ProtagonistasPor Pilar Gómez Rodríguez

Color y figuración se bastan en las obras de este artista para crear atmósferas de misterio pobladas por personajes a la espera. Su producción más reciente se puede ver hasta finales de año en la galería Herrero de Tejada. Para conocer su trayectoria lo entrevistamos en su estudio de Carabanchel

Es muy probable que, si vas a buscar información sobre este artista en internet, no lo encuentres a la primera. Antes pasarás por el muy interesante Ronald Kay el poeta, teórico y artista visual chileno que fue pareja de la coreógrafa y bailarina Pina Bausch y padre de su hijo. Un tipo bien interesante del que no hablaremos más. Porque no se trata de él sino de Rolankay, chileno también, artista interesado en la filosofía y la poesía que nació como Fabián Barraza en 1989 en Diego de Almagro, una localidad del norte de Chile (que en algún momento perdió el hermoso nombre de Pueblo Hundido), situada en la región de Atacama.

Por qué eligió ese nombre —y ese nombre tan despistante— no podía faltar entre las preguntas que Rolankay respondió para El Grito en su estudio en Carabanchel: “Yo creo que tiene que ver con cierta timidez, con pensar que cómo iba a aparecer yo en el frente de las cosas… Y también tiene que ver con que, al estudiar ilustración, tenía muchos amigos que eran grafiteros y del arte urbano, y tenían su nickname. Entonces, con uno de ellos busqué un nombre que me gustara como sonara. Rolankay suena igual, prácticamente, que Ronald Kay, pero no se escribe igual. En el fondo me hacía gracia esta idea de confundir un poco, de que la gente pensara que yo era otro y de regalarle obra a una persona que está muerta. Es una idea muy borgiana esto de instalar un personaje que empieza a interrumpir la realidad desde la ficción. Y, al final, parece que se va instalando y que el efecto está conseguido, por ese lado”.

Afirmativo. Troleo comprobado. Después de esa presentación a modo de intro, buscamos referencias en una pequeña, y selecta, biblioteca que este artista chileno que llegó a España el año pasado tiene en su estudio. Allí conviven Nietzsche, Albert Camus, Scott Fitzgerald y el cuaderno de los dibujos de Kafka con Munch, Miró, Picasso, Manet, Cézanne, Basquiat, Gerhard Richter… Son los materiales, las fuentes en las que fue a beber y a buscar un adolescente de quince años que no sabía qué hacer con su vida, un joven de veinte que sentía que debía cambiar de rumbo: “Siempre tuve inquietudes artísticas, pero al principio me fui por otro lado. Me interesé por la música, aprendí a tocar la guitarra… A los 15 años me di cuenta de que yo realmente no tenía tanta capacidad creativa en relación a la música. Era la época de ver qué hacía con mi vida y ahí como que la solución es creer en las posibilidades de estudiar. En un primer momento quería estudiar filosofía, pero aterricé en psicología. En esa época dibujaba muy poco. No tenía conciencia de que quería ser pintor. No, no estaba en mi imaginario. En un momento tenía una depresión muy fuerte y comencé a dibujar bastante como una forma de revisarme a mí mismo, de analizarme. Decidí salirme de la carrera, me volví a casa de mis padres y estuve seis meses dibujando mucho, todos los días, con más disciplina. Ahí me di cuenta de que avanzaba muy rápido, incluso sin tener conocimiento del arte, de la historia del arte, y se me ocurrió —porque tenía mucha influencia de los cómics— que quizás podría ser dibujante de cómic o diseñador gráfico… Ese fue mi punto de partida”.

Espejos, 2025, RolankayLuz exterior, 2025, RolankayEsencialmente carencia de certidumbre, 2025, RolankayRolankay en su estudio de Carabanchel, Madrid. Foto: Fernando PuenteRetrato V, 2024, RolankayAbrir una ventana, 2023, Rolankay© RolankayMid afternoon in the desert, 2021-2023, Rolankay

En Santiago, cuando comienza a estudiar Ilustración en el Instituto Profesional de Arte y Comunicación Arcos, Rolankay se interesa también por la poesía y se integra en un grupo de lectura y escritura. Fue uno de los integrantes de ese círculo quien le introdujo en las posibilidades, relacionadas con el arte, que ofrecía una de las bibliotecas públicas de la ciudad: publicaciones especializadas, catálogos… “Lo primero que me interesó mucho fue Picasso. Vi una postal de La familia de saltimbanquis, esa pintura del periodo rosa, y me dije, desde una razón muy intuitiva, ‘esto me gustaría hacer a mí, esto es lo que yo siento que entiendo’”. Compró materiales y empezó seriamente a pintar, mientras seguía formándose de manera autodidacta.

“Lo que se está diciendo no es necesariamente lo importante”

Pero las lecturas no fueron importantes solo en ese sentido. Su influencia fue (y es) más profunda, aunque no tenga que ver específicamente con la representación sino “con entender que lo que se está diciendo no es necesariamente lo importante. Eso yo lo aprendí de la literatura. A mí me interesa mucho la superficie de la pintura. Creo que la superficie es la pintura y detrás de eso no hay nada que explicar, no hay una retórica de la pintura, sino solamente superficies que funcionan y que remiten a un aspecto de la realidad o de las representaciones del mundo o de la psicología de las cosas, pero sin retórica”.

Figuras anhelantes o a la espera en interiores eléctricos conseguidos con lo mínimo: alguna pieza u objeto clave —una silla, un jarrón, un diván— y por encima de todo, al mando, el color, concebido y aplicado de una manera característica y muy personal.

Entrar al estudio de Rolankay es dejarse envolver por el aire de familia que rezuman sus pinturas. Óvalos y curvas que deforman y transforman traen saludos de Francis Bacon; las corrientes espiraladas que movilizan cielo y tierra recuerdan las obras de Van Gogh o de Munch; las composiciones protagonizadas por las majas remiten, obviamente, a Goya, pero también hay mujeres que remiten a las niñas de Balthus… Matisse, Hockney, William Blake o Egon Schiele no son solo nombres silentes en una biblioteca, sino que saltan al lienzo y dejan huellas discretas que el espectador puede jugar a adivinar. Pero no es un juego, sino que obedece a una manera de entender la pintura: “Yo creo que estamos condicionados por la presión o la expectativa de hacer algo nuevo, entretenido o que reivindique algo. Es algo así como un paradigma de ideas del que participa la industria cultural, las mismas galerías, los coleccionistas, las ferias y sirve para que funcione el mercado del arte. Yo, obviamente, participo de eso, pero yo no quiero ser un careta. A mí me gusta mucho esa idea de Roberto Bolaño en Los detectives salvajes del arte como un sistema de citas, como si consistiera básicamente en hacer conexiones. Rafael, por ejemplo, vio lo que hacía Piero della Francesca, lo de Leonardo, mezcló todo eso e hizo algo nuevo. Bacon mismo tomó los rectángulos con que enjaulaba a sus figuras de las esculturas y pinturas de Giacometti, de Picasso en los años 20 y de Roy de Maistre, que fue su maestro. Él toma cosas muy directas, las dice y no pasa nada. No creo que la calidad esté relacionada con la novedad. Creo que eso es un efecto muy de nuestra época, muy de Instagram, que exige eso. La construcción del arte es histórica, de modo que para mí la novedad tiene que ver con tomar cosas antiguas; como el lenguaje en el que vivimos es diferente, el resultado va a ser distinto”.

El color y los interiores

Al desgranar los elementos de su pintura, el color ocupa el lugar más destacado: le quiere, le respeta, le busca… “Tengo una relación muy amistosa con el color”, afirma Rolankay. Es como si hubiera aprendido a pintar a través de la relación con los colores y sus interacciones. “Yo venía de la ilustración y en ilustración se dibuja mucho. Ese fue mi entrenamiento y fue bastante estricto. Entonces yo tenía muy dividido el color y la forma, y el arte me permitió integrarlos. Eso me gustó mucho y me llamó a seguir pintando. Fue algo muy intuitivo. Desde el primer día sentí mucha conexión. Para mí era muy evidente cómo se construían las paletas de colores y nunca lo había hecho antes. De ahí y de profundizar en ello viene toda mi relación con la pintura”.

El color es un elemento constitutivo en la construcción de los espacios, “es lo que organiza”, afirma Rolankay. “Empieza a funcionar en la medida en que conecta entre sí todos los elementos del cuadro”. Es algo que racionalizamos en nuestra charla porque mientras está abstraído en el proceso “casi ni lo pienso: lo que estoy buscando es una atmósfera, y esa te la da el color”.

Hay algunos exteriores en la producción de Rolankay, pero —sin ser anecdótica su presencia— esta no puede compararse con el predominio de los interiores. Pero, ¿de dónde viene esa decidida preferencia por estos espacios? “Pasan muchas cosas ahí. Uno es muy distinto cuando está dentro de una habitación a cuando está fuera, aparece una cualidad humana diferente que no es la que mostramos en sociedad. A mí me interesa mucho. No solo en pintura. Yo la paso mucho mejor cuando estoy con una sola persona que cuando estoy con un grupo. Cuando estás con una sola persona, cuando empieza a soltarse, empiezan a revelarse capas y hasta un mundo complejísimo que no se muestran como roles sociales”.

La explicación sobre de dónde procede la predilección por la figuración no tiene vuelta: es contundente y reveladora: “Veo más sensualidad en la figura. Es simplemente eso”.

Preguntado sobre el futuro, casi que no quiere saber nada de él. Está más cómodo hablando sobre el presente y sobre el pasado, ese siglo XX lleno de corrientes como el expresionismo, el fauvismo o el simbolismo que soplan velada o explícitamente en sus cuadros: “Conozco a muchos artistas que piensan, de verdad, que después del siglo XX ya está todo hecho. Cuántas veces lo habremos escuchado. Para mí en ese momento histórico los pintores expandieron lo que se hacía, abrieron muchos caminos, pero no necesariamente están todos totalmente desarrollados. Entonces, creo que Bacon, en su momento, o Hockney hacen mucho eso y otros artistas de la escuela de Londres. También contemporáneos como Florian Krewer o Danny Fox tienen esa idea muy clara: no conciben el arte como una especie de superación, sino que todo básicamente es material, y no se acaba”.

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