Hacía frío, el cielo tenía el color de la tripa de los burros y los cántaros que se llenan con la lluvia debieron desbordarse por los arcenes de las carreteras. Nunca resulta el día. A Borges le parecía que Buenos Aires era eterna como el agua; y al porteño de a pie, que la urbe estaba por inundarse. Como un hechizo de sortija y rama de abedul, las nubes cesaron su descarga en el instante en el que los modernos y electrónicos bandoneones de Red Bull Batalla comenzaron a sonar. Fat N debió colocarse el pañuelo negro en la cabeza. Midió la distancia e hizo el cabeceo. Si quería ganar, debía dominar el tango de la Guardia Vieja.

Lo cierto es que el cisma producido en el clima de Río de la Plata pareció producto de la puerta temporal abierta en Red Bull Batalla Nueva Historia. Se cumplían dos décadas de la primera Internacional y de los sucesos de Puerto Rico: el Club Gallístico de Isla Verde acogió una noche de octubre de 2005 un evento recatado y de tintes urbanos que elevó a Frescolate a campeón mundial. Para celebrarlo, se dieron cita en el Tecnópolis (Buenos Aires) todos y cada uno de los monarcas que le sucedieron en el trono global —a excepción de Rayden, Wos y Dtoke—, así como cuatro promesas de la nueva generación; Entre ellas, Fat N. Quiso el destino que fuese el colombiano quien descifrase los secretos del candombe: era el único de la lista que no había nacido cuando Fresco levantó al cielo caribeño el trofeo.

El corcho del champán, el hábil esgrimista

Que el cuadrante estuviera dividido por grupos generacionales conformados por leyendas facilitó que los primeros compases del evento estuvieran sembrados de batallas de un calibre fabuloso. Lo que nadie se vio venir en aquel recinto ferial apartado del centro bonaerense era que la batalla de apertura rememorase aquella noche en la que Red Bull Batalla fue Roma. Chuty y Gazir descorcharon el champán. Se repetía la final de la última Internacional, que fue la misma que coronó, por primera vez en la historia, a dos finalistas y no a uno, amén de un desajuste que sumió la noche madrileña, como si la de un estudiante enamoradizo se tratase, en una confusión. Ambos dieron al público argento lo que quería, pero, quizá, no ‘cómo’ lo anhelaba: brillaron más las referencias futbolísticas que los dardos relativos al sonado incidente, propios de un discurso excesivamente masticado y carente de identidad. Se le fue al chicle el sabor. Hubo réplica y, no sin polémica —tatuada en el rostro de un Gazir abatido—, Chuty se la llevó de forma unánime.

El inicio del evento fue una lección vital: el objetivo era confrontar generaciones en el nombre del hip hop, pero debe saber el lector que deshojar la flor del tiempo, si la nostalgia es caprichosa, tiene consecuencias casi psicodélicas. Cuidado con los recuerdos: en la segunda batalla, Rapder, muy atado con un sistema más básico de punchline, sucumbió ante un Bnet fluido que, precisamente, no competía en un evento mundial de Red Bull Batalla desde la Internacional que ganó el mexicano. Cerraron el grupo los dos madrileños, cayendo la moneda del lado de un Bnet inteligente: Chuty se metió en su juego y el leonés, muy poco a poco, se fue saliendo para internarse en el de su contrincante. No fue despiadado, sino más bien el sutil triunfo del hábil esgrimista sobre el pesado caballero.

Fat N y el tango de la Guardia ViejaAgustina Olmedo / Red Bull Content PoolUn prestidigitador con sonrisa de hiena

Puede que el segundo grupo albergase los enfrentamientos que más coqueteaban con la ilusión de los espectadores. Skone y Arkano revivieron una rivalidad clásica que, tras réplica, terminó por resolverla de forma más eficaz el malagueño —que no argumental, puesto que Arkano, visiblemente emocionado (“mi mayor pecado ha sido desperdiciar mi talento”), se marchó con gritos de “campeón” y dejando tras de sí una estela de buenas sensaciones en el ateneo—.

