El Papa León XIV ha decidido no rezar durante su visita a la Mezquita Azul de Estambul y ha roto la tradición comenzada por Benedicto XVI en este mismo lugar de reservar unos instantes para la oración en silencio. El Pontífice ha declinado respetuosamente … la propuesta del muecín y ha continuado la visita con cordialidad. La decisión podría estar ligada al deseo de no crispar los ánimos de nacionalistas turcos, que criticaron el hecho de que los Papas rezaran en este lugar.
«Me explicaron que el Papa iba a rezar aquí, y dije que no había problema», explica a ABC el muecín de la Mezquita Azul de Estambul, quien ha acompañado al Papa durante su visita de 15 minutos a la mezquita más importante del país. «Pero cuando se lo ofrecí y le dije ‘Es la casa de Dios, si quiere puede rezar, le dije, si quiere puede tener un momento de culto», y me dijo, ‘Está bien así, continuemos la visita a la mezquita’», ha añadido. El muecín no ha criticado la decisión del Papa, ha dicho que «nos da mucha alegría que nos haya visitado, porque es importante estar juntos y conocernos».
Aunque la oración estaba prevista en el protocolo, lo cierto es que antes de comenzar el viaje el portavoz del Vaticano había explicado que habría que esperar a ver qué sucedía durante la visita. Finalmente, la sala de prensa de la Santa Sede ha explicado que «el Papa vivió la visita a la mezquita en silencio, en un espíritu de recogimiento y de escucha, con profundo respeto por el lugar y por la fe de quienes allí se reúnen para orar».
La visita del Papa León a la mezquita más importante de Turquía, la espectacular Mezquita Azul de Estambul es su gesto más importante para la normalización de las relaciones entre musulmanes y cristianos, pues es el cuarto pontífice consecutivo que la visita. A diferencia de sus dos predecesores no ha entrado en la antigua basílica de Santa Sofía, pues en 2020 Erdogan la convirtió en mezquita y desde entonces, unas cortinas celan sus antiguos mosaicos de la Virgen María, Jesús y de los santos.
La espectacular mezquita azul, terminada de construir en 1617, se llama oficialmente «Mezquita del Sultán Ahmed» y como las grandes mezquitas otomanas de la época, evoca la belleza imponente de la antigua basílica de Santa Sofía, situada a pocos metros de allí. En sus paredes y en su cúpula hay 21.043 azulejos color turquesa que reflejan los rayos de sol que filtran las 260 ventanas del edificio. Es una de las pocas del mundo que cuentan con seis minaretes, sólo uno menos que la Kaaba en La Meca.
El Papa ha entrado al filo de las nueve de la mañana hora de Estambul, acompañado por el ministro de Asuntos Religiosos, el muecín y la principal autoridad religiosa de la ciudad, el gran muftí. En la entrada se ha quitado los zapatos y ha caminado en calcetines por el suelo enmoquetado de burdeos y con bordados geométricos islámicos.
Ha sido una visita espiritual, hecha de gestos más que de palabras, pues no ha habido discursos. El gran muftí le ha descrito el edificio, un lugar de gran fuerza espiritual también gracias a sus lámparas suspendidas y sus decenas de cúpulas. También le ha señalado unas «suras» del Corán escritas cerca del mihrab que hablan de la Virgen María.
Cuarto Papa en una mezquita
Con esta visita, León XIV se convierte en el cuarto Papa que visita una mezquita, y en el tercero que entra en la Mezquita azul de Estambul. El primer Pontífice que lo hizo fue Juan Pablo II, que visitó en el año 2001 la Gran Mezquita de Damasco, en Siria, y también se quitó los zapatos a la entrada para caminar descalzo. El encuentro estuvo entonces rodeado de polémica por las críticas de musulmanes a la posibilidad de que el Papa rezara en aquel lugar, donde se conserva la tumba de san Juan Bautista. Para no ponerle en apuros, el gran muftí de Damasco le invitó a detenerse en silencio ante ese sepulcro «y observar con calma la belleza de sus decoraciones». Se daba por hecho que el Papa usó ese silencio para rezar.
