Carolina Osorio y Pablo Zapata siempre quedan en el mismo bar de Lavapiés, Madrid. Se conocieron hace cinco años, en plena pandemia, a través de una aplicación de citas. Cuando permitieron empezar a moverse para pasear, Zapata cogió su bici y se fue desde este céntrico barrio madrileño donde él vive hasta el municipio de Alcorcón, donde vive Carolina, para poder conocerse. Ahora lo recuerdan riéndose: «Fue muy divertido ver llegar a este personaje ahí con su bici, todo sudado y cansado, con su maillot. No se sabe quién es más loco, si él por ir hasta allá o yo por recibirle en estas condiciones», cuenta Carolina.

Lo que empezó en pleno postconfinamiento es ahora una pareja estable que se ve casi a diario, viaja junta a Colombia (de donde es Carolina) o a Euskadi (donde está la familia de Zapata) y compagina a la perfección vida común y vida individual, porque no comparten casa. «Yo tengo dos hijos, con los que vivo, y no me parece justo que Zapata, que nunca ha querido tener hijos, tenga que vivir con los míos», explica Carolina. «Además, como empezamos a salir un poco mayorcitos –ella tiene 49 años, él 50– cada cual tiene su ritmo de vida, sus costumbres, su orden y su desorden, y así los respetamos».

Carolina y Zapata encajan en lo que los sociólogos denominan una pareja LAT (del inglés Living Apart Together): parejas con una relación estable y consolidada que deciden libremente y de manera mutua y acordada que no quieren convivir.

En España, los únicos datos estadísticamente representativos sobre parejas que no conviven proceden de la Encuesta de Fecundidad de 2018 del INE y de la Encuesta Social General Española del CIS del mismo año, la única vez que se incluyeron preguntas específicas sobre parejas LAT y sus motivos para serlo.

A partir de esos datos, la Fundación BBVA publicó en 2022 el monográfico La gestión de la intimidad en la sociedad digital. Parejas y rupturas en la España actual, donde por primera vez se dibujó a las parejas LAT como aquellas relaciones largas (más de seis años de duración), con una edad media en torno a los 42 años, y que, mayoritariamente, no contemplan ni casarse ni volver a convivir bajo el mismo techo, porque casi la mitad de ellos ya han convivido con una pareja anteriormente.

La independencia

Dentro del paraguas de las parejas LAT, Luis Ayuso, catedrático de la Universidad de Málaga y uno de los principales especialistas en este fenómeno en España, diferencia entre cinco tipos: los que no viven juntos porque se consideran muy jóvenes; los que no lo hacen porque no tienen capacidad económica para emanciparse (en ambos casos son el 25%); los que aún no conviven porque se están conociendo (son un 7%), y los que están separados por circunstancias laborales (entre un 12 y un 13%).

«Y luego tenemos un quinto tipo, que son aquellas parejas que no viven juntas porque quieren mantener su independencia. Son un 7% del total, pero son los auténticos LAT», explica el sociólogo, coautor del único estudio sobre este fenómeno en España.

María Gómez y su pareja encajan justo ahí. Ella, educadora social de 45 años, es de un pueblo de Toledo pero lleva desde los 18 en Madrid. Él, que prefiere no decir su nombre porque es un músico conocido, tiene 36. Se conocieron en Tinder sin intención de encontrar «al amor de su vida», pero la relación fue fluyendo tan naturalmente que el pasado junio cumplieron 4 años de relación. Para los dos la clave es que comenzaron con un pacto nítido: «Desde el principio estuvimos de acuerdo en no modificar nada de la vida del otro que no fuese absolutamente necesario», cuenta María.

Esa claridad con la que empezaron, se ha seguido manteniendo en otro punto en el que también coinciden: no quieren vivir juntos. «Para nosotros tener cada uno nuestra casa es fundamental», cuenta María. «A mí me encanta mi independencia, a él le encanta la suya». Viven muy cerca, «a cuatro paradas de metro», puntualiza María, lo que facilita que puedan verse cuando quieran. Ella se define diurna, de madrugar y tener una rutina propia. Él, por su profesión, tiene horarios nocturnos y ensaya todos los días en su casa. «La convivencia, en nuestro caso, mataría la relación», confiesa María.

