Esta es la segunda película que dirige James Vanderbilt, aunque tiene una larga filmografía como guionista en la que, entre el relleno, puede destacarse ‘Zodiac’, de David Fincher. Aquí escribe el guion basándose en el libro del periodista Jack El-Hai ‘El nazi y … el psiquiatra’, que narra el encuentro y relación del psiquiatra estadounidense Douglas Kelly, enviado a los juicios de Núremberg para dictaminar la salud mental de los acusados nazis, con la máxima ‘pieza’ que habían conseguido atrapar vivo los aliados, Hermann Göring, a quien Hitler designó como sucesor en el cargo.

El mayor acierto de James Vanderbilt en esta película ha sido elegir como protagonista a Russell Crowe, que encarna con su inmensidad física la del propio Göring y le proporciona una profundidad psicológica y una potencia que le permiten a esta historia conocida tonalidades de retorcido thriller y de duelo de wéstern. Crowe es un actor mayúsculo que mira a la cámara y la derrite y gran parte del poder de ‘Núremberg’ está en la oscuridad de su personaje y en la promesa de gran lucha final que, por desgracia, el director no alcanza a cubrir las expectativas que abre.

Todo el entorno ambiental es, obviamente, los preparativos y el juicio de Núremberg, que la buena producción de la película consigue atrapar con un sólido cuerpo cinematográfico. Pero no se vuelca en la sesiones del proceso, ni deja libre el paso a las imágenes atroces de la barbarie nazi (aunque no pueda evitar finalmente recurrir a ellas). Es, sorprendentemente, una película sosegada, incluso por momentos amable, que es un poco la mirada del psiquiatra que interpreta Rami Malek (el personaje real, Douglas Kelley, salió muy ‘tocado’ de su relación con Göring, y también con su esposa y su hija, hasta el punto de que se suicidó doce años después también con una cápsula de cianuro).

Dentro de lo esencial de la trama (la cinematográfica, no la histórica), que es el pulso entre el psiquiatra y el nazi, la coreografía de pensamientos y sentimientos claroscuros que intercambian, adquiere una notable expectación la figura del fiscal estadounidense, Robert H. Jackson, que tiene que enfrentarse al monstruo en el estrado; lo interpreta Michael Shannon, también un actor que pone a temblar a la cámara y que aquí, no tanto por su trabajo como por el papel que lo sustenta, no logra que el desafío esperado adquiera la mítica del wéstern.

Aunque no llega a la duración (ni a la intención) de ‘¿Vencedores o vencidos?’, la película de Stanley Kramer de 1961, esta de James Vanderbilt se alarga notablemente, aunque, para ser justos, hay que decir que no pesa su metraje fundamentalmente porque el recital de Russell Crowe mantiene viva y palpitante, prometedora e intrigante, la historia. Un papel por el que, probablemente, no tengan a bien darle un Oscar.