Es curioso cómo, durante años, nos quedamos enganchados a 1998, a Pantani, al último doblete Giro–Tour, como si aquel fuera el último gran acto de fe del ciclismo moderno.
Pero ahora, mirando el calendario con un punto de melancolía, la efeméride que emerge con más brillo es otra: Stephen Roche, 1987, el año en que un solo ciclista consiguió unir Giro, Tour y Mundial en una misma campaña.
Un año que no cabe en una sola frase.
Porque reducir la temporada de Roche a ese triplete histórico es mutilarla.
Su 1987 fue más ancho, más profundo, más de todo.
Fue también la Lieja que tuvo entre las manos y que se le escapó ante un Argentin pletórico. Fue un corredor competitivo desde febrero hasta octubre, siempre afilado, siempre presente, siempre en modo campeón del mundo en potencia. Un ciclista que encontraba la manera de estar en la fotografía incluso cuando el resultado no le acompañaba.
El Tour del 87, además, lo tengo clavado entre los primeros recuerdos nítidos de infancia ciclista.
Y sin dudarlo lo pongo entre las mejores carreras que jamás hayamos visto.
Aquel pelotón respiraba otra cosa.
La generación ochentera —sin Lemond, con Fignon sin filo— dejaba paso a un mano a mano de thriller entre Pedro Delgado y Stephen Roche, dos corredores dispuestos a ponerse al límite día sí y día también.
La carrera fue un vaivén perpetuo, una novela por entregas.
Desde la cronoescalada al Ventoux, con la tarde gloriosa de Jean-François Bernard, el Tour se sumergió en una dinámica de sobresaltos que aún hoy cuesta ordenar. Villard-de-Lans, con aquel ataque en pleno avituallamiento.
Los Alpes, con Perico desatado entre Alpe d’Huez y La Plagne, donde el irlandés acabó como vemos en la foto.
Y Roche, siempre Roche, resistiendo más allá de lo razonable, desmayado en la meta pero jamás vencido.
Todo culminaba en Dijon, en aquella crono eterna que enterró las opciones de Perico y coronó al irlandés por pura tenacidad, por pura fe en sí mismo.
Qué ciclista era Roche. Qué inteligencia fina, qué apariencia de seda sobre un instinto feroz.
Venía de un Giro incendiado por su duelo con Visentini y terminaría el año vestido de arcoíris junto a Sean Kelly, como si el destino hubiera querido darle un brillo final a una temporada irrepetible.
Victorias sufridas, victorias de verdad. Así era aquel 1987, así era Stephen Roche.
Un año que todavía hoy palpita.