En su agenda individual se ve esa independencia pactada. María no ha renunciado a sus planes de siempre: «En verano yo sigo viajando como lo hacía antes, mis viajes largos con mis amigas, con mi prima… A él en esos viajes no le incluyo porque en verano trabaja y no puede ausentarse tanto». A la vez, también han construido una agenda común: «Durante el año hacemos una escapadita en otoño (ahora nos vamos a Malta) y otra en junio, a Cádiz, al piso de sus padres».

Matrimonios a distancia

El modelo de pareja LAT está desdibujando el concepto de pareja tradicional. «Hasta los años 70 u 80, eran un hombre y una mujer que compartían gastos, que compartían residencia y que tenían hijos», explica Ayuso. «Hoy, las combinaciones se multiplican: pueden ser dos hombres o dos mujeres, con hijos o sin ellos, que compartan o no economía y que convivan o no».

Marisa Blanco explica la misma conclusión que el sociólogo, pero a su manera: «La pareja como se conocía antes está en desuso». Con 57 años, dos hijos ya adultos y un divorcio a la espalda, conoció a su actual pareja porque éste compartía profesión con el ex marido de ella. Cuando ambos matrimonios estaban ya rotos, la relación entre Marisa y José arrancó como una aventura: «Fuimos muchos años amantes», resume ella. De esa infidelidad inicial surgió una larga relación: hoy suman casi dos décadas juntos y seis años casados.

Él siempre ha vivido en Ibiza. Ella, en Madrid. Al principio, Marisa sí se planteaba una convivencia bajo el mismo techo. Con el tiempo, asumió que esa vida en común no terminaba de cuajar: el trabajo de José estaba en la isla, y la vida de Marisa en Madrid con sus hijos y su red familiar: «Cuando la vida te dice que no, es que no», resume.

Hoy su relación encaja muy bien con la etiqueta Living Apart Together: una pareja estable y casada que, sin embargo, no comparte vivienda. Marisa pasa temporadas largas en Ibiza y Jose viaja habitualmente a Madrid en la temporada baja de la isla, pero cada uno mantiene su casa y su independencia.

«Para mi lo mejor es la libertad. Hago lo que me da la gana: tengo lo bueno de ir allí, con la playa, cuando quiero, y luego estar en Madrid con mis hijos, mis amigos, salir, entrar…». La idea de volver a compartir casa le remueve fantasmas: «Yo ya llevo tantos años viviendo sola que ahora mismo el volver a convivir con otra persona es volver a revivir lo del otro», dice refiriéndose a su exmarido.

Su resistencia a convivir no es solo cuestión de costumbre, sino también de cuidados. «He estado toda mi vida cuidando: primero de mis hermanos, después de mi marido, de mis hijos, ahora de mi tía, de mi hermana…», admite. Ayuso lo resume en términos estructurales: «Sabemos que cuando convivimos, normalmente el coste de la convivencia recae sobre la mujer», resume el sociólogo, «así que en un contexto de mayor igualdad femenina, donde la mujer está más empoderada, es más factible que surja este modelo de pareja».

El pacto privado

Ayuso también señala los cambios en el emparejamiento que se han ido dando en el último siglo y que han podido desembocar en que existan las parejas LAT. «Antes, el emparejamiento era una cuestión pública, controlada por el grupo, y ahora depende del pacto privado que se haga entre los dos miembros de la pareja», resume.

Ana Gordillo y Ana Leal, ambas treintañeras, han firmado su propio pacto. Gordillo, profesora de español, vive en Lavapiés con Mikel, un gran amigo. Leal, diseñadora gráfica, es dueña de un piso cerca de Atocha «compartido con el banco», bromea. Se conocieron hace tres años preparando un torneo de tenis lésbico, Lesbian Garros, y desde entonces comparten un montón de aficiones, tienen grupos de amigos en común y duermen entre 4 y 5 noches juntas a la semana.

