VALÈNCIA. Explica una de las mujeres internas en la prisión de Picassent que “el único sitio donde vive la realidad es en los sueños”, en aquellos “recuerdos y deseos” que todavía le quedan. “Así vas sobreviviendo”, añade. Otras internas coinciden en afirmar que la soledad de la celda les ha obligado a encontrar alguna forma de sostener el día a día. Lo intentan en un entorno donde es difícil confiar o compartir lo que sienten. Al final “los ojos se acostumbran a la oscuridad”, dicen. Sin embargo, es justamente desde ese lugar -de lo que no se habla y de lo que no encuentra espacio dentro- desde donde han construido ahora el documental sonoro Voces desde adentro. Ecos de Mujeres que Sueñan. El film creado por una decena de testimonios, a través de Fundación por la Justicia y junto a la productora La Cosecha Comunicación, llega tras meses de trabajo colectivo dentro del módulo de mujeres. Este pasado miércoles lo estrenaron las mismas en El Casal de la Pau de València.

A lo largo de los veinte minutos que dura la pieza queda bien claro lo importante que es la autorrepresentación. Da igual si se hace a través de un documental, un libro o una obra de teatro: ellas deciden presentarse como madres, mujeres, enfermeras, bailarinas, actrices o cocineras. Hay quien lleva cinco años escribiendo recetas entre esos muros con la ilusión de algún día poder compartirlas. Pero también hay a quien todavía no se acostumbra a que en cinco meses la vida se le haya dado la vuelta. Cuando son ellas mismas quienes se narran, aparece algo que desde fuera casi nunca vemos: una variedad enorme de vivencias que desmonta la idea de que existe un único perfil de presa”.

“Todos podríamos vivir alguna vez una situación así, pero la realidad es que hay personas que tienen más papeletas de que les pase por el contexto en el que han nacido y las herramientas que han tenido para desarrollar su vida. Este proyecto les ha servido a ellas para ganar confianza, pero también a nosotros para aprender a mirarlas de la manera más auténtica, honesta y humana. Durante el proceso, todas acordamos no juzgarnos”, explica Paula Sánchez, profesional de Teatro del Oprimido que ha acompañado todo el proceso de creación dentro del centro, junto con Lidia Hervás.


Lo que significa abrirse en prisión

Antes de llegar al documental, las implicadas desarrollaron diferentes talleres y una obra teatral. Un trabajo de semanas que, para que funcionara, tuvo que focalizarse en algo tan básico, y tan difícil en prisión, como es generar confianza. “Empezamos con dinámicas sencillas, juegos, ejercicios para que se conocieran. El juego relaja defensas, te permite reírte con la otra y, sin darte cuenta, abre puertas a cosas más profundas”, explica Sánchez. Vivir en un módulo, añade, implica estar siempre alerta: “Dentro te juzgan por todo. No solo por lo que te han juzgado antes. Debes estar muy pendiente de lo que dices, de cómo te diriges a los funcionarios, a las mismas compañeras… Es muy complicado abrirse ahí”.

Aun así, poco a poco fueron apareciendo temas comunes. Primero, cuestiones más generales, como el empoderamiento y la dificultad de confiar en un espacio donde casi nada invita a hacerlo. Después, asuntos más personales, como sus sueños y cómo estos se habían truncado, hasta cómo valoraban ahora todo lo de su vida anterior. “Cuando no tienes ni tu gente, ni recursos, ni un vía de escape, es difícil gestionar las emociones en un contexto de encierro. Puedes tirar por la vía de la huida, continuar con las dependencias que tenías, o enfrentarte a lo que pasa y aprender a gestionarlo”, explica Sánchez.

El último día, señala, fue especialmente revelador. Apareció algo que no siempre tiene lugar en la prisión: el reconocimiento entre ellas. “Hubo muchos momentos en que se valoraron el trabajo que habían hecho. Para muchas había sido duro sostener el proceso, pero agradecían haberse quedado. Se pidieron, además, perdón por cosas del pasado. Fue un momento muy valioso”, recuerda. Es la fuerza del arte, pero también de la creación colectiva. Para la profesional lo más valioso del teatro foro fue la valentía con la que lograron exponerse, la escucha del grupo que aprendieron a tener y el tejido comunitario que se formó. “Sentían que alguien las había visto, que su trabajo se valoraba. Eso devuelve autoestima, devuelve valía”. Hay quienes no sabían cómo expresarse o hablar de un tema determinado, pero se apoyaron en la otra para hacerlo. “Nosotras solo pusimos pautas. Ellas decidieron cómo hacerlo. Se dieron cuenta de que podían ser de muchas maneras más”. 






