El vecindario de Can Rectoret es un curioso laberinto de calles en zigzag con torres residenciales que se extiende sobre la ladera de Collserola que da al Vallès. Formalmente, es parte del barrio oficial de Vallvidrera, les Planes i el Tibidabo del districte de Sarrià-Sant Gervasi y se encuentra, por lo tanto, dentro del término municipal de Barcelona, pero no tiene nada que ver con la idea de trama urbana que se asocia a la capital de Catalunya. Se trata de un barrio de montaña que cuenta con dos estaciones de Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya —Baixador de Vallvidrera y Les Planes— y que es raramente visitado por los barceloneses del otro lado de Collserola salvo por excursionistas de fin de semana.

Con todo, en Can Rectoret se puede encontrar una de las singularidades modernistas que tanto asociamos a Barcelona, pero que, debido a su ubicación, es bastante desconocida. Se trata del Sanatorio Antituberculoso, o más bien, de lo poco que queda de él, ya que lo que debía ser un complejo sanitario en plena naturaleza pensado para combatir una enfermedad mortal, la tuberculosis, quedó en un proyecto edificado solo a medias y nunca utilizado plenamente. Como otros proyectos barceloneses de principios del siglo XX, como el Park Güell o la ciudad jardín de Torre Baró, el Sanatorio Antituberculoso es la historia de un fracaso. Un fracaso modernista, eso sí.

Vamos por partes, a principios del siglo XX la tuberculosis es una enfermedad mortal que encuentra en nuevos centros alejados del bullicio urbano una posible solución para el tratamiento de los pacientes. Es en este marco que el célebre doctor Salvador Andreu, promotor de la urbanización del Tibidabo, compró en nombre de la Sociedad Sanatorio del Tibidabo una finca en el actual Can Rectoret con el fin de construir un Sanatorio Antituberculoso. El objetivo era edificar un amplio complejo con diversos edificios donde poder tratar la enfermedad a partir de los criterios modernos de aire puro, clima saludable y entorno higiénico. Sin embargo, solo se levantaron un par de edificios, de los cuales solo se conserva uno, bastante singular, por su forma y por el uso al que estaba destinado, ya que lo único que se conserva de todo el proyecto es… la lavandería.




Estado actual del edificio de la lavandería del Sanatorio Antituberculoso, con alguna de las cúpulas de ‘trencadís’ restaurada / Foto: Montse Giralt




Aspecto del Sanatorio Antituberculoso por su parte posterior / Foto: Montse Giralt




El acceso al edificio se hacía por la parte posterior, que es la que se encaraba con lo que debía ser el resto del complejo hospitalario / Foto: Montse Giralt

Efectivamente, en la calle Júpiter, número 7, entre casas aisladas y terrenos sin urbanizar, aparece de repente una extraña construcción circular de obra vista, rematada con una gran cúpula rodeada de ocho cúpulas más. Es lo que queda de lo que debía ser la lavandería del Sanatorio Antituberculoso y responde a un proyecto del arquitecto Joan Rubió i Bellver, discípulo y colaborador de Antoni Gaudí. Obras de Rubió i Bellver en Barcelona son, por ejemplo, la Casa Golferichs, en la Gran Via; la Residència d’Estudiants de l’Escola Industrial y una de las construcciones más fotografiadas de la ciudad, el puente neogótico de la calle del Bisbe.

Entre 1903 y 1905 Rubió i Bellver edificó este singular edificio destinado a los servicios de lavandería, limpieza y desinfección del complejo hospitalario. Para favorecer esta idea de higiene, el arquitecto formuló un edificio redondo, abierto a los cuatro vientos que aseguraba la ventilación gracias a su gran número de ventanales. Su planta circular rodeada de torretas semicirculares es lo que más destaca de una construcción de ladrillo rojo marcada también por las cubiertas cónicas revestidas de trencadís cerámico blanco, un recurso habitual de la arquitectura modernista. Por la parte trasera del edificio se conservan los restos del puente que facilitaba el acceso a la planta superior. Todo ello, le da un aire de castillo surgido de la nada que incluso se ha podido visitar en alguna ocasión dentro del programa de espacios ocultos del festival de arquitectura Open House.

Un proyecto inacabado

Aunque el proyecto comenzó con gran impulso, diversos problemas económicos lo convirtieron en inviable hasta que se desestimó su finalización y lo poco que se había construido sufrió los estragos de la Guerra Civil. Con el tiempo, los terrenos donde debía ir la gran residencia para tuberculosos se parcelaron y vendieron y con el paso del tiempo fue creciendo el actual vecindario de Can Rectoret. De hecho, el espacio ocupado actualmente por el Casal de Barrio de Can Rectoret es donde debía ir el edificio principal, es decir, el hospital para tuberculosos propiamente dicho, donde debía haber espacio para un mínimo de un centenar de pacientes




El proyecto del Sanatorio Antituberculoso preveía un gran complejo sanitario con un edificio principal que se situaría donde ahora está el Casal de Barrio. El edificio de la lavandería se identifica claramente en la parte inferior del proyecto / Foto: Archivo del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya




Fotografía del puente de acceso a la planta superior datada poco después de la construcción del edificio, en la primera década del siglo XX / Foto: Digital Memory of Catalonia




Interior del edificio una vez culminada la construcción / Foto: Digital Memory of Catalonia




Imagen reciente del interior, distribuida con ocasión de las visitas organizadas dentro del programa de espacios ocultos del festival de Arquitectura Open House / Foto: Open House

En cuanto a la lavandería, de propiedad privada, a lo largo del tiempo ha habido algunos proyectos de rehabilitación que, de momento, han permitido asegurar la estabilidad del edificio. Actualmente, en el edificio es visible maquinaria y cartelería que indican que se están efectuando obras, aunque, por lo que se ve del interior, se pueden ver también pintadas y una cierta degradación. Hay que tener en cuenta que en diversos momentos de su existencia reciente este edificio ha sufrido diversas ocupaciones. Catalogado como Bien Cultural de Interés Local, la ficha del Catálogo de Patrimonio indica que el edificio está en “muy mal estado de conservación” y reclama la “necesidad de protegerlo físicamente contra la degradación” y la “reposición de los elementos desaparecidos y documentados fotográficamente”, apuntando que una eventual restauración “deberá hacerse colocando elementos de carpintería metálica con gran porcentaje de vidrio para mantener al máximo las dimensiones de las aberturas existentes”.

Restauración de los tejados

De hecho, según informó Betevé a principios de junio de este 2025, se trabaja en una rehabilitación que prevé restaurar toda la cubierta en un plazo de dos años, un trabajo complicado dado su mal estado y la necesidad de recuperar las cerámicas existentes e incorporar piezas nuevas donde han desaparecido. También se están realizando tareas de refuerzo de la estructura y se han recolocado elementos de ladrillo que faltaban. Según la misma información, no está claro cuál será el uso futuro del edificio, que en todo caso, es de propiedad privada. Lo que sí está clara es la obligación de conservarlo, ya que está catalogado. Y también queda clara la fascinación que genera ver, por primera vez, esta joya modernista escondida en Collserola.