtió en apátrida). En realidad, la capital francesa fue la ciudad que marcó su camino, tanto profesional como personal; pues fue allí donde conoció a su marido, desarrolló su arte y vendió sus obras. Incluso recibió el encargo de elaborar los vitrales de las capillas laterales y el transepto de la Iglesia de Saint Jacques en Reims que todavía pueden verse en la actualidad.

Obras tan sugerentes como El motín de las retículas nos sumergen de lleno en el universo de Maria Helena Vieira da Silva, cuyas investigaciones pictóricas en torno al espacio, la perspectiva, el plano y los ritmos cromáticos captan la esencia de un mundo en constante transformación. Un universo propio donde la artista franco-portuguesa supo fusionar lo real con lo imaginado, la figuración con lo abstracto y el orden y el caos.