Alicia no deja de mirar hacia la puerta cuando entra a un bar. Le ocurre desde hace tres años. Hoy tiene 28 y vive en Madrid, pero en 2022 una cita de Tinder le dejó una herida que aún no sabe cerrar. A veces, … dice, todavía se despierta «con la sensación de que alguien respira detrás de ella». Cuando habla del hombre que la agredió su voz se encoge, casi igual que el día que aceptó quedar con aquel perfil que, en sus fotos, parecía tan seguro de sí mismo, tan atractivo, tan perfecto.
«Me decía que quería que la primera cita fuese distinta, más intensa, más sensorial. Que en la oscuridad los sentidos se agudizan», recuerda. El hombre le propuso verse en un pequeño estudio en el que montaba instalaciones artísticas efímeras. Allí, aseguró, podría crear una experiencia íntima «donde los cuerpos hablaran sin que lo hiciera la vista». Alicia, que había conocido a muchos tipos en la app que se limitaban a preguntar «qué tal» o «qué buscas», sintió que aquello tenía algo especial.
La habitación estaba completamente a oscuras. Ni una luz tenue, ni sombras: oscuridad total. «No veía ni mis manos», explica. Al principio creyó que se trataba de un juego erótico. Pero pronto notó que él se movía con una seguridad imposible para alguien que no estuviera muy habituado a ese espacio. También percibió que la voz no coincidía con la del hombre de las fotos. «Sentí algo raro, pero me bloqueé. Quise irme, pero él no me dejó. Ahí fue cuando abusó de mí».
Alicia fue una de las víctimas del ‘fantasma de Tinder’, un hombre que utilizaba imágenes robadas de otros perfiles masculinos y que citaba a sus encuentros en lugares completamente a oscuras para ocultar una enfermedad crónica en la piel que le afectaba al rostro y, sobre todo, para evitar ser reconocido. Acabó detenido tras violar a una mujer y abusar de otras nueve. «Después de aquello dejé de usar aplicaciones de citas. No podía. Tardé meses en volver a dormir sin la luz encendida», cuenta ahora Alicia.
Las secuelas, asegura, no son solo sexuales o emocionales: «Tengo miedo de equivocarme otra vez». Y es que, dice, nadie te explica que detrás de un ‘match’ también puede haber un depredador. «Pensé que ligar así era más cómodo, más rápido, más seguro porque siempre sabes con quién hablas… y resultó ser al revés».
Escenario peligroso
Alicia no es un caso aislado. Ni siquiera excepcional. Ligar en el siglo XXI se ha convertido en una actividad masiva y, al mismo tiempo, más peligrosa que nunca. Según datos de GfK DAM (2025), las aplicaciones de citas ya suman en España 4,7 millones de usuarios mensuales, un 25% mujeres y un 17% más que el año anterior. El 12% de los internautas accede regularmente a ellas y pasa en promedio 3 horas y 31 minutos al mes deslizando, chateando o quedando con desconocidos.
Tinder sigue siendo la más popular, pero Badoo, Grindr y Bumble consolidan su presencia. La industria crece, se normaliza y se integra en la vida diaria. Sin embargo, a medida que aumenta su uso también lo hacen los riesgos asociados. Bajo una apariencia de comodidad y modernidad, estas plataformas son caldo de cultivo para perfiles falsos, estafadores, agresores sexuales y, como alertan distintas investigaciones policiales, incluso redes criminales.
Lo que era una ventana para encontrar el amor o para pasar un buen rato, se ha ido transformando en una ruleta rusa digital. La incertidumbre se dispara cuando para conocer a alguien no media un entorno físico, ni un grupo de amigos, ni referencias, ni contexto. Solo un puñado de fotos y unas cuantas frases bien escogidas.
