La Catedral de Santiago, el Museo del Mar de Galicia, la fábrica de cerámica de Sargadelos, el edificio Plastibar de Vigo, el parque de carbones de la central de Endesa en As Pontes, la antigua factoría de salazón de Punta Balea o la Universidad Popular de Vigo son algunos de los edificios emblemáticos de Galicia en los que grandes proyectistas han dejado su rúbrica en diferentes momentos de la historia. Son también opciones que han escogido diez arquitectos gallegos actuales a los que hemos planteado las preguntas de qué obra referente en nuestro territorio les hubiera gustado firmar, el porqué de su elección y qué cambios acometerían en ella desde la perspectiva actual, dejando así su huella personal.
César Portela
César POrtela
César Portela Fernández-Jardón, Premio Nacional de Arquitectura de España en 1999, Medalla de Oro de la Arquitectura en 2023 y autor junto a Aldo Rossi del proyecto del Museo del Mar de Galicia, una de las obras escogidas por tres arquitectos consultados en este reportaje, se decanta por la Catedral de Santiago, a la que considera «la obra más significativa de Galicia, seas creyente o no». Destaca que es un lugar en el que «te sientes confortablemente bien» y que «es uno de esos sitios que impregnan el entorno, lo condicionan y lo enriquecen», al igual que la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona o la Torre Eiffel de París.

Universidad laboral de Vigo, hoy CiFP Manuel Antonio
«Es un edificio que generó otros espacios públicos maravillosos a su alrededor: las plazas del Obradoiro, Platerías, Quintana y Azabacherías», comenta. «No le cambiaría nada, fue haciéndose con el tiempo: empezó siendo un poco románico en los siglos XII y XIII, y después pasó por todos los estilos hasta llegar al Barroco. Además, está hecho en esa piedra que cuando pasan los años se humedece y se dora, adquiriendo ese color metálico, dorado, que le da ese carácter tan personal y único», expone.
Salvador Fraga
Salvador
Fraga
Al arquitecto y urbanista Salvador Fraga Rivas le hubiera gustado ser el autor del proyecto de la Universidad Laboral de Vigo, actualmente el CIFP Manuel Antonio y un centro residencial para alumnos, emplazado en las cercanías del Hospital Meixoeiro. Diseñado en 1975 por el arquitecto guardés José Antonio López Candeira, que fue profesor de Fraga en la Escuela de Arquitectura de Madrid, «es la gran joya arquitectónica desconocida de Vigo, por su uso docente y estar cerrado al acceso y la vista del público por una verja», según apunta Fraga. «Es una lección magistral a medio camino entre la arquitectura y el urbanismo, mi gran devoción profesional, ya que siempre volé con esas dos alas: el edificio y su implantación urbanística».

Universidad laboral de Vigo, hoy CEIP Manuel Antonio / FDV
El complejo arquitectónico ocupa nueve hectáreas y consta de cinco bloques de actividad: centro docente, residencia de estudiantes, restaurante-cafetería, biblioteca, salón de actos y dotación deportiva. «La particularidad es que Candeira resuelve el conjunto en una unidad urbana, en un trocito de ciudad que es a la vez un pedacito de aldea gallega de las que denominados empoleirada, al estar situada sobre una ladera, en este caso mirando a la ría de Vigo», explica Fraga. El autor replica la plaza central de un pueblo tradicional gallego y sustituye la iglesia que la ocupa por una sala de eventos abierta, alrededor de la cual crea hermosos espacios asoportalados. «Conjuga magistralmente dos componentes presentes en la tradición gallega: por una parte la solidez pétrea de los volúmenes, con suelos en los que también mete piedra, y, por otra parte, la obsesión gallega por captar la luz y el sol, algo que soluciona de una forma bellísima haciendo claustros, galerías e itinerarios bajo soportales que protegen del viento», expone Fraga. A nivel más técnico, el arquitecto Andrés Perea mencionaba sobre esta obra de Candeira las referencias a grandes maestros de la arquitectura como Loos, Sterling, Macintosh o Kenzo Tange. «Están presentes pero no hay ni un solo elemento de ellos directamente replicado», dice Fraga, quien propone un paseo por el complejo para descubrir a modo de travelling cinematográfico «secuencias de escala, diminutas, muy trabajadas» y sorprenderse con contrastes de luz y sombras imprevistos.
«El modelo construido ahí es, cincuenta años después, completamente válido, vigente y actual para regenerar y reestructurar la periferia maltratada de la ciudad de Vigo», asegura Fraga, quien propone aplicarlo en enclaves de las parroquias viguesas, regrupándolos en unidades vecinales que aproveche viviendas ya construidas y las enriquezca endosando espacios de actividad, como pequeño comercio, dotaciones comunales y deportivas.
Manuel Martínez Carazo
Manuel Martínez / FDV
Manuel Martínez Carazo, presidente de la delegación viguesa del Colexio de Arquitectos de Galicia y autor, entre otros proyectos, de la iluminación paisajística de la Cidade da Cultura en 2015 y de la recuperación y puesta en valor de la muralla de O Castro en 2016, escoge La Panificadora de Vigo, obra proyectada por Manuel Gómez Román en los años 20 del siglo pasado.

