Por primera vez desde que existen datos epidemiológicos, el mundo tiene más niños y adolescentes con obesidad que con infrapeso. Este punto de inflexión fue confirmado por UNICEF en su informe del pasado septiembre Feeding Profit: How food environments are failing children. Y esto no es una anécdota estadística: revela una transformación, para mal, en nuestros entornos alimentarios y de estilos de vida. La imagen de la malnutrición solía ser la del niño extremadamente delgado. Esa realidad convive, ahora, con otra: millones de niños y adolescentes con exceso de peso. Esa es la nueva cara global de la malnutrición infantil.

Es momento de señalar las causas y posibles soluciones con claridad para tener una discusión que abra oportunidades reales para atajar lo que será, probablemente, la mayor amenaza a la salud pública del siglo XXI.

Los ultraprocesados como causantes de la obesidad
La obesidad, como epidemia poblacional es un fenómeno moderno y multifactorial, con un claro gradiente socioeconómico. Sin embargo, es claro que su crecimiento explosivo arranca a mediados del siglo XX e incrementa a partir de los años setenta, cuando el sistema alimentario global empieza a producir y distribuir, a bajo coste, grandes volúmenes de alimentos ultraprocesados: productos muy energéticos, muy palatables y listos para consumir a cualquier hora. Esa revolución alimentaria tuvo una doble cara: por un lado, redujo la inseguridad alimentaria crónica de amplias capas de la población; por otro, colocó a millones de niños y adultos en un entorno de sobreabundancia calórica constante. Y esto produce un choque biológico: estamos diseñados para sobrevivir a la escasez —cuerpos que almacenan energía «por si mañana no hay comida» y que están hechos para moverse—, pero vivimos en un mundo que nos ofrece calorías baratas, azucaradas y grasas todo el día

«Es momento de señalar causas y posibles soluciones para atajar lo que será, probablemente, la mayor amenaza a la salud pública del siglo XXI»

Sí, la industria de alimentos ultraprocesados (UPF) es uno de los principales responsables del incremento exponencial de la obesidad en niños, adolescentes y adultos. Y la evidencia científica acumulada es difícil de ignorar. Una revisión sistemática reciente de diecisiete estudios en población pediátrica encontró que en catorce de ellos un mayor consumo de ultraprocesados se asociaba con más sobrepeso/obesidad y peor perfil cardiometabólico en niños y adolescentes. Y una cohorte canadiense publicada en JAMA Network mostró que, ya en la primera infancia, una dieta con alta proporción de ultraprocesados se asociaba con más adiposidad y más probabilidad de exceso de peso pocos años después. Estas trayectorias suceden además en un contexto de sedentarismo estructural que amplifica el problema.

La ventaja con la que se ha encontrado la UPF es una débil e insuficiente regulación que proteja la alimentación saludable, especialmente la infantil. UNICEF en su informe resalta los siguientes aspectos:
 

  1. Marketing agresivo dirigido específicamente a menores, sobre todo en entornos digitales: en una encuesta global de 2024 en 171 países con jóvenes de trece a veinticuatro años, el 75% dijo haber visto anuncios de bebidas energéticas/azucaradas, snacks o comida rápida en la última semana. Existe una arquitectura comercial que trabaja a diario para que la elección de ultraprocesados exista, sea atractiva y parezca normal.

 

  1. Entornos alimentarios que ofrecen ultraprocesados baratos y disponibles en todas partes, incluida la escuela: los alimentos ultraprocesados se han infiltrado en prácticamente todos los espacios públicos, y en todas las cadenas de supermercados (grandes y pequeñas), donde han desplazado por precio y preparación a las opciones nutritivas. También, la alimentación escolar ha sido víctima de los ultraprocesados. Sobre esto último, cabe mencionar que no fue hasta abril de 2025 que el Gobierno de España aprobó un real decreto de comedores escolares saludables

 

  1. Falta de etiquetado claro con advertencia de productos con perfil nutricional pobre y fiscalidad sobre bebidas azucaradas: por ejemplo, en España, hoy, el consumidor no tiene un sello frontal obligatorio que le diga «esto es un ultraprocesado de alto riesgo nutricional». Tampoco hay un impuesto estatal especial aplicado de forma específica a las bebidas azucaradas o a los alimentos ultraprocesados (en Catalunya existe un impuesto sobre las bebidas azucaradas envasadas).

