“La ciudad es uno de los resultados más bellos de la cooperación humana”, afirma Itziar González, arquitecta experta en participación ciudadana y urbanismo, para arrojar luz ante una situación bastante desoladora. Si bien las ciudades nacieron como herramienta del encuentro, de la necesidad de convivir y construir colectivamente aquello que ninguna persona podría lograr por sí sola, en la actualidad (bajo el marco del capitalismo y de la construcción moderna), este espíritu cooperativo se ha ido perdiendo.
El casco antiguo, origen de la mercantilización de las ciudades
Por la dificultad logística que supone restaurar los cascos antiguos, la tendencia actual ha sido expandir la ciudad hacia la periferia. No obstante, esta expansión tiene un límite: cuando el crecimiento urbano ya no puede extenderse más, la única alternativa posible es rehabilitar, conservar y proteger el patrimonio existente. Ciudades como Barcelona han apostado por esta vía, con el propósito de preservar su alma. Sin embargo, ese esfuerzo colectivo que en principio se plantea como una intervención positiva, ha derivado en una paradoja: los espacios que se pretendían proteger de la degradación acaban transformados, por la lógica del mercado, en nuevas oportunidades de negocio.
A partir de ese momento surgen los pisos turísticos, los hoteles boutique y los cafés de especialidad. El casco antiguo, antes lugar de vida cotidiana, se convierte en un escenario más del circuito turístico, una especie de decorado sin fondo.
“Es para hacer dinero, no para hacer barrio.”
Cuando el barrio se especializa únicamente en el ocio y el turismo, la vida local se desvanece. El tendero, el taxista, el frutero o la modista dejan de poder sostener su negocio: los precios suben, los alquileres se disparan, y quienes habían construido la identidad del barrio se ven desterrados a la fuerza.
A ello se suma un problema de economía social. El turista, que disfruta de los servicios del barrio sin contribuir económicamente a su mantenimiento, desgasta el entorno, genera residuos y encarece los servicios. Mientras tanto, el residente, que sí paga impuestos, ve cómo su calidad de vida se deteriora. En palabras de González, en conversación con Núria Coll para el programa Soycomocomo, se siente robado no solo de su barrio, sino también de los beneficios que el sistema público debería garantizarle.
Así, las ciudades dejan de concebirse como espacios de encuentro y cooperación para convertirse en maquinarias de generar dinero. Su función original, el proyecto de cooperación humana del que habla la arquitecta, se sustituye por una lógica de rentabilidad.
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La otra deriva: la infravivienda
En paralelo, surge otro fenómeno: la proliferación de viviendas precarias. En los barrios donde los intereses privados presionan con más fuerza, aparecen espacios inhabitables, a menudo fuera de la regulación legal, destinados a personas en situación vulnerable. Se genera así un contraste grotesco: junto a hoteles y apartamentos turísticos inaccesibles para el ciudadano medio, se levantan infraviviendas carentes de condiciones mínimas de habitabilidad, destinadas a ser ocupadas por la desesperación de aquellos que no pueden permitirse algo mejor.
En medio de ese panorama, algunos vecinos resisten. Permanecen en sus hogares familiares a pesar de la falta de servicios de proximidad, del cierre de los pequeños comercios, de la desaparición de las guarderías y tiendas de barrio. Su presencia es un acto de resistencia, una forma de mantener viva la esencia comunitaria del lugar.
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Repensar la arquitectura poniendo en el foco de atención en sus habitantes
González arroja un rayo de esperanza: “lo importante de las casas es la gente que las va a vivir.” Porque, aunque la mercantilización de las ciudades amenaza con destruir la posibilidad de comunidad, todavía persisten vínculos, gestos y redes que la sostienen, y porque uno de los resultados positivos del proceso es la diversidad cultural, irradiadora de vida. “En el Raval [barrio céntrico de Barcelona], si estás mal, alguien siempre te va a ayudar: en otros barrios, eso probablemente no pasaría”, sentencia la arquitecta.