En una era en la que Instagram nos ha convencido de que la moda es un territorio abierto, en la que cualquiera puede asomarse a la alta costura desde la pantalla del teléfono, hay un ritual en París que funciona como recordatorio amable de que ciertas puertas nunca llegaron a abrirse del todo. El Baile de Debutantes, la ceremonia perfectamente coreografiada en la que diecinueve jóvenes de familias influyentes cruzan un salón de la mano de un caballero designado, regresa esta noche al Shangri-La como si el tiempo fuese un accesorio prescindible.
Durante tres décadas, Ophélie Renouard, la mujer detrás de Le Bal, ha convertido esta tradición anglo-francesa en una coreografía social donde las casas de moda ejercen influencia sin necesidad de focos ni pasarela. No hay front row, pero sí una lista de invitados que responde a la ecuación conocida: linaje + filantropía + alta costura. Renouard no dirige un evento social: administra un ecosistema.
Ophélie Renouard ha convertido esta tradición en una coreografía social donde las casas de moda ejercen influencia sin necesidad de focos ni pasarela
Nacida en Saigón, formada en psicología en la Sorbonne y curtida en relaciones públicas antes de apropiarse de este ritual parisino, ha transformado el antiguo debut aristocrático en una estructura cuidadosamente editada, donde la moda no “busca inspiración”, sino que verifica su propio orden: qué permanece, qué se matiza y qué conviene adaptar sin alterar la coreografía principal. “No es un evento sobre clase social, sino sobre excelencia”, aseguró en 2017 en Vanity Fair Francia, una frase que repite desde hace años con la suavidad de quien sabe que las palabras también ordenan el escenario. En otra entrevista, esta vez en Air Mail, el medio cofundado por Graydon Carter, añadió: “Nunca busco la perfección, busco la actitud”. No es casual: para Renouard, el baile es menos una ceremonia que un espacio de observación, donde cada gesto dice más del sistema que de la debutante.
Es ella quien elige a las protagonistas (una veintena de jóvenes con biografías transnacionales impecables) y quien decide cómo deben presentarse: cómo caminar, cómo descender una escalera, cómo sostener una mirada y con cuánta firmeza. En sus primeros años, cuando el evento todavía no tenía el aura global que hoy exhibe, Renouard era más directa. En Town & Country ha reconocido: “Al principio hablaba demasiado. Aprendí que la discreción es parte del encanto”. Entre esas primeras declaraciones hubo alguna frase que no envejeció bien, como cuando sugirió que prefería “jóvenes que sepan comportarse en un salón”, una observación que muchos interpretaron como un desliz clasista más que como un requisito práctico.
La moda ocupa aquí un lugar estructural. No se trata de vestir a las debutantes, sino de dramatizar un tipo de exclusividad que el mercado ya no puede vender con la misma naturalidad. Dior, Carolina Herrera, Tony Ward, Schiaparelli, Vera Wang o Armani Privé no están aquí para deslumbrar, sino para sostener una arquitectura. En Le Bal, la alta costura no actúa como espectáculo, sino como engranaje: una forma de garantizar que la exclusividad no parezca un gesto, sino un estado permanente.
El quién es quién y el quién viste a quién de este año sirven, más que para alimentar curiosidad social, para entender las piruetas con las que Ophélie Renouard construye su elenco. Eulalia de Orleans-Borbón, estudiante de St. Andrews, llevará un Tony Ward; Carolina B. Lansing, nieta de Carolina Herrera, lucirá una reinterpretación de la primera colección de la casa firmada por Wes Gordon; y Almudena Dailly de Orléans, ahijada del rey Juan Carlos, vestirá Dior. Renouard suele decir que busca “jóvenes que representen lo mejor del mundo actual”. En la práctica, significa una mezcla de tradición, cosmopolitismo, genealogías reconocibles y, por qué no, celebridad.
El resto del grupo dibuja un mapa del poder global según París. Joséphine Haas irá de Guo Pei; Jillian Chan, de Georges Hobeika; Lady Araminta Spencer-Churchill, de Armani Privé; Eugenia de Hohenzollern, de Natan; Bronwyn Vance, de Stéphane Rolland; Alice Wang, de Vera Wang. Un conjunto que no responde al azar: responde al casting exacto de Renouard, que ha dicho más de una vez que “cada debutante debe encajar, no destacar”. Esa frase, en la práctica, anula la antigua lógica del debut: ya no se trata de sobresalir para atraer al mejor partido posible, sino de formar parte de un conjunto en el que todas cumplen y completan la misma función.
Si algo distingue a Le Bal es que la mecánica importa tanto como la escenografía. El vals, las presentaciones, la disposición del salón: todo responde a una lógica que Renouard ha ido afinando con el tiempo. No busca representar el mundo actual, sino la permanencia de un orden selectivo que no está dispuesto a admitir revisiones.