La industria de alimentos ultraprocesados debe ser igual de regulada que la industria del tabaco y del alcohol. Las consecuencias para la salud pública son más que evidentes. Condenan la vida de millones de niños, adolescentes y adultos.

La obesidad como enfermedad y los GLP-1 como tratamiento efectivo
La obesidad es una condición que, si aparece en edad infantil, acompaña la vida de esa persona hasta la edad adulta, con muy altas consecuencias. Una revisión sistemática y metaanálisis de quince cohortes con más de 200.000 participantes estimó que un niño con obesidad tiene unas cinco veces más probabilidades de ser un adulto con obesidad que un niño sin obesidad. Y esto incrementa las posibilidades de la aparición de distintas enfermedades crónicas, entre ellas: diabetes de tipo 2 y resistencia a la insulina, hipertensión, dislipemia y enfermedad cardiovascular, cáncer de colón, mama, páncreas o hígado (entre otros), osteoartritis, apnea obstructiva del sueño, problemas de salud mental, entre otras. 

Es importante resaltar que la obesidad ya está reconocida como una enfermedad crónica por sociedades médicas internacionales y tiene su propio código diagnóstico en la clasificación internacional de enfermedades de la OMS. No es una cuestión estética: hablamos de una condición crónica, progresiva y recurrente. Y reduce, claramente, la esperanza de vida: la OCDE estima que el sobrepeso reducirá la esperanza de vida en torno a tres años a escala poblacional. The Lancet Diabetes & Endocrinology estima que la obesidad y la obesidad extrema tienen el potencial de reducir la esperanza de vida hasta en ocho años y privar a los adultos de hasta 19 años de vida saludable como resultado de la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares. 

«Afortunadamente, esta dramática situación coincide con la aparición, por primera vez, de tratamientos farmacológicos revolucionarios»

Y sin ninguna duda, se deben reforzar y ampliar políticas de prevención para evitar la obesidad. Ahora bien, ya contamos con millones de niños, adolescentes y adultos afectados por esta enfermedad, que necesitan tratamiento. No les basta con las medidas preventivas. Afortunadamente, esta dramática situación coincide con la aparición, por primera vez, de tratamientos farmacológicos revolucionarios y con claros efectos beneficios para combatir la obesidad. Es momento de legitimarlos y masificar su acceso.

Los análogos del GLP-1 han sufrido una injusta campaña al asociarse como un «medicamento estético» para bajar de peso o por los beneficios económicos que han reportado a las empresas farmacéuticas que los producen. Lo cierto es que son uno de los avances terapéuticos más relevantes para la salud pública del siglo XXI. Representan la primera oportunidad farmacológica real para pacientes con obesidad: han demostrado pérdida de peso del 15-20%, mejoran los factores de riesgo cardiometabólico como el control glucémico en personas con diabetes de tipo 2, reducen la inflamación hepática en pacientes con hígado graso, disminuyen el daño renal en pacientes con enfermedad renal crónica y diabetes (ensayos clínicos aquí y aquí). También, han demostrado grandes beneficios para las enfermedades cardiovasculares: el ensayo SELECT (más de 17.000 adultos con sobrepeso/obesidad y enfermedad cardiovascular, pero sin diabetes) mostró que redujo alrededor de un 20% el riesgo de eventos cardiovasculares. Y la evidencia es prometedora de los beneficios que puede tener para enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer.

Tratar la obesidad con agonistas GLP-1 no es cosmética; es prevención y ahorro futuro. Financiar y ampliar el acceso es política sanitaria inteligente: cada euro invertido evita múltiples tipos de enfermedades no transmisibles (junto a evaluar y mejorar las políticas de prevención). Es darle una nueva oportunidad a millones de niños, adolescentes y adultos. La cuestión ya no es si «podemos costearlos», sino si podemos permitirnos no hacerlo