Hace 40 días, Gazem Hamamdi rodeó con alambre de espino su chabola, cabras y ocas, harto de que un colono israelí pasase cada día junto a su casa. Es el mismo que, nada más establecerse en el cercano asentamiento de Havat Maon, se acercó para exhortarle a marcharse porque, le dijo, Dios había reservado sus tierras para el pueblo judío. Lo cuenta en la inhóspita Massafer Yatta, una de las zonas de Cisjordania más castigadas desde hace décadas (aunque nunca tanto como este año) por las agresiones, incendios y robos de los colonos israelíes más radicales. De los 9.600 que la agencia de asuntos humanitarios de la ONU ha documentado en dos décadas, el 15% (unos 1.500) se han producido en lo que va de 2025, alimentados por la aún mayor impunidad (militares y policías suelen hacer la vista gorda o ponerse de su lado) y la creciente sensación de que hoy gobiernan los suyos (la radical coalición de Benjamín Netanyahu), pero el próximo año hay elecciones y puede acabarse tanta barra libre.
En ese momento, como si fuese una ensayada coreografía y mientras el sol se esconde tras los cerros al sur de Hebrón, el colono pasa junto a la verja, arreando a pocos metros su ganado. Se hace el silencio. Hamamdi mira fijamente al colono, que avanza lentamente con media sonrisa, mientras dos activistas internacionales graban la interacción.
La tensión queda solo en eso, pero el miedo del pastor palestino no es infundado. Insiste en que se ha “autoconfinado” para proteger a sus hijos, aunque suponga renunciar a parte del pasto que alimenta a las setenta cabras de las que viven. “Los colonos vienen a caballo, aplastando el pasto y los perros. Y quien aplasta a un animal, aplastará a un niño”, justifica. “Este, además, vive muy cerca. El primer día que se instaló vino de madrugada a mi casa y me dijo: ‘No quiero problemas, tienes que irte de aquí’. Le respondí: ‘¿Vienes diciéndome que no quieres problemas y a la vez me dices que me vaya? ¿Quién eres para obligarme a dejar mi tierra?’. Me respondió: ‘Aquí no tienes tierra. Es lo que Dios quiere”.
Gazem Hamamdi, con su ganado en la aldea de Jirbet Al Mufaqara, en Cisjordania, este jueves. Antonio Pita
El pasado octubre fue el mes con más ataques de colonos (264) contra personas o propiedades desde que Naciones Unidas comenzó a registrarlos en 2006. El propio ejército israelí, con un sistema de contabilidad más estricto, admite 86 “crímenes nacionalistas” en octubre, por 25 un año antes, y que 2025 supera ya, con más de 700, los 675 de todo 2024.
Una de las imágenes más escalofriantes de los últimos días también fue captada aquí, en Massafer Yatta. El pasado día 20, una decena de colonos bajó de noche a —según los locales— robarles las ovejas, en la habitual lucha por el ganado y la tierra que articula muchos enfrentamientos en la zona. La agresión con palos, en medio de gritos desesperados, fue documentada. También la cara ensangrentada e hinchada de Yusef Mjamre tras la paliza.
Acaba de recibir el alta del hospital y hace todo menos fardar de heridas. Se recoloca todo el tiempo sobre la boca y la nariz el pañuelo típico de la zona. Trata de ocultar lo más posible lo que, de todos modos, salta a la vista: los moratones que le dejó la paliza. Se le nota entre dolorido, hastiado y algo humillado al rememomar los momentos previos a perder el conocimiento por los golpes, que le han dejado tres fracturas. “Honestamente, estábamos simplemente sentados y vinieron a robarnos las ovejas. Las tuvimos que defender. Ellos eran entre 15 y 18. Nosotros, solo dos defendiéndonos. Nos vencieron […] Nos atacaban con palos. Pensé: ‘Voy a morir”.
Yusef Mjamre, tras ser dado de alta de la agresión por colonos israelíes, este jueves en Al Tuwani.Antonio Pita
Su hijo, Mohammed, también resultó herido, aunque menos. Cuenta con enfado cómo, unos días antes, estaba con sus ovejas cuando los colonos comenzaron a perseguirlo con un tractor. “Si no fuese por el Dios en las alturas, me habrían alcanzado”.
La frecuencia e intensidad de los ataques alcanza cotas tan alarmantes que hasta se han pronunciado los países europeos que más armamento y apoyo diplomático han proporcionado a Israel para la masacre en Gaza a raíz del ataque de Hamás, en octubre de 2023. Este miércoles, los ministros de Exteriores de Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido emitieron un comunicado conjunto en el que “condenan enérgicamente el aumento masivo de la violencia de los colonos contra civiles palestinos” y advierten de que puede “socavar” el alto el fuego en la Franja. “Estos ataques deben parar. Siembran el terror entre los civiles, dañan los esfuerzos de paz y la seguridad duradera del propio Estado de Israel”, señalaban.
