No es fácil reinventar el ‘whodunit’. Tampoco recibir alabanzas y prestigio por él. Es un género agradecido en pantalla, un entretenimiento que engancha, pero ahora en raras ocasiones se cuela en las listas de mejores películas del año. Tal vez se deba al desgaste, tal vez a la avalancha de títulos de dudosa calidad que ha engendrado en los últimos tiempos, de las adaptaciones recientes de los libros de Agatha Christie a éxitos en el streaming como La mujer del camarote 10.
En 2019, un Rian Johnson que acababa de sobrevivir por los pelos al fiasco de Star Wars logró sorprender al público con un cluedo moderno, un misterio agathachristiano actualizado, llevado a su terrero. Partiendo de un guion meticulosamente estructurado para abordar con humor mordaz y a través de las dinámicas familiares y el ‘old money’ el clasismo, el racismo camuflado o la avaricia, Johnson y Benoit Blanc, el detective estrambótico de Daniel Craig, su gran baza ganadora, revitalizaron el género como ningún otro filme en años.
No inventaron nada nuevo, simplemente cuidaron con mimo cada elemento imprescindible, cada pieza del rompecabezas, cada giro de guion: elenco coral perfectamente engrasado, escenario único (mansión clásica del ‘Murder Mystery’), diseño de producción cuidado, personajes excéntricos que se repartían el interés y el dinero como motor de la bajeza humana.
Para su secuela, Puñales por la espalda: El misterio de Glass Onion, el director trasladó a Blanc a Grecia, pero la calidez mediterránea y sus sospechosos estelares de piel bronceada no estuvieron a la altura del investigador. Ahora, su tercera entrega, Puñales por la espalda: De entre los muertos, regresa a la esencia de la primera producción, aunque con variaciones importantes.
Cambia el cielo encapotado de Boston por el cielo igualmente encapotado de un pequeño pueblo en el estado de Nueva York, y vuelve a situar a Benoit en un segundo plano (tarda 40 minutos en salir en pantalla) para poner el foco sobre un compañero de investigación involuntario e incriminado. Entonces fue Ana de Armas la que hizo sombra al resto de estrellas, y esta vez es Josh O’Connor quien cumple a la perfección esta función.
Él es, en la piel de un Padre envuelto en una trama criminal, el gran protagonista de esta tercera película, la luz en un mundo de oscuridad capaz de absorber el halo del propio Craig, la bondad y la redención en un contexto religioso. Curiosamente, no es Craig en quien encuentra su contrapunto perfecto, sino en Josh Brolin como un Monseñor irreverente con una perorata violenta, extrema; un líder de secta con aspecto de ‘El Nota’ (El gran Lebowski).
El británico se aparta momentáneamente del circuito indie para volver a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación salvando un filme que por lo demás cae en los mismos errores que la secuela: demasiados personajes que se diluyen y provocan indiferencia, una fotografía vaga y descuidada, y un misterio demasiado enrevesado y rebuscado (para colmo rematado con un recurso de lo más manido) pero sin profundidad emocional.
Ni siquiera Daniel Craig resulta tan fascinante en las rarezas y los manierismos de su detective, probablemente porque a la tercera pierde su efectividad. Por suerte, O’Connor levanta la historia en la piel de un exboxeador convertido en cura tras un traumático suceso. A través de él, Johnson plantea una reflexión sobre la religión en la actualidad, sobre su poder curador, pero también destructor, sobre su capacidad inmersiva, casi cinematográfica, para contar historias.
De entre los muertos es un cuento gótico con vestigios de Edgar Allan Poe que promete más de lo que entrega, con buenas ideas ejecutadas con desgana y un reparto desaprovechado (es especialmente doloroso en el caso de Kerry Washington y Andrew Scott). Hay escenas en las que te quedarías a vivir, como en las escandalosas e incómodas confesiones de Josh Brolin a O’Connor, pero no recordarás la gran mayoría cuando acabes de verla.
Este puede ser el misterio más difícil para Blanc, como él mismo asegura, pero está lejos de ser redondo. Eso sí, funcionará como disfrute ágil y adictivo en el abarrotado catálogo del streaming. Probablemente a la saga de Puñales por la espalda le pese demasiado la perfección de la primera película, tan original, vibrante y astuta, que genera comparación odiosa y la pregunta: ¿Por qué Johnson no es capaces de volver a esa esencia? ¿Por qué el director y guionista, un rebelde que defiende su autoría hasta en Star Wars, se ha vuelto otro cineasta que hace ‘whodunits’ del montón? Suerte que hemos encomendado nuestra alma cinéfila a Josh O’Connor.