Armado con su cámara, Martin Parr planteó una icónica reflexión sobre la manera de habitar el presente y previó antes que nadie los temas que nos ocupan hoy día
U na de las lecciones impagables que debemos a los impresionistas es que, en muchas ocasiones, para comprender mejor, para ver bien, hay que dar un paso atrás y tomar distancia respecto al objeto. No por sabido lo practicamos. Es más, sucede justo lo contrario: porque es bien sabido, es también olvidado.
Martin Parr, con su cámara al cuello, volvió a recordarnos la importancia de esa distancia. Jugó con ella. En primer lugar, se fijó en la industria del ocio en Occidente y lo retrató como nadie. Desfiles, bailes y fiestas populares, colas, días de sol y playa… Se supone que es divertido. Tanto como ir de compras, salir, comer fuera… Parr le hizo un primer plano a toda esa imaginería y desveló una realidad que, a fuerza de ser cercana y cotidiana, estaba más bien oculta. Podía ser divertida, pero también ridícula muchas veces y casi siempre absurda, y siempre loca, muy loca. En ocasiones, esas muchedumbres desarticuladas o esos individuos en pugna por diferenciarse de las mismas provocaban algo de miedo distópico y asco, directamente, si hablamos de sus retratos de comida, con los que se adelantó —como en tantas otras cosas— a los tiempos que vendrían.
Por el camino, Parr se lo pasó muy bien, trabajó mucho, viajó, nos hizo reír y pasar vergüencita, publicó muchos libros y los vendió y expuso con asiduidad: de hecho, ha muerto dejando ya enhebrada su siguiente muestra en París, el próximo mes de enero en el Jeu de Paume. «Tengo genes obsesivos», afirmaba en el documental dirigido por Lee Shulman estrenado el año pasado. Es una buena pista a la hora de comprender su trayectoria entera. Entendía su profesión como una obsesión y sabía que para ser bueno en algo hay que estar obsesionado con ello. Porque nunca se conoce el momento en el que va a surgir una buena foto. Era preciso salir a diario a cazar, a disparar todos los días. A fuerza de paseos y acumulación construyó una carrera prolífica y exitosa.
Y no es la única cosa que vino inserta en los genes. Su padre era un apasionado de la ornitología y de la observación que contagió ese gusto a su esposa y también a su hijo. Su abuelo era fotógrafo e influyó decisivamente en lo que él quiso ser. En su carrera aglutinó todo lo anterior de manera única. Observación y registro son las piezas que vertebran toda su trayectoria. Una trayectoria que comenzó en blanco y negro en los setenta cuando fotografiaba a las comunidades agrícolas de Hebden Bridge, en West Yorkshire —a media hora en tren de Manchester—, donde se estableció. Las fotografiaba a menudo en el culto y las actividades relacionadas con él, es decir, en su vida social, el ocio cuando no había industria del ocio. La mayor parte de ese trabajo se publicó décadas después en un volumen titulado Los inconformistas, realizado junto a quien se convertiría en su esposa, Susie Mitchell, que escribía sobre los lugareños.
También por esa época comenzó a fotografiar coches abandonados, pero no cualquiera, sino el Morris Minor, un modelo práctico y económico que había sido muy popular entre la clase obrera y la clase media, un símbolo de la reconstrucción tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial.
No es verdad que exista un cambio radical en la trayectoria de Parr. Es cierto que en los ochenta descubrió el color y lo abrazó con entusiasmo, sin volver la vista atrás; pero en cuanto al contenido siguió fotografiando símbolos y mirando cara a cara a las personas. Las series que iban a venir en los 80 reunían ambas características.
Etología humana
La etología es la rama de la biología (y de la psicología y de otras disciplinas) que estudia el comportamiento de los animales, preