Tragedia en Anoeta. Pitos. Enfado monumental. Desesperación y, antes del final, abandono. La Real se dejó remontar por el Girona (1-2) en un segundo … tiempo catastrófico que provocó la ira de Anoeta. El equipo blanquiazul acumula tres derrotas seguidas, que le dejan con 16 puntos en 16 jornadas. La primera, 3-2 contra el Villarreal, cruel por ser en el descuento (aunque fue perdiendo 0-2); la segunda, terrorífica en Vitoria (1-0); y la tercera, este viernes, muy difícil se asumir tras una segunda mitad horrorosa. El capitán de la Real, Igor Zubeldia, no dejó margen a la imaginación: «Hemos hecho el ridículo». No se atrevió a hablar del futuro, pero se hablará.

La alineación de Sergio Francisco fue transparente: en situación muy apurada tras las dos últimas derrotas y, sobre todo, muy tocado por la forma de perder en Vitoria, el entrenador quiso transmitir un mensaje de fuerza y colocó de salida a Kubo y Barrenetxea en las bandas, con Guedes arriba. La Real necesitaba mandar desde el principio y, a ser posible, marcar pronto para tomar el control de la situación, en todos los aspectos. Dos días después de aprobar por aclamación sus cuentas, en un ambiente complaciente, el club se sometía al examen del campo. Los dos aspectos están íntimamente unidos, aunque son diferentes. La puesta en escena de la Real fue buena, con una ocasión muy clara nada más empezar, fruto de la conexión entre Barrenetxea, que volvía al once, y Kubo, que no acertó en el remate con el interior del pie derecho. Los dos juegan sin estar en plenitud física. Al japonés se le nota una barbaridad. El donostiarra acabaría siendo sustituido en el descanso por molestias en el sóleo.

El arranque de su equipo tranquilizó a la grada, de uñas por lo de Mendizorrotza. Pero Anoeta no es un campo intransigente. A la cátedra le bastó ver que la Real estaba por la labor para guardarse sus reservas. A esas horas, muchos confiaban en no volver a sacarlas a relucir. Cuando el Girona equilibró el juego después del primer cuarto de hora, no hubo crisis. El pueblo aceptó la realidad, la de verse abocado a un partido igualado frente a un rival en puestos de descenso. No hay lugar a engaños con la situación.

El equipo se afanó en jugar un partido de alternativas. La Real siempre estuvo en disposición de jugar y eso, si hay calidad, mantiene abierta la ventana de oportunidad. La encontró Zubeldia, que volvía al equipo. Se anticipó y sin solución de continuidad metió un pase vertical largo a Guedes, que controló, encaró a Gazzaniga y abrió el marcador. El luso, el mejor del primer tiempo, logró el objetivo inicial en el minuto 35, después de muchas vicisitudes y alternativas, pero el 1-0 reflejaba lo visto sobre el campo hasta ese momento, de alguna manera. Sin ninguna clase de exceso. Se anunciaba un segundo tiempo para trabajar. Lo que vino fue un derrumbe.

Derrumbe en el segundo tiempo

El segundo tiempo comenzó ya sin Barrenetxea, sustituido por Karrikaburu. No tardó en confirmar el Girona que el partido seguía abierto. La Real perdió el centro del campo, con Soler y Brais dejando huecos demasiado grandes, como en Vitoria. La presión era inexistente y el conjunto catalán no dejó pasar la ocasión de ocupar esos espacios y ponerse a mandar. Sus avenidas no encontraban ningún muro de contención. El marroquí Ounahi llevaba la manija y Gorrotxategi achicaba agua como podía.

La cosa pintaba muy mal para la Real que si algo no sabe hacer es defender replegada. Le fue salvando que jugaba su triángulo titular en la zona delicada, Martín-Zubeldia-Gorrotxategi, que sujetaban como podían a los jugadores que dejaban libres los interiores. Pero Tsygankov, que llevaba todo el partido martirizando a un errático Sergio Gómez, se encargó de confirmar todos los miedos de la grada, que para la hora de partido, antes de los goles, ya transmitía su enfado con el equipo.

Solo el reloj jugaba con la camiseta de la Real. Avanzaba y era la único que podía salvar a los blanquiazules, que llegara al minuto 90. Pero llegó antes Tsygankov. En el 76 empató y en el 84, remató la faena. Anoeta estalló. El final fue todo impotencia. Los realistas no pudieron apenas dar dos pases seguidos y la gente se empezó a ir del campo, la peor señal posible. Noche negra en Anoeta, noche larga. Dura desde el verano y sigue.