Panificadora de Vigo
«Este emblema de la arquitectura industrial situado en pleno corazón de la ciudad me resulta fascinante», expresa Martínez, quien califica esta edificación como «un símbolo del carácter y la razón de ser de Vigo». Como especialista en iluminación arquitectónica, «no me gustaría rediseñarlo, sino hacer un proyecto de iluminación adecuado para ponerlo en valor en el paisaje urbano de la ciudad», indica.
Silvia Blanco
Silvia Blanco / FDV
Silvia Blanco Agüeira, doctora arquitecta y directora del Grado de Arquitectura del CESUGA en A Coruña, también elige una obra de carácter industrial: la cubierta del parque de carbones de Endesa en As Pontes (A Coruña). «Me fascina porque era capaz de resguardar hasta 400.000 toneladas de lignito; con 160 metros de luz y casi 600 metros de largo, sin apoyos intermedios; era la segunda superficie diáfana mayor del mundo, cubriendo 96.000 metros cuadrados», explica.

Cubierta del parque de carbones de la central de Endesa en As Pontes
Esa obra gallega, a la que solo superaba en superficie el Hangar de Airbus de Jean-Luc Lagardere en Francia, «es una proeza tecnológica que acaba de sucumbir a la piqueta», expresa Blanco, pues la central térmica a la que daba servicio se está desmantelando y transformando en la transición hacia energías más limpias. De hecho, se formó una plataforma ciudadana para su conservación que buscaba declararla Bien de Interés Cultural (BIC). «Se merecía una segunda vida: era una oportunidad de transformar el legado industrial en motor de futuro», considera esta arquitecta.
La más repetida
Iago Fernández y Óscar Fuertes
El Museo del Mar de Galicia, en Vigo, es la obra relevante gallega que le hubiera gustado firmar a tres de los arquitectos gallegos consultados. Desde el estudio Fuertes Penedo Arquitectos, Óscar Fuertes Dopico y Iago Fernández Penedo consideran que «se trata de una obra que sintetiza con gran sensibilidad muchos de los valores que consideramos esenciales en la arquitectura contemporánea: la capacidad de dialogar con el lugar, la puesta en valor del patrimonio y la construcción de un relato identitario propio». El Museo do Mar es, además, según los socios de Fuertes Dopico, «un magnífico ejemplo de cómo intervenir en un conjunto de edificaciones vinculadas a los oficios marítimos, integrando memoria, cultura y paisaje en un proyecto que trasciende lo meramente funcional».
Ambos arquitectos se sienten especialmente vinculados a este tipo de arquitecturas porque llevan años investigando cómo las infraestructuras relacionadas con el mar (astilleros, salinas, almacenes, muelles, cetáreas) han ido configurando la morfología de nuestro litoral y contribuyendo a construir una identidad cultural profundamente ligada al trabajo en el mar. «Galicia posee un extenso y valioso patrimonio marítimo, a menudo más discreto que el de las grandes arquitecturas cultas como iglesias, pazos o castillos, pero igualmente relevante desde el punto de vista histórico, social y territorial», mencionan.
El Museo do Mar demuestra, para ellos, «el enorme potencial de estas preexistencias, revelando cómo una intervención respetuosa y al mismo tiempo propositiva puede reactivar un conjunto industrial y convertirlo en un espacio cultural contemporáneo, plenamente integrado en su entorno y en la memoria colectiva de la comunidad».
Respecto a cómo hubieran acometido el proyecto, Dopico y Penedo lo califican de «ejemplo brillante de intervención contemporánea», si bien desde su perspectiva actual, «probablemente exploraríamos con más profundidad la relación entre el edificio y el paisaje que lo rodea, entendiendo el museo no solo como un objeto arquitectónico, sino como un elemento estratégico en la transformación del borde litoral y en su conexión con la ciudad».
En concreto, trabajarían con mayor intensidad «la transición entre el espacio construido y el espacio natural, incorporando quizás nuevas soluciones de permeabilidad visual y física que reforzaran el carácter público y abierto del conjunto». También investigarían otras posibilidades de espacialidad interior, acentuando el diálogo entre la edificación original y la intervención contemporánea, y potenciando recorridos que permitan experimentar el mar y su cultura desde múltiples perspectivas. «En definitiva, abordaríamos el proyecto como una oportunidad para profundizar en la relación entre arquitectura, paisaje marítimo y memoria colectiva, buscando siempre que el museo actuase como un puente entre el pasado y las nuevas formas de habitar la costa gallega», resumen.