El informe ‘Apps sin violencia’, elaborado en 2023 por la Federación de Mujeres Jóvenes con la financiación del Ministerio de Igualdad y a partir de casi mil encuestas, concluye que el 57,9% de las mujeres se ha sentido presionada para mantener relaciones sexuales con hombres con quienes había quedado después de hacer un ‘match’. Además, el 22% afirma haber sufrido una violación en una cita concertada a través de estas aplicaciones. A ello se suma que el 30% declara que su pareja continuó una práctica sexual pese a expresar malestar y pedir parar.
Algunas compañías parecen haber tomado nota de esta situación. Tinder, por ejemplo, implantará a partir de diciembre un sistema de verificación facial obligatoria: cada nuevo usuario deberá grabar un breve vídeo para demostrar que se trata de una persona real y que su rostro coincide con las fotos del perfil. «El objetivo es reducir la creación de cuentas falsas y mejorar la seguridad», afirman a ABC desde Tinder.
Para la psicóloga Laura Benet, estas cifras reflejan una realidad que lleva años gestándose: «Las apps han multiplicado las oportunidades de interacción, pero también han acelerado los tiempos y reducido la pausa necesaria para detectar señales de alarma». Según ella, en las mujeres jóvenes se da una presión añadida: «Se sienten obligadas a mostrarse abiertas, divertidas, dispuestas. Cuando rechazan algo, temen ser percibidas como aburridas o frías. Esa dinámica favorece la manipulación».
Benet advierte de que la inmediatez digital crea un clima que trivializa los límites: «Cuando alguien está acostumbrado a que una conversación sexual surja a los dos minutos de empezar a hablar, tiende a pensar que el consentimiento ya viene implícito. Y eso es peligrosísimo». En su consulta atiende cada vez más casos de mujeres que arrastran culpa, ansiedad o miedo después de citas pactadas online: «La secuencia es siempre la misma: creyeron que era seguro porque la aplicación daba una ilusión de control».
«Cuando uno se acostumbra a que una conversación sexual surja a los dos minutos, tiende a pensar que el consentimiento ya viene implícito»
Lara tenía 24 años cuando decidió descargarse Badoo. Lo hizo por curiosidad, «por probar», dice. Solo tuvo un ‘match’: un chico marroquí, de unos treinta y tantos, con un físico que describe como «de anuncio». Tras intercambiar mensajes durante un par de días, él le propuso verse. Dijo que trabajaba en un polígono de Sabadell y que podía recogerla cuando saliera de su turno, pasada la medianoche.
«No me cuadraba mucho, pero era muy simpático y muy convincente», explica. Aquel 2023, Lara acudió al lugar acordado, un descampado entre naves industriales. Hacía frío, así que decidió esperar dentro de un pequeño bar que todavía estaba abierto. «Fue lo que me salvó», asegura.
Mientras tomaba un café caliente, vio por la ventana cómo una furgoneta blanca se detenía justo en el punto donde habían quedado. Del vehículo bajó el chico con el que había hablado. En ese momento, su móvil empezó a vibrar. «Me escribió: ‘¿Dónde estás?’. Luego me llamó. No contesté. Algo me dijo que no saliera», recuerda. Unos segundos después, de la parte trasera de la furgoneta bajaron tres hombres más. Ella sintió un vuelco en el estómago. «Se me heló la sangre. Llamé a mi padre y le pedí que viniera a por mí sin hacer preguntas».
Dos días después, encendió la televisión y vio cómo los Mossos d’Esquadra habían desarticulado una red de trata de mujeres en Sabadell. Entre los detenidos, estaba el chico con el que había hecho ‘match’. Los perfiles encajaban: la fachada de trabajador nocturno, la misma zona, la misma furgoneta.
«Desde entonces no he vuelto a usar ninguna aplicación. Me tiemblan las manos solo de pensarlo», confiesa. La experiencia dejó en ella una mezcla de miedo y desconfianza. «No puedo evitar pensar que estuve a minutos de desaparecer. De no estar en ese bar, yo habría subido a esa furgoneta».
Para Javier Monteagudo, psicólogo experto en adicciones y comportamiento digital, este tipo de experiencias pueden dejar un impacto psicológico profundo. «No hace falta que el daño llegue a consumarse para que aparezca estrés postraumático. La percepción de peligro real, el sentirse atrapado o engañado, ya deja una huella duradera».