Escuchar lo que se queda en la celda

Eso sí, la decisión de apostar este año por un documental sonoro no fue casual. Hasta ahora, el proyecto se había trabajado siempre en audiovisual, pero cada vez encontraban más reticencias por parte del Ministerio a la hora de mostrar la imagen de las internas, aunque ellas mismas quisieran aparecer. El formato sonoro ha permitido, sin embargo, seguir adelante sin ese bloqueo y llegar más fácilmente a otras personas para romper con la “criminalización” de la figura de las presas. 

“Llevamos con este proyecto desde 2020, cuando empezamos grabando documentales para mostrar lo que realmente pasa dentro y romper estereotipos”, explica Rosana Gómez, responsable del programa de reinserción social en Picassent. En ediciones anteriores trabajaron solamente con hombres y tanto ahora, como entonces, la valoración ha sido “super positiva”. “Desde el teatro hasta el documental, todo esto les permite romper con la rutina. Por momentos pueden dejar de pensar en las circunstancias que les han llevado hasta ahí dentro”, recalca Gómez. 

A la hora de poner en marcha el documental, el trabajo de La Cosecha se centró en acompañar el proceso, no en dirigirlo. “Ha sido un proceso muy participativo. Nosotras hemos asumido la parte técnica y hemos guiado, pero la construcción de la historia, sobre qué querían contar y cómo querían contarla, ha sido decisión de estas mujeres”, explica Alba Pascual Benlloch, integrante del equipo.






El formato sonoro les permitía seguir trabajando en clave documental, un género que, como recuerda Pascual, “escucha las voces, recoge historias y sirve de espacio para reflexionar sobre quiénes somos y qué nos sucede”. Cambiar la cámara por el micrófono abrió además un territorio distinto, menos exposición y más libertad. “Aunque si hubieran podido elegir habrían preferido salir, la cámara impone mucho. Cuando solo queda la voz, la gente se siente más cómoda para hablar, para pensar en voz alta, para elegir qué quiere mostrar y qué no”, señala.

El sonido, además, ofrece algo más que intimidad. Permite observar mejor respiraciones, silencios, ruidos del módulo. En el documental se escuchan las puertas metálicas, el aviso de “cierren celdas”, el murmullo de las compañeras. Sonidos que ellas mismas seleccionaron para situar al oyente en su día a día. “Ahora la gente está más acostumbrada a escuchar, con los podcasts, y eso también abre otra vía para que piezas así puedan circular y encontrar su espacio”, apunta Pascual. En su caso recuerda, además, que no solo fue llegar y plantar una grabadora; sino que antes hubo semanas de conversaciones y dinámicas para que el grupo se sintiera seguro y pudiera hablar desde la intimidad. 

Paula Sánchez señala que proyectos como este ocupan un lugar que el propio sistema no puede cubrir. “No tienen el espacio ni el tiempo que necesitarían. Los recursos son escasos. El acompañamiento psicológico se reduce a sesiones que pueden ser de media hora cada mucho tiempo. En este tiempo no da tiempo a profundizar. Son parches para sostenerse, pero no para revisar que te está pasando”, explica

Por eso, cuando aparece algo “extra”, como este documental o este taller de teatro que rompe la rutina, el impacto es inmediato. No solo porque salen del módulo, sino porque encuentran un rato para conectar con quien eran antes de entrar, más allá de la etiqueta que cargan dentro. “Son espacios donde aparece una pequeña experiencia de libertad, algo que ayuda a sostener el día. Y si además trabajas en colectivo, ese tejido se puede transformar incluso más allá del taller”.


“No nos dejéis solas”

Durante la proyección en El Casal de la Pau hubo quien se emocionó al escucharse desde fuera. No solo por reconocerse en el relato, sino por verse en aquella sala repleta de gente que fue únicamente a escucharlas. Al terminar, una de las mujeres pidió a la Fundación por la Justicia que volvieran: “No nos dejéis solas; nos dais un poco de alegría y diversión.”

Por su parte, la voluntad es seguir abriendo estos espacios y dar continuidad a un trabajo que ya suma cinco años. Todas las profesionales que han hecho posible este proyecto esperan poder mantenerlo con el apoyo del Ayuntamiento de València, que lo financia a través de la concejalía de Servicios Sociales. Porque lo que ha quedado evidente es que cuando se genera un lugar para abrirse sin juicios, las voces que normalmente quedan fuera del discurso encuentran su manera de estar y permanecer. Durante el coloquio también quisieron recordar algo que a menudo queda fuera del imaginario sobre la cárcel: “Aquí también hay amor”.