María
Varela
María Varela Toucedo, arquitecta viguesa de 24 años titulada hace tres meses en el CESUGA, también ha seleccionado el Museo del Mar de Galicia, destacando de esa obra «esa mezcla tan bonita entre lo que era la antigua fábrica conservera y una arquitectura contemporánea muy serena». Valora del proyecto firmado por Rossi y Portela en el año 2002 que no intenta borrar lo que había, sino que trabaja con ello: «respeta la piedra, la escala industrial, la memoria portuaria y fabril del lugar… y al mismo tiempo introduce una arquitectura nueva que más que competir con lo existente lo complementa».
La conexión de esta obra con el entorno es, para Varela Toucedo, su elemento más especial. «El museo no se abre al mar con una gran fachada de cristal, como podría parecer lo obvio, sino que selecciona muy bien dónde mira. Es casi cómo si eligiera escenas concretas del paisaje: pequeñas ventanas, momentos. Eso hace que la experiencia sea más íntima, más consciente; no es solo ver el mar, es descubrirlo poco a poco». En definitiva, esta joven arquitecta ha seleccionado esa obra arquitectónica «por esa sensibilidad hacia lo existente, hacia el lugar, y por cómo consigue que arquitectura e historia se lean juntas usando el paisaje como hilo». Como recién licenciada, no se siente con la autoridad de cambiar ni mejorar nada de lo hecho: «Quizás con el tiempo y más experiencia pueda mirar esos proyectos con otra mirada crítica, pero ahora mismo lo que haría sería escuchar y entender por qué el edificio es como es».
Iria Sobrino Fagilde
Iria Sobrino Fagilde. / Fdv
A la arquitecta y urbanista Iria Sobrino Fagilde, experta en patrimonio industrial y autora del Plan de Usos de La Panificadora de Vigo, le hubiera gustado participar en el proyecto de la nave de cerámica de Sargadelos en Cervo (Lugo), firmado en 1967 por Andrés Fernández- Albalat. Se trata de un espacio urbano en mitad de la naturaleza de construcción muy austera concebido a partir de una fábrica de planta circular alrededor de la cual se previó un crecimiento futuro de las instalaciones en forma radial. «Esta obra representa para mí todo aquello a lo que pido a la arquitectura, aquello con lo que me identifico: participar como parte de un proceso más grande que la arquitectura misma que mire a la tradición productiva de frente con ganas de reivindicarla y reivindicar el territorio propio con sus características intrínsecas sin dejar de lado, para ello, ni la creatividad, ni la innovación ni la valentía en creer que desde un pequeño proyecto implicado e intradisciplinar se pueden cambiar las dinámicas sociales y políticas», expresa Iria Sobrino.

