Tiene gracia que haya quien interprete las críticas sobre el error confeso de la BBC en un documental sobre Trump como una arremetida premeditada de … la derecha y la ultraderecha global contra el modelo público de televisión, cuyo objetivo final no sería otro que su desmantelamiento e inmediata privatización. Una teoría absurda, sin duda, sobre todo porque tampoco el ‘lobo feroz’ del conservadurismo global quiere renunciar a la existencia y al control de una radiotelevisión pública que sirva a sus intereses. Que sepamos, la BBC es pionera y referente en la materia, tanto por su modelo de financiación –el canon televisivo–, como por su compromiso con la independencia, la pluralidad, la calidad y la vinculación con el servicio público. Que la BBC reconozca públicamente su error en un documental sobre Trump y ello se salde con dimisiones es una prueba de su compromiso con el rigor informativo, algo que refuerza su prestigio y la confianza de su audiencia.
Por eso, las críticas sobre la edición engañosa y fragmentada de un discurso de Trump han tenido por lo menos la virtud de señalar la lógica falibilidad de cualquier organización, al igual que la capacidad de respuesta cuando existen principios firmes. El que ahora se vituperen los modelos públicos de radio y televisión no es tanto por la asechanza de un lobo ultraderechista, como por la secuela de una perversión del modelo. El intervencionismo político, la entrega de su gestión a los afines, la falta de independencia en tertulias e informativos o el favoritismo en la externalización de contenidos han terminado por minar la confianza en el modelo, lo mismo que esa conversión de la televisión pública en comercial también ha ocasionado la erosión de los objetivos clásicos del servicio público. Y no digamos cuando encima el modelo adquiere un gigantismo financiero y un endeudamiento exponencial, con inversiones millonarias para ganar el ‘share’. Que no nos vengan con el cuento del lobo feroz, por favor, que la amenaza para la televisión pública viene más de dentro que de afuera.
Creación musical: en solfa
Los algoritmos contra la creación humana. La IA sigue afectando a la música. Y es que en su imparable avance siguen desprotegidos los derechos de autor y encima cada vez es más difícil distinguir entre la música generada por la IA y la creada por el hombre. Lo primero se ha constatado estos días en el Reino Unido, donde el gobierno laborista impulsa un proyecto de ley que crearía una excepción a la ley de derechos de autor, facilitando el uso de contenido creativo en el entrenamiento de los modelos de IA. Ni que decir que esto ha soliviantado a los músicos ingleses.
Entre ellos a Paul McCartney, que en un acto de protesta ha grabado una canción muda de casi tres minutos, incluida en la reedición del álbum ‘Is This What We Want’. Por otro lado, la encuesta realizada en ocho países por la plataforma Deezer ha demostrado que el 97% de los oyentes no ha podido diferenciar si una canción has sido creada por la IA o por un humano. Regular o liberalizar, poner o no trabas al desarrollo de la IA y vulnerar o no los derechos de autor en beneficio de la tecnología. El debate continúa…
Urtasun y la descolonización
Descolonizar dos museos con una «perspectiva antirracista, de género, con justicia social y eliminando los sesgos con los que han contado la historia»… Así reza la propuesta del inefable ministro Urtasun para renovar el discurso museográfico de dos museos nacionales, el de América y el Antropológico, con un coste total de 13,6 millones. Naturalmente, la propuesta implica reconocer que hasta su llegada ambos centros daban una visión racista, sexista, sesgada, tendenciosa e injusta socialmente, lo cual es mucho decir. Menos mal que se va a remediar con la visión unidireccional del ministro, con las propuestas de un equipo nombrado ‘caseramente’ y todo a cargo del presupuesto público. Lo de renovar y actualizar el discurso de los museos está muy bien, pero lo de hacerlo de forma prejuiciosa y sectaria es tan poco académico como escasamente democrático.