Hay ciudades que compiten en altura como si la verticalidad fuese el nuevo lujo urbano. Nueva York presume del Empire State, Dubái desafía el cielo con el Burj Khalifa y Londres, más contenida pero igual de ambiciosa, ha ido sumando piezas a un skyline cada vez más heterodoxo. Rascacielos que prometen eficiencia, iconografía contemporánea y monumentalidad arquitectónica. Pero, como ocurre con la moda o el arte, no todo hito arquitectónico logra seducir.
Algunos rascacielos, pese a sus curvas atrevidas o su ingeniería impecable, terminan convertidos en villanos urbanos. La fiebre por las formas imposibles nos deja hitos inolvidables, pero también edificios desconcertantes que ganan titulares no por su belleza, sino por su extravagancia.
El edificio que quiso ser icono y acabó siendo sátira arquitectónica
En pleno distrito financiero londinense, en el número 20 de Fenchurch Street, se alza un rascacielos que desde lejos parece inclinarse hacia la ciudad con una presencia imponente. Diseñado por Rafael Viñoly y levantado entre 2009 y 2015, su volumen invertido, estrecho en la base y ancho en la coronación, le valió dos apodos inevitables: Walkie Talkie y The Pint, por su gran parecido con esas pintas rebosantes que se acumulan en los pubs de Shoreditch cada vez que empieza el afterwork.
Pensado para ser eficiente, su fachada cóncava y espejada debía optimizar la entrada de luz, ventilación y climatización. El proyecto incluía oficinas premium, restaurantes, una brasserie y un reclamo irresistible: un Sky Garden público en las plantas altas. Sobre el papel, todo respondía a un planteamiento impecable.
Noticia relacionada
El ‘rascasuelos’: uno de los proyectos más esperados de 2025
Cuando la ciudad opina, la arquitectura escucha
Sin embargo, Londres tiene una sensibilidad particular hacia su skyline. La relación con sus edificios es emocional, histórica, casi visceral. Y el Walkie Talkie, desde su inauguración, generó una reacción desigual. Parte del rechazo tenía que ver con su volumen: su ensanchamiento superior parecía imponerse sobre el paisaje circundante, alterando la delicada relación entre lo nuevo y lo heredado.
Por su parte, la prensa local señaló su presencia dominante y en 2015 recibió la Carbuncle Cup, un premio que reconoce al edificio más discordante del año en Reino Unido. Un galardón incómodo, sí, pero también un reflejo de cómo la percepción colectiva puede sobrepasar cualquier intención arquitectónica.
Más allá de la estética: los efectos inesperados
La polémica no se limitó a su silueta. Poco después de inaugurarse, el Walkie Talkie empezó a generar corrientes descendentes que complicaban el tránsito a pie en la zona, y su fachada cóncava concentró la luz solar de forma tan intensa que llegó a dañar escaparates y deformar la pintura de algunos coches aparcados. Incidentes puntuales, pero lo bastante visibles como para que Londres exigiera una solución inmediata.
La respuesta llegó en forma de una estructura de lamas que corrigió el comportamiento de la fachada. Una muestra de que incluso las obras más ambiciosas deben convivir con la vida real de la ciudad.
¿Un error… o la evidencia de una nueva sensibilidad urbana?
Quizá la historia del “vaso de cerveza” tenga menos que ver con errores y más con cómo cambian nuestras ciudades y la manera en que las miramos. Hoy buscamos algo más que formas sorprendentes: pedimos coherencia, integración, empatía. Y Londres, tan exigente con su skyline, dejó claro que ya no basta con una forma llamativa.
Aun así, el edificio ha terminado quedándose: su Sky Garden funciona, sus oficinas también, y su silueta ya es parte del paisaje de la ciudad. Más que feo o bello, el Walkie Talkie recuerda algo sencillo: un edificio no se define el día que se inaugura, sino cuando la ciudad aprende a convivir con él. Ahí empieza, de verdad, la arquitectura.