Secuelas invisibles
Según Monteagudo, las apps de citas generan una paradoja emocional: «Por un lado, ofrecen conexión y validación inmediata; por otro, exponen a situaciones de enorme vulnerabilidad». Esta mezcla, dice, puede derivar en ansiedad, aislamiento, evitación social o culpa. «Muchas víctimas se reprochan haber confiado, cuando el problema no es confiar, sino la falta de mecanismos de protección».
El especialista explica que la exposición continua a perfiles desconocidos puede banalizar el riesgo: «Cuando quedas con varias personas al mes que no conoces de nada, tu cerebro deja de reaccionar con prudencia. Eso facilita que normalices señales que, en otro contexto, te harían saltar todas las alarmas».
Adrián, 32 años, tampoco imaginó que una noche de charla en Grindr iba a convertirse en una pesadilla económica y emocional. Conoció a un chico que parecía cercano, amable y con el que enseguida sintió química. «Nos reímos mucho. Fue todo muy natural», recuerda. Tras unos días hablando, le propuso subir la conversación de tono y pasar a una videollamada. Adrián aceptó.
Durante la llamada, terminaron manteniendo un encuentro sexual explícito. «Confié en él. Parecía una persona normal», explica. Pero al día siguiente, recibió un mensaje desde otra cuenta. Era una captura de la videollamada. El texto era claro: O pagas, o enviamos esto a tu familia, a tus amigos y a tu trabajo.
Adrián sintió que se le venía el mundo encima. Intentó razonar, pero del otro lado solo había amenazas. «Pedían 1.500 euros primero. Luego 2.500 más. Si no pagaba, decían que publicarían el vídeo». En total, transfirió 4.000 euros antes de romper la comunicación y acudir a la Policía. «Me sentí idiota, como si lo que había hecho fuese culpa mía», explica. Monteagudo advierte de que este tipo de extorsiones generan un trauma particular: «A diferencia de una agresión física, aquí la persona siente que ha colaborado sin querer con su agresor. Esa sensación de vergüenza es devastadora».
Para el sociólogo Íñigo Varela, especializado en comunidad LGTBI, «Grindr era, para muchos hombres gais, un espacio seguro en el que podían explorar su sexualidad lejos del juicio externo. Ha sido un refugio, especialmente para los más jóvenes o para quienes viven en entornos donde no pueden mostrarse abiertamente». Sin embargo, reconoce que esa percepción ya no se corresponde con la realidad. «La falta de verificación, el anonimato casi total y la velocidad con la que se conciertan los encuentros favorecen que agresores o perfiles delictivos utilicen las apps como campo de caza. La comunidad se ha vuelto más desconfiada, pero el riesgo sigue ahí».
En los últimos años en Grindr han dado varios casos de agresiones y, en España, incluso asesinatos cometidos tras citas concertadas en la plataforma. Por ejemplo, Julián Ovejero mató a un joven de 40 puñaladas en Carabanchel en 2018, mientras que Nelson David M.B. asesinó a cinco hombres antes de entregarse a la Policía en 2022.
Citas digitales
El aumento de delitos vinculados a estas plataformas plantea un reto urgente. Para Benet, la clave pasa por «educar en consentimiento, en límites y en detección de señales de riesgo desde edades tempranas». Varela insiste en la necesidad de que las plataformas asuman un papel más activo: «No basta con poner condiciones de uso. Las empresas tecnológicas tienen herramientas para detectar patrones sospechosos, perfiles duplicados, cuentas bots o comportamientos peligrosos. Deben aplicarlas antes, no después de que haya una víctima».
Monteagudo cree que, por ejemplo la medida de Tinder, es un paso en la dirección correcta, pero advierte de que no es suficiente: «El problema no es solo quién está al otro lado, sino qué expectativas generan estas apps y qué vulnerabilidades personales amplifican».