Le tocó el turno a Invert, que se enfrentó un fantasma pretérito: Aczino. Fue de agradecer el capítulo que ambos brindaron a la hostilidad narrativa que ambos mantuvieron hace diez años. El español fue contundente y conectó varios punchs, pero no bastaron para evitar que el aura de Aczino, cuya sonrisa es la de una hiena, derrumbase sus expectativas a golpe de magia escénica. La que le sobró ahí, quizá, le faltó en la siguiente: superó a Skone en una batalla que, aunque difícil de votar, provocó que más de uno arquease la ceja en síntoma de clara duda.

Fat N y el tango de la Guardia ViejaAgustina Olmedo / Red Bull Content PoolEl valor de una promesa

Adquiría sentido arquitectónico el evento —en tanto que el freestyle, como cualquier tipo de arte, se construye en el techo de su predecesor— con la aparición de un grupo de leyendas que amenazó con tirar abajo los cimientos del abismal recinto. El asombroso despliegue de coherencia, estilo y métrica —pulida y en su punto justo— de Exe atropelló a una Azuky guerrera, que ‘murió’ con el hacha en la mano, mientras que la graduación de los flows de Fat N, que anuló las oportunidades de una Sophia de rapeo pulcro, pareció síntoma de una primera ronda optimista.

Esto último engañó a los presentes. El colombiano, que dejó fuera a Exe en la misma puerta de la semifinal, se movía con una lírica espontánea que denotaba algo más. La tecla, el quid; la bendita llave del éxito, que, en su caso, pareció adquirir, en términos metafóricos, la forma de una partitura de tango.

Ecos del pre-parón

Sucedió que sonó la Guardia Vieja: el humo en el cristal del bar, la línea curva sobre la ‘ñ’ de la palabra “añejo”. Un piano de cola; la cuatrola del freestyle. Salieron al escenario, que recordaba al de aquella noche de 2005, los campeones internacionales previos al parón. Se encargaron de abrir dicha parte del cuadrante Noult y Hadrian, cuya batalla, algo lenta, pareció engrandecer el muro del tiempo frente al trampolín de la experiencia.

Le sucedieron el propio Frescolate y Link One: el enfrentamiento entre los dos campeones más antiguos del evento. Ambos se enzarzaron en un torbellino de pareados y propuestas originales, de ideas rápidas y collejas líricas; incluso Fresco lanzó como punchline un paso de break, desencadenando que el puertorriqueño respondiera con otro. Como antes. Se abrillantaron todos los viejos grafitis que ocupan muros que jamás fueron vistos desnudos. En el Hadrian versus Fresco sucedió, aunque quizá no de tal forma desmedida, algo similar. Se llevó el mexicano el gato al agua y el pase a semifinales.

Fue de calma y tango

Cuando Bnet se plantó delante de Aczino espantó su pensamiento intrusivo de un aspaviento, como en los dibujos animados. La primera ronda fue de objetos e incluso volvió a aparecer el skate que tanto ‘daño’ hizo al español en la batalla que el mexicano le ganó en su debut internacional, allá por 2018. Fue de altos vuelos. La batalla se marchó a réplica después de que ambos no dejasen caer la pelota, pero en el ‘añadido’ fue la calma de un Bnet con precisión de cirujano y silencio inteligente de bibliotecario la que decantó a su favor la balanza. En el otro cuadrante, Fat N completó un ejercicio de resiliencia y remontó a Hadrian una batalla que prácticamente tenía perdida en la primera ronda: igualó en la segunda y sentenció en la tercera. De nuevo, no era casualidad. Era tango.

Fat N y el tango de la Guardia ViejaGary Go / Red Bull Content Pool

Y el compás lo permitió. Fat N había dado con una clave que no es matemática, sino artística; como en aquella vertiente primigenia de la Guardia Vieja. Tras un duelo histórico que quedó en segundo plano en el que Aczino aplastó a Hadrian, el colombiano subió al escenario y miró de frente a Bnet. Se colocó el pañuelo negro. Y cabeceó. Es cierto que se apoyó en argumentos de fácil alcance y que dejaban en jaque a Bnet; no es incorrecto que la segunda base ahogó al leonés. Pero, de una forma u otra, a Fat N, poseído por un estilo ecléctico de flows, agresividad e ingenio, le salía cualquier pirueta que hubiese solicitado al público. Hizo a Bnet claudicar ante miles de espectadores entregados que, sumidos en un mar de confeti, olvidaron el frío que tanto arrecía en las inmediaciones de aquel ferial bonaerense.

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