Algo muy diferente ocurrió en la Mezquita Azul en 2006, cuando la visitó Benedicto XVI. Entonces el gran muftí le mostró el bellísimo mihrab, que marca la dirección hacia donde se encuentra la Meca y hacia donde rezan los musulmanes. Entonces, fue el Papa quien propuso rezar juntos. «Gracias por este momento de oración», se despidió minutos más tarde del muftí. La visita de Benedicto había generado mucha polémica pues se produjo solo dos meses después de su conferencia en Ratisbona, donde incluyó una cita con palabras muy ofensivas con el Islam.
También en este lugar el Papa Francisco comentó informalmente al muftí el valor de la adoración como «oración gratuita» y se detuvo ante el mihrab para rezar en silencio. «En aquel momento sentí la necesidad de orar», explicó el Papa durante la rueda de prensa a bordo del avión, mientras regresaba a Roma. «Le dije: «¿Rezamos un poco?». «Sí, sí», dijo él». Y recé por Turquía, por la paz, por el muftí… por todos…, por mí, que lo necesito… Recé de verdad. Y recé sobre todo por la paz. Dije: «Señor, terminemos con la guerra». Fue un momento de oración sincera», aseguró.
Una vez concluida la visita a la mezquita, el Papa León se ha trasladado a un encuentro privado con los patriarcas cristianos que viven en Turquía. A diferencia de sus predecesores, su agenda no ha incluido una visita a la antigua Santa Sofía. Los católicos turcos no han dado importancia al hecho de que el Papa no visite Santa Sofía. «No estaba previsto que la visitara porque se ha seleccionado esta mezquita. Sus predecesores la visitaron porque era un museo», explican a ABC fuentes de la Iglesia católica de Estambul.
Santa Sofía, ausente
Al llegar sí que ha visto los muros de Santa Sofía, la basílica inaugurada en el año 537 como corazón cristiano del Imperio bizantina. Era la sede del Patriarca de Constantinopla, ortodoxo, la catedral más grande del mundo cristiano, y su cúpula daba la bienvenida a los viajeros que llegaban por el Bósforo. Durante la «Cuarta Cruzada», en 1204, fue saqueada y profanada por los católicos, que se apropiaron de ella hasta 1261 cuando fue recuperada por los bizantinos.
En 1453, con la conquista de Constantinopla, fue asediada y quienes se refugiaban dentro convertidos en esclavos. Luego, los otomanos la transformaron en mezquita, recubrieron con yeso sus mosaicos e instalaron una media luna en su cúspide.
En 1934 Atatürk la convirtió en museo. En junio de 2020, Erdogan decretó que volvería a ser una mezquita y desde entonces fueron cubiertos sus mosaicos cristianos. Fue un golpe maestro para este hábil jugador, que no duda en aprovecharse del factor religioso para obtener beneficios políticos. «Pienso en Santa Sofía, y estoy muy dolido», dijo pocos días después el Papa Francisco desde la ventana del Palacio Apostólico. No hubo respuesta. Sólo seis años antes, cuando la visitó, había escrito en el libro de visitas unas premonitorias palabras en griego: «Santa Sofía de Dios» («Αγία Σοφία του Θεού»).
Aunque la Constitución turca recuerda que se trata de un país secular que teóricamente garantiza las libertades de conciencia, de religión, de expresión y de culto, se impone el hecho de que el 98,2% de sus habitantes son musulmanes. No siempre ha sido así. Cuando el italiano Paolo Bizzetti era obispo de Anatolia recordaba que cuando en 1923 nació la Turquía moderna, el país contaba con unas 3.000 mezquitas y que cien años más tarde hay más de 80.000. «Hay muchos menos museos que mezquitas, no tiene sentido cerrar uno para abrir otra», ironizaban algunos ante lo ocurrido en Santa Sofía.