Los miedos forman parte de la vida desde que somos pequeños. Primero tememos a los desconocidos, luego a la oscuridad, más tarde al rechazo, al fracaso o a no estar a la altura. Son respuestas que nos protegen, pero cuando crecen sin control pueden convertirse en sombras que nos acompañan muchos años. Y en la crianza, nuestros miedos pueden contagiarse a nuestros hijos, influyendo en cómo exploran el mundo, cómo afrontan los riesgos y cómo construyen su autoestima.
En Se hace lo que se puede, Gemma Nierga abre la conversación desde una nave industrial vacía, un escenario que simboliza esos rincones donde solemos guardar nuestros temores. Y allí se encuentra con Tania Llasera y Juan Gómez-Jurado, dos protagonistas que convierten sus miedos en una brújula para entender la crianza y la vida adulta.
Juan Gómez-Jurado: el miedo a no ser suficiente
El escritor confiesa vivir “con miedo a todo”: a los coches, a las facturas, hasta al propio clima. Pero hay uno que pesa más: el miedo a no ser suficiente. A los 30 años descubrió que era adoptado, un hallazgo que reabrió la herida del abandono y lo acompañó en su vida adulta. En lo profesional también convive con ese vértigo: “Escribir es vivir con miedo y cuanto mejor te va, más miedo tienes”. Su peor pesadilla, dice, es quedarse sin nada que contar. Como padre de dos adolescentes, cuenta que su hijo mayor siempre ha sido un niño valiente, mientras que el pequeño —más parecido a él— comparte muchos de sus propios temores: no estar a la altura, que las cosas no salgan como uno espera o incluso el miedo al fracaso.
Tania Llasera, una mujer valiente
Tania Llasera asegura que nunca ha tenido miedo a nada y que siempre ha sido una persona valiente, pero reconoce que la maternidad le despertó temores que jamás había sentido: el clásico miedo a que les pase algo a sus hijos. Madre de una niña de 7 años y de un niño de 8, cuenta que su hija es intrépida y se lanza sin pensarlo, mientras que su hijo es mucho más prudente… Tanto que en casa le llaman cariñosamente “Prucendio Segurolas” por lo precavido que es.
El miedo es necesario
Según la psicóloga Begoña Ibarrola, el miedo es una emoción imprescindible para la supervivencia, pero necesita ser comprendido y acompañado para que no se enquiste. El neuropsicólogo Álvaro Bilbao insiste en que cuando los adultos educan desde el miedo —ya sea a través del autoritarismo o de la exigencia extrema— los niños aprenden a reprimir quiénes son y pueden acabar desarrollando inseguridad o incluso mentiras para evitar el castigo. La pedagoga María Velasco recuerda que los miedos cambian según la edad, desde los monstruos y la oscuridad en los primeros años hasta el rechazo social en la preadolescencia. Y el filósofo José Antonio Marina subraya que la misión de las familias es ayudar a que esos miedos no se conviertan en barreras emocionales, sino en oportunidades para construir seguridad interior.