En Italia saben que el Giro para el mundo por donde pasa

El Giro de Italia siempre ha tenido algo que no encontramos en ninguna otra grande. Un aroma antiguo, una forma de contar el ciclismo que se apoya en ciudades que parecen museos al aire libre, en montañas que huelen a historia y en un público que lleva generaciones respirando ciclismo.

Por eso, ahora que el Giro se presenta el lunes, queremos enviar nuestra particular carta a los Reyes.

Porque la corsa rosa es bella, sí, pero también necesita recordar quién es.

CCMM Valenciana

A los que la hemos vivido desde dentro, el Giro nos atrapó por cosas que sólo vimos allí: etapas imposibles entre primavera y verano, los Dolomitas teñidos de rosa, ciudades que te hacen olvidar que estás en una carrera, y un relato que te seduce con Coppi, con Bartali, con la leyenda hecha carne en cada curva.

Pero llevamos dos ediciones desiguales, sin rodeos, del rodillo Tadej Pogacar al asalto de Simon Yates.

Tras el respiro que dio la victoria de Bernal, llegaron dos Giros grises, decididos al final por inercia más que por grandeza: Roglic–Thomas primero, Hindley–Carapaz después.

Luego Pogacar y finalmente el vuelo raso del inglés.

Pero el Giro necesita seguir sumando.

¿Qué no debería faltar nunca?

Empecemos por lo obvio: el Stelvio, siempre que la nieve lo permita y mejor por el sur, aquel por el que Dennis voló.

Como el Galibier para el Tour, el Stelvio simboliza el Giro.

Altura, dureza, carisma… ahí siempre pasa algo.

También pedimos una crono larga, a la antigua.

El Giro, con ese equilibrio entre arte y geografía, necesita un día detenido en una gran ciudad, como aquel prólogo en el Vaticano, Nairo visitando al Papa o las imágenes de Menchov cayendo junto al Coliseo.

Un toque de solemnidad.

Y, por supuesto, finales “a la italiana”: muritos encajados entre calles estrechas y pueblos sin aceras. Rampas cortas pero bravas, nada de paredes imposibles. Italia pura.

Más deseos: final en Roma más a menudo.

La Via dei Fori Imperiali es un decorado irrepetible.

Guiños constantes a los campeones, porque ningún país trata su historia ciclista como Italia. Visita a Sicilia, donde cada curva mezcla lava, mar y ruinas.

Etapas en Toscana o Emilia-Romagna, con cotas, sterrato y esa Italia auténtica que el Giro muestra como nadie.


Y, para cerrar, una excentricidad marca de la casa: una cronoescalada improbable, un descenso cronometrado, algo que recuerde que el Giro, cuando quiere, es la grande más atrevida.

Que los Reyes Magos —o RCS— tomen nota. El lunes sabremos si nos han escuchado.