Para ambas, tener dos casas evita lo que Leal describe como «fundirte del todo en la pareja y perder de vista que hay una vida propia que también hay que alimentar». Cuando alguien pregunta por qué no viven juntas, Leal responde sin dramatismo: «Lo estamos disfrutando así porque realmente es que no tenemos ningún motivo para irnos a vivir juntas». Y Gordillo, a su lado, da la clave definitiva: «Lo que tenemos son citas, no inercia».

Ambas ya han convivido anteriormente con parejas y saben las dificultades que conlleva la convivencia. «Muchas veces, cuando vives con tu pareja, estás profundizando en conocer a la otra persona a la vez que profundizas en la convivencia, y cuando hay problemas, achacas todo a la convivencia, cuando quizás es que no eres compatible con la persona», reflexiona Leal. «Por eso está muy feliz con la manera en la que viven: «Esto nos está permitiendo, o yo lo siento así, tener una visión la una de la otra mucho más completa».

Además, para ambas, tener dos casas es también una forma de cuidarse: fregar los platos en casa de su pareja, acordarse de llevar unas flores antes de hacer una visita… «Lejos de dividirnos, que cada una cuide el espacio de la otra es una forma también de cuidar la pareja», comenta Leal. A ella le encanta la sensación de llegar a la casa de su pareja «y sentir que me dejo llevar, que puedo descansar», mientras que a Gordillo la casa de su novia «me recuerda a cuidados, como a arropo».

Poder permitírselo

Pero para ser una pareja LAT, hay que tener en cuenta también otro factor: el económico. «Sabemos que las parejas que viven separadas tienen un nivel socioeconómico mayor que el resto de parejas, porque vivir separados supone mantener dos hogares», confirma Ayuso. «Las clases bajas no se pueden permitir ser parejas LAT».

Todas las parejas entrevistadas coinciden en esto: María y su pareja tenían una casa en propiedad cada uno antes de conocerse. Marisa y Jose también. «Nosotros tenemos cada uno una estabilidad económica que no nos obliga a compartir piso porque sí», explica Carolina. Las dos Anas son conscientes de que pueden vivir así «porque tenemos el privilegio». Leal se pudo permitir comprar su casa, Gordillo vive con un amigo «porque es la persona con la que quiero vivir».

En España, recuerda el sociólogo Luis Ayuso, este tipo de parejas sigue siendo una rareza. «Todavía no está normalizado que una pareja estable decida no vivir junta». María Gómez confiesa haber vivido esto en primera persona, pero a ella lo que le importa es la opinión de su gente cercana y ellos nunca les han hecho sentir mal: «yo me siento parte de su familia aunque no estemos casados ni vivamos juntos». Además, hay un detalle que para ella resume el compromiso: «Él ha sido la primera persona que yo he llevado a mi casa, y yo la primera que él ha llevado a la suya. Con 33 años él, y yo con 40».

Carolina y Pablo, desde su barra habitual en el Mercado de San Fernando de Lavapiés, no han sentido nunca que a su entorno les parezca mal su elección. «Hay que darle la oportunidad a este tipo de relaciones, porque tener un espacio personal es muy importante», dice Carolina con total convicción.

«Todas mis amigas y todo el mundo que me conoce me dicen que tengo lo mejor de la relación: al final es como ser los novios eternos«, confiesa Marisa, aunque también es consciente del peaje de esta libertad en los días malos: «le tengo al otro lado del teléfono, pero hay veces que le necesitaría físicamente», reconoce.

Las dos Anas, por ahora, se sienten felices así, y están abiertas a ir probando, poco a poco, lo que mejor le siente a la relación. De momento, como resume Leal: «Lo que hemos decidido es que no tenemos la obligación de vivir juntas».

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