Netanyahu guardó silencio durante meses de agresiones diarias. Solo salió a condenarlas el pasado día 16. Es lo que él, o sus ministros, suelen hacer cuando el asunto se va tan de madre que genera problemas diplomáticos, cuando uno de los palestinos atacados tiene también pasaporte de un país occidental o —como en este caso— cuando la opinión pública nacional se indigna porque las agresiones alcanzan a los miembros de las fuerzas de seguridad israelíes que los enfrentan, en vez de dejarlos hacer. Netanyahu aseguró ante el Consejo de Ministros que actuará “con toda la fuerza” contra lo que definió como personas que “entran” a Cisjordania (dando a entender que no residen en los asentamientos) y causan “disturbios” contra soldados israelíes. “También contra palestinos”, añadió luego.
Impunidad
Nada ha cambiado desde entonces. Aunque los colonos violentos ya solían moverse con impunidad, la actual coalición de Gobierno (la más derechista en la historia del país) ha convertido en anecdóticas las imputaciones por ataques y las demoliciones de construcciones en los asentamientos que el propio Estado considera ilegales (todos lo son, según el derecho internacional). De hecho, un fenómeno relativamente reciente es la osadía con la que los más fundamentalistas reivindican sus acciones en grupos de la red Telegram.
Este mismo sábado, por ejemplo, una mujer recibió un disparo en la pierna y otros siete palestinos fueron agredidos en la aldea de Jalail al Lauz, en la zona de Belén, según la Media Luna Roja Palestina. Entre el 18 y el 24 de noviembre, la ONU documentó 36 ataques que causaron daños personales o materiales, o ambos: 20 heridos y más de 180 árboles y arbustos (principalmente olivos) arrancados. Dos familias fueron asimismo desplazadas a la fuerza. No hay semana sin incendios de coches o casas. El pasado día 12, fue el turno de una mezquita.
Palestinos miran antes del rezo del viernes las ventanas quemadas de una mezquita quemada por colonos en Salfit (Cisjordania), el pasado día 14.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)
El Gobierno de Netanyahu subraya en su acuerdo de coalición que “promoverá y desarrollará” que el pueblo judío “se asiente en la totalidad de la Tierra de Israel” (el concepto bíblico que incluye al menos las actuales Israel y Palestina) porque “tiene el derecho exclusivo e indiscutible”. Y suele presentar la violencia como actos aislados de jóvenes descontrolados. Una suerte de manzanas podridas que ensucian el nombre de la mayoría. El ministro de Exteriores, Gideon Saar, los calificó el mes pasado como la población de la tierra que, “en un 99 y pico por ciento, más cumple la ley”. Los colonos ascienden a 700.000, incluyendo Jerusalén Este, y en efecto, la gran mayoría carece de motivación ideológica para vivir en suelo ocupado. Han acabado allí atraídos por décadas de políticas estatales de construcción masiva y subsidios, tanto con gobiernos laboristas como conservadores.
Las agencias de la ONU, organizaciones de derechos humanos y grupos de activistas dibujan otra realidad: la de un Estado que deja hacer a los colonos más radicales de las colinas (que beben del nacionalismo religioso que marca la agenda política) porque comparten, con distintos medios, el mismo objetivo: hacer la vida imposible a los palestinos hasta que se acaben marchando.
Como potencia ocupante, Israel está obligada por ley a defender a la población palestina. Hace mucho, sin embargo, que los relatos de afectados y de testigos, y las pruebas gráficas, coinciden en que, en la práctica, los mismos militares y policías que acuden ipso facto cuando se sospecha un ataque contra israelíes llegan tarde cuando se trata de palestinos. Incluso a las convocatorias que llevan horas circulando entre los grupos de WhatsApp de los círculos más radicales del supremacismo judío. Y que, cuando lo hacen, tienen muy claro a quién elegir entre sus compatriotas y los palestinos, más demonizados que nunca en Israel como colectivo.
Miedo
Mjamre asegura que llamar a la policía o al ejército para que acudan es “inútil”, un esfuerzo “en vano”. “Diez veces hemos defendido la casa y las ovejas, y me quitaron dos burros. Una vez nos arrestaron a nosotros, en vez de ellos”, lamenta. Otro vecino de Massafer Yatta, el activista Sami Huraini, recuerda cómo hace dos semanas un colono militar detenía y registraba los coches a la entrada de su pueblo, Al Tuwani. Se negó y llamó a la policía. “Al llegar, tenían tanto miedo de él que no se atrevieron a quitarlo del acceso. Lo dejaron allí y se fueron”, protesta. “El ejército, cuando viene, recibe órdenes del colono. Si miente y dice que yo le empujé, me arrestan de inmediato”.
Entre 2005 y 2024, el 93,8% de las investigaciones de este tipo de delitos se cerraron sin imputaciones y solo el 3% de los casos abiertos acabaron en condena, según Yesh Din (Hay justicia, en hebreo), una organización israelí de derechos humanos que sigue el tema. De las presuntas víctimas que acudieron a la ONG el año pasado, dos tercios renunciaron ya a presentar una denuncia.
Un palestino inspecciona los coches incendiados por colonos israelíes en la víspera, el pasado día 21 en la localidad cisjordana de Huwara.Ammar Awad (REUTERS)
El caso de Awda Hazalin, también en Massafer Yatta, ejemplifica como pocos la impunidad. Murió en agosto, en un enfrentamiento grabado entre colonos y palestinos. Uno de los vídeos captó cómo un conocido colono, Yinon Levy, abría fuego con su pistola sin apuntar. Otro, cómo la bala llega a Hazalin.
Levi cumplió tres días de arresto domiciliario. Después, quedó en libertad. El tribunal dictaminó que actuaba en defensa propia, pese a que era el único armado. La Administración de Joe Biden le había impuesto antes, por su papel en la violencia, unas sanciones que Donald Trump anuló el pasado enero, nada más regresar a la Casa Blanca.
Mientras Levi volvía a hacer vida normal, las autoridades israelíes retuvieron el cadáver del palestino muerto. Al final, después de presiones internacionales y de que decenas de mujeres de Massafer Yatta se pusieran en huelga de hambre, permitieron su entierro con condiciones: solo 15 asistentes (menos que militares), sin lemas y en una aldea distinta a la natal.
Evento en la escuela
Áspera, semidesértica y parcialmente bajo una orden de demolición colectiva amparada por el Supremo, Masafer Yatta es uno de esos nombres que solo conocían quienes seguían de cerca el conflicto de Oriente Próximo hasta el pasado marzo, cuando sonó en la ceremonia de entrega de los Óscar de Hollywood. No other Land, galardonado como mejor documental, la puso en el mapa. Sus creadores quisieron estrenar la película, cuando solo aspiraba aún a la estatuilla, ante cientos de palestinos y activistas en la propia Massafer Yatta, en la escuela de al Tuwani.
Como si fuese una burla de la historia, la escuela donde No other land fue presentada alberga hoy una reunión de los alcaldes y vecinos de los pueblos de la zona para honrar a los tres muertos por la violencia de los colonos, tratar de levantar los ánimos en una lucha con casi todo en contra y, sobre todo, escuchar los consejos legales de una abogada sobre cómo actuar cuando los colonos les agreden, intimidan o arrebatan las tierras.
La abogada, Qamar Mashriqi, los anima a no desesperar ante la parcialidad del sistema israelí, incluidos los tribunales militares, y a lograr el mayor número de pruebas: grabar los ataques, enviar a varias personas la ubicación con el móvil y llevar siempre encima el documento de propiedad de las tierras. Llega el turno de las preguntas de la audiencia, sobre todo, campesinos de cierta edad. Exudan frustración. “Una vez fui a la comisaría de [el asentamiento de Kiriat Arba] a denunciar. Me trataron como a un terrorista”, protesta uno.
Participantes en la reunión de alcaldes y vecinos de Massafer Yatta convocada por los ataques de colonos israelíes, este jueves en la escuela de Al Tuwani, en Cisjordania, este jueves.Antonio Pita
Aquí, los beduinos locales solían habitar en cuevas o casas de piedra. Hoy lo hacen en viviendas de cemento o en chabolas, pero con un miedo común: la caída del sol, cuando más ataques sufren. “Nadie se mueve de noche. Y, si lo hace, en grupos de dos o tres, y con linternas”, dice Jalil, hermano del asesinado Awda Hazalin, mientras señala una sobre la mesa. Si llaman a la policía, añade, llega dos o tres horas más tarde. Es decir, “cuando todo ha acabado”.
Lo relata en Jirbet Um el Jeir, con un ojo puesto en un gran monitor de televisión que muestra simultáneamente las imágenes en directo de siete cámaras de seguridad. Las instalaron ellos mismos para ver si llegan los colonos y, a la vez, documentar los ataques. Tampoco se gana mucho tiempo: la aldea está atravesada directamente por una carretera que lleva al ultraprotegido asentamiento de Carmel, levantado en los ochenta.
Unos y otros están a metros de distancia. Apenas una valla separa el centro comunitario palestino, que contiene un modesto parque infantil, de las últimas caravanas prefabricadas colocadas por colonos judíos el pasado agosto. “Somos 300 y —resume Jalil— si preguntas a todos qué necesitan, te dirán que dormir una noche tranquilos”.