El escritor Eduardo Reguera se detuvo ante aquella fachada mínima y se preguntó qué era exactamente. Se permitió fantasear sobre posibles usos y llegó incluso a pensar cómo sería vivir dentro de los 88 centímetros que ocupa el número 10 de la calle Juan E. Doreste, en Vegueta.

La respuesta, sin embargo, era mucho más prosaica y estaba ligada a la historia del barrio. Nunca fue una vivienda, sino el acceso de servicio del antiguo colegio de San Agustín, situado en la calle Reyes Católicos. Contaba con una entrada alternativa y poco utilizada al patio desde Juan E. Doreste.

Cuando surgió el misterio, algunos antiguos alumnos aún recordaban haber usado aquella puerta de acceso al patio, e incluso jugar en el largo pasillo que había que atravesar desde allí. Tras el derribo del colegio para levantar nuevas construcciones, quedó como el último resto del edificio, con un aspecto lo bastante engañoso como para hacer pensar en la casa más estrecha de Las Palmas de Gran Canaria. Hoy, esa puerta permanece condenada.

La entrada a la casa, el 10 de Juan E. Doreste.

Fachada del número 10 de la calle Juan E. Doreste, antiguo acceso de servicio del colegio de San Agustín. / LP/DLP

Aclarado su origen, el misterio se disipa, pero la fachada sigue siendo una rareza urbana que remite a otros casos similares repartidos por la ciudad.

Una casa que sí lo parece

En el mismo barrio vive una prima hermana. En la avenida Alcalde Díaz Saavedra Navarro, a pocos metros del Mercado de Vegueta, hay una fachada también muy estrecha, algo más generosa que la de Juan E. Doreste, de aspecto bien distinto y llamativa para el paseante.

Estado actual del edificio abandonado en la avenida Alcalde Díaz Saavedra Navarro.

Estado actual del edificio abandonado en la avenida Alcalde Díaz Saavedra Navarro. / LP/DLP

Encajada entre edificios más recientes y hoy abandonada, contrasta con las construcciones vecinas. Tiene un pequeño balcón canario, dos pisos y una proporción más reconocible, y si hubiera sido una vivienda al uso —o parte de una— no llamaría tanto la atención como su pariente del casco histórico. Remata, además, en una pequeña azotea, un detalle que refuerza su condición doméstica a pesar del escaso espacio.

Más que excepciones, ambas fachadas son restos visibles de cómo la ciudad se ha ido ajustando sobre sí misma.