Fábrica de cerámica de Sargadelos, Cervo. / FDV
De este proyecto, la arquitecta destaca que «la magnífica arquitectura creada para los flujos de trabajo interno es tan valiente como discreta, defendiendo desde la modernidad una geometría que puede sorprender para lo productivo y sin embargo está pensada y resuelta para ello», a la vez que valora del diseño «que uno no tiene que repetir los patrones de un espacio ni de una disciplina, que puede participar de la creación de nuevos». Esta arquitecta ourensana resume en tres cosas lo que este proyecto supone para ella: «el recuerdo constante de que mucho de lo que me gusta reivindicar ya está inventado, probado y arriesgado, la constatación de que hay que poner la vida en ello y la certeza de que por ahí es uno de los caminos a la identidad empresarial gallega».
En cuanto a si aportaría algo de su impronta a la obra, manifiesta que «me encantaría pensar que la abordaría con la misma gracia en el diálogo –imagino que intenso– con el cliente y con la valentía en las formas para no saberme de memoria ni el lugar ni lo productivo».
Pablo Menéndez Paz
Pablo Menéndez Paz. / FDV
El arquitecto asturiano afincado en Vigo Pablo Menéndez Paz, del estudio MAM Architecture, selecciona como obra emblemática que le hubiera gustado firmar el edificio Plastibar, ubicado en el número 27 de la calle Marqués de Valladares de Vigo y firmado por el arquitecto Xosé Bar Boo en 1957, el mismo año en que obtuvo su título. El inmueble acoge en su interior tres viviendas, oficinas y locales comerciales , resolviendo el conjunto con un sencillo juego volumétrico según los principios del Movimiento Moderno de arquitectura. La fachada, revestida de grandes losas de piedra, refleja el contenido interior y sus diferentes usos. Destaca el planteamiento de las viviendas, que se diseñan como «reminiscencias de chalets», en el intento del autor por encontrar una alternativa urbana a una vivienda individual en el campo. De ahí que las conciba como viviendas superpuestas abiertas a terraza-jardín, generando una gran riqueza espacial en el interior. La calidad de los pequeños detalles, como el diseño de las escaleras, los paños de gresite del portal y zonas comunes, y el tratamiento de las carpinterías son elementos destacables en Bar Boo.

Edificio Plastibar, Vigo / FDV
Menéndez tiene un vínculo emocional especial con el edificio Plastibar, pues reformó la vivienda particular de Bar Boo en ese inmueble, obra de restauración que le valió uno de los premios Gran de Area de 2025. Esa labor le permitió no solo acercarse a los detalles constructivos del arquitecto racionalista, sino también hallar objetos personales, ropa, enseres y diversa documentación. La reforma se llevó a cabo en espacios concretos de la vivienda: en dos baños ubicados en plantas diferentes del dúplex, en el tocador del vestidor, en superficies que presentaban desgaste avanzado y en elementos que hubo que sustituir en todas las estancias. La premisa fue mantener el espíritu racionalista.
Martín de Cominges
Martín de Cominges / FDV
Martín de Cominges, arquitecto en el estudio Villacé y Cominges, elegiría la Antigua Fábrica de Salazón de Punta Balea, en Cangas, junto con su pequeño muelle delantero. «Es una construcción que siempre me ha interesado por su capacidad para dialogar con el paisaje sin imponerse, por la contundencia de su masa y, al mismo tiempo, por la sobriedad de su escala. Es un edificio que parece haber nacido del lugar: una arquitectura lógica, limpia y necesaria, que responde con precisión a las condiciones del entorno». comenta.

Antigua Fábrica de Salazón de Punta Balea, Cangas
Las fábricas de salazón fueron piezas clave del litoral gallego entre los siglos XVIII y XIX, y Punta Balea –indica Cominges– fue una de las más relevantes de la ría de Vigo. Estos complejos no solo transformaban el producto, sino que articulaban una forma de vida ligada al mar, a las mareas y al ritmo del trabajo costero. La fábrica y su muelle formaban un ecosistema funcional: el edificio resguardaba la actividad productiva y el pequeño embarcadero facilitaba el tránsito directo desde las embarcaciones, aprovechando la cota casi coincidente con la superficie del mar. «Ese juego con la marea –apareciendo y desapareciendo, adaptándose al agua– es para mí una lección de precisión y sensibilidad constructiva», expresa Cominges.
Si hoy le encargaran esta obra, Cominges intentaría hacerla desde ese pensamiento racional y respetuoso que dio origen al conjunto. «Mantendría su forma esencial y su carácter austero, devolviéndole su valor sin caer en la tentación de sobreproyectar. Integraría los avances constructivos actuales sólo allí donde fueran necesarios, buscando siempre la compatibilidad con su materialidad original y su historia. Intervenir en Punta Balea implicaría trabajar con delicadeza, entendiendo que el protagonismo no lo tiene el arquitecto, sino el lugar: su topografía, su clima, su memoria industrial y esa relación constante y sabia con el mar», manifiesta. «Para mí, recuperar un edificio así no es solo un ejercicio técnico, sino un gesto de respeto hacia una pieza que ha contribuido a definir la identidad de nuestra costa. Y es precisamente esa mezcla de lógica, paisaje y memoria lo que hace que me hubiera encantado ser el autor de una obra como esta», concluye.
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