Las actuaciones sorpresa de Prince en Los Ángeles se volvieron parte de la leyenda que rodeaba su figura (Mandatory Credit: Photo by Graham Wiltshire/Shutterstock)
Por años, Prince construyó una mística inimitable a su alrededor: un aura que mezclaba genialidad musical, hábitos extravagantes y una vida privada casi impermeable al escrutinio público.
Nuevos testimonios permiten reconstruir algunos de los comportamientos más pintorescos del artista durante su vida nocturna en Los Ángeles a inicios de los años 2000, así como anécdotas que revelan su carácter fuera del escenario.
Según recordó Jason Pomeranc (cofundador de Thompson Hotels Group) en una entrevista para Vanity Fair, Prince solía alojarse en el penthouse del hotel The Hollywood Roosevelt, uno de sus refugios predilectos en la ciudad. Pero su estadía nunca pasaba desapercibida.
Para empezar, el equipo debía redecorar la suite a su medida: alfombras de felpa blanca, detalles púrpura y un ambiente que respondiera estrictamente a sus especificaciones, un ritual que, según Pomeranc, se convirtió en parte de la rutina cada vez que el “Purple One” aparecía por el lugar.
Su dieta durante estas visitas también era peculiar. El ejecutivo aseguró que Prince “solo comía panqueques por días” mientras permanecía hospedado allí.
El artista pasaba noches enteras tocando en el hotel y regresaba al penthouse redecorado especialmente para él (Photo by Crollalanza/Shutterstock )
Además de sus hábitos culinarios, el músico solía bajar de madrugada al club Teddy’s —ubicado dentro del mismo hotel— para ofrecer conciertos improvisados que podían extenderse “hasta las cuatro o cinco de la mañana”.
Pomeranc explicó que estas presentaciones espontáneas ocurrían simplemente porque Prince “sentía ganas de tocar”. Y quien no estuviera en el momento indicado, se perdía la oportunidad de verlo.
La relación de Prince con los escenarios fuera de los hoteles también se caracterizaba por exigencias notorias. Ally Pankiw, directora del documental Lilith Fair: Building a Mystery – The Untold Story, contó a PEOPLE que Prince había insistido “año tras año” para participar en el festival Lilith Fair, pero siempre era rechazado. ¿La razón? Sus demandas eran incompatibles con la filosofía del evento.
Prince insistió durante años para participar en Lilith Fair, pero sus demandas chocaban con la filosofía equitativa del evento (Warner Bros/Kobal/Shutterstock)
Lilith Fair, explicó Pankiw, promovía un entorno equitativo: todos los artistas tenían el mismo tamaño de camerino, el mismo tiempo de presentación y reglas claras que evitaban privilegios.
Prince, en cambio, llegaba con solicitudes “sobredimensionadas”, lo que hacía imposible integrarlo sin romper ese sentido de igualdad.
Todo cambió en 1999, cuando finalmente subió al escenario para sorprender a Sheryl Crow durante “Every Day Is a Winding Road”. En esa ocasión, el músico decidió dejar de lado sus peticiones habituales.
“Dijo: ‘Está bien, no necesito nada de eso. Solo quiero tocar en Lilith’”, recordó Pankiw.
La influencia de Prince Rogers Nelson en la música moderna es innegable. Vendió más de 150 millones de discos, ganó siete premios Grammy, un Oscar y un Globo de Oro, y empujó los límites del pop al fusionar rock, funk, R&B, soul y jazz con una estética única y revolucionaria.
El músico mantenía una presencia imponente pese a su estatura, un detalle que sorprendía a quienes lo conocían por primera vez (ANL/Shutterstock)
Tenía apenas 57 años de edad cuando falleció en 2016 por una sobredosis accidental de fentanilo. Ese año, un extenso reportaje de GQ recopiló historias sobre su lado más humano y enigmático.
Corey Tollefson, un fan y empresario de Mineápolis que asistió a eventos en Paisley Park durante más de dos décadas, aseguró que Prince siempre anunciaba su llegada sin necesidad de hablar: “Nunca lo veías primero, lo olías. Siempre olía a lavanda. Sabías que estaba ahí porque de pronto decías: ‘Dios mío, huelo a Prince’, y unos segundos después lo veías entrar”.
Morris Hayes, tecladista histórico de la banda de Prince, relató otra anécdota que reflejaba la generosidad del astro.
“Su majestad púrpura” solía ir a Caribou Coffee, una cadena originaria de Minnesota, pero no llevaba billetera ni tarjetas porque su vestuario no tenía bolsillos. En su mano llevaba simplemente un billete de 100 dólares, que dejaba como pago total. “No pedía cambio porque no tenía dónde ponerlo”, recordó Hayes. “Era un buen día para la persona que tomara su orden”.