Volver sobre los años dorados de Perico es abrir una carpeta de nostalgia que nunca cierra del todo.
En esos veranos en los que España descubrió que podía mirar al Tour sin complejos, siempre queda la pregunta flotando: ¿le devolvió realmente la carrera todo lo que él puso? ¿O se quedó corta la historia con el segoviano?
La subida al Alpe d’Huez de 1987 es un buen punto de arranque.
Aquel día, Fede Etxabe —serio, sobrio, de esos ciclistas que nunca levantaban la voz— abrió la cuenta hispana en la cima fetiche de los holandeses.
Un triunfo que hoy, mirado a distancia, aún crece en valor.
Entre aquel éxito y el de Iban Mayo pasaron dieciséis años, y después llegó Sastre para completar el círculo.
Pero aquél fue también el día en que, por primera vez, un maillot amarillo salió del Alpe sin llegar a París vestido de amarillo.
Ese “honor” le tocó a Perico, una sombra que siempre le acompañaría.
Sin embargo, reducir su relación con el Tour a ese registro sería una injusticia.
Desde joven tuvo claro que su destino se jugaba en Francia.
Y lo apostó todo.
Cuando ganó en 1988 —con la coletilla eterna del positivo por probenecid, sí— lo hizo como uno de los primeros corredores modernos que centraban toda la temporada en el Tour.
Antes, probó suerte en el Giro del Gavia y firmó un séptimo puesto de mérito. Después, en julio, arrasó con una superioridad que dejó poco espacio para el debate.
El año clave, no obstante, sería 1989.
Fignon y Lemond acapararon los focos, pero Perico no estaba ni un milímetro por debajo.
Su Tour quedó condicionado por aquel prólogo de Luxemburgo —la pesadilla eterna— y por la crono por equipos donde Banesto lo perdió todo en un solo día.
Quitando ese lastre, su rendimiento fue de ganador.
Ahí está el día de Superbagnères, con aquella escapada inolvidable junto a Millar y Mottet, como muestra de un Perico en plenitud física y mental. Fue, seguramente, su techo.
En 1990 ya no fue el mismo. Quedó cuarto, pero siempre con esa sensación de que algunos cortes y despistes le robaron algo más.
Y ante Lemond, aquel Lemond renacido, no hubo margen para el error.
A toro pasado, se puede decir que Perico tuvo dos ediciones más en las que pudo discutir el Tour: 1983, donde llegó a ser segundo antes de venirse abajo, y 1987, año en el que Roche —astuto como un italiano, frío como un campeón— le arrebató el amarillo en la crono final de Dijon.
En 1984 también tuvo su opción, hasta su caída bajando Joux Plane. Y en 1986, el adiós forzado por la muerte de su madre.
¿Mereció más Tours? Decir que uno más era posible, entra dentro de la lógica. Apostar por tres ya implica manejar el ciclismo como si fuera matemáticas.
Le tocó vivir en una generación feroz: Fignon, Roche, Lemond… nombres que, sin accidentes ni cruces de destino, podían haber ganado mucho más.
Quizá por eso, al final, todo quedó tan repartido. Y ahí, entre los grandes, está Perico, con un Tour… y un puñado de “casi” que siguen alimentando la leyenda.

