“Esa sonrisa me recuerda a tu abuela”, le dice el fotógrafo a Carolina Lansing, otra de las nietas ilustres de esta edición de Le Bal. La suya es la diseñadora y leyenda de la alta sociedad Carolina Herrera, que no ha podido acompañarla a París. “Pero estoy arropada por el resto de mi familia”, matiza la joven, que viste para la ocasión un vestido palabra de honor de lunares con un gran lazo en la falda de Wes Gordon, actual director creativo de la marca. Para ella, los joyeros han elegido un choker con una flor de diamantes. “Mi abuelo Reinaldo solía regalarle joyas así a mi abuela, así que para mí se trata de una forma muy bonita de tenerlo presente”, dice la joven mientras Eulalia de Borbón y Orléans pasa cerca de ella con su vestido de Tony Ward -“en cuanto lo vi, supe que era ese”- y una tiara con la flor de Lis de los borbones. “Mi padre le ha enviado fotos al rey. Le ha dicho que estoy muy guapa, que el vestido es precioso”, revela la ahijada del don Juan Carlos, que estudia Finanzas en St. Andrews y domina cinco idiomas. “Estoy aprendiendo ruso”.

Eulalia de Orleans, ahijada del rey Juan Carlos, ha sido una de las debutantes de este año
Jonathan Becker
Le Bal es un acontecimiento social que, a pesar de sus orígenes decimonónicos, sigue la tónica de los tiempos con participantes de 12 nacionalidades que, el día D, desfilan ante sus familiares acompañadas de sus chevaliers servants. El historiador y presentador de televisión Stéphane Bern, que acaba de entrevistar por cierto al rey Juan Carlos, es el encargado de conducir el evento con una acertada mezcla de humor, ingenio y datos -“estamos en el único palacio decorado a la parisina -piensen en molduras doradas, mucho espejo y suelos de madera- que queda, el de Roland Bonaparte”; “¡oh!, ahí viene la nieta de rey de Las Vegas, Kirk Kerkorian-”, “ahí tenemos a la hija de los duques de Marlborough con su chevalier, ‘qué alto!”-. Mientras, los asistentes aplauden y jalean a las debutantes, que demuestran su destreza para lucir los trajes de alta costura y las joyas, pero también su naturalidad y que, efectivamente, si participan en esta fiesta benéfica es para pasárselo bien. El ambiente es, de hecho, bastante más distendido de lo que cabría esperar. “No hay competitividad, todo es buen rollo”, dice la madre de un chevalier mientras sirven un delicado flan de vainilla y pera. Su hijo y la debutante se conocieron la tarde anterior, lo que no les ha impedido improvisar unas piruetas ante una audiencia entregada.