Kate Winslet nunca ha sido una actriz que se acomode en el molde. Quienes la conocen desde los años de «Titanic» saben que su relación con la imagen pública ha sido, desde el principio, un terreno que ha querido gobernar con firmeza propia. Hace unos años ya plantó cara a su propio equipo para impedir que retocaran su rostro en el cartel principal de «Mare of Easttown», la aplaudida serie de HBO. Nada de borrar arrugas ni de pulir textura: la actriz exigió que la dejaran «en paz», sin filtros y sin artificios.

Ahora, con el estreno de «Goodbye June» -su primera película como directora, protagonizada por Helen Mirren- y su retorno a la épica azul de «Avatar: Fuego y Ceniza», Winslet vuelve a acaparar titulares. Esta vez no por un personaje, sino por una conversación íntima y contundente con «The Times», en la que vuelve a posicionarse como una de las voces más sensatas (y valientes) cuando se trata de hablar de belleza, autoestima y presión estética.

«¡Ay qué miedo!»

El periodista le pregunta por lo que llama «la tendencia actual» -esa uniformidad casi inquietante que se ha instalado en alfombras rojas, cafés de moda y redes sociales- de inyectarse maquillaje, volumen y perfección instantánea en labios y pómulos. Winslet reacciona con un gesto que casi puede escucharse: «¡Ay, qué miedo!». La frase no es un simple desahogo; es un punto de partida para una reflexión mucho más profunda.

La actriz Kate WinsletLa actriz Kate Winsletlarazon

«Es devastador», afirma. «Si la autoestima de una persona está tan ligada a su apariencia, da miedo». La actriz reconoce que vive en un mundo donde la presión es omnipresente, y sin embargo se muestra sorprendida por la contradicción de nuestra época: un momento en el que, por un lado, celebramos cuerpos diversos sobre la alfombra roja, y por otro, proliferan los medicamentos para perder peso y los tratamientos agresivos para borrar cualquier rasgo de identidad. «Algunos eligen ser ellos mismos, otros hacen todo lo posible por no serlo», asegura. «El desprecio por la salud es aterrador. Es un caos total ahí fuera».

Para Winslet, el fenómeno va más allá del cine. No le quita el sueño lo que hagan sus compañeras de profesión, sino la normalización masiva de estas prácticas entre mujeres jóvenes que, con una mezcla de aspiración y presión, ahorran para bótox o para «la porquería que se ponen en los labios». Ese es el verdadero problema, dice: la moda popularizada, repetida, accesible… y cada vez más extrema.

Lo más hermoso, sostiene, está en lo que el tiempo deja. «Lo que más me gusta es cuando las manos envejecen. Así es la vida, en tus manos». Y remata con una observación que tiene algo de advertencia y algo de elegía: «Algunas de las mujeres más hermosas que conozco tienen más de 70 años. Me molesta que las mujeres jóvenes no tengan ni idea de lo que es ser bella».

Winslet, una vez más, se planta. Y en un Hollywood que sigue empeñado en perseguir la juventud eterna, su mensaje -tan simple como radical- resuena con más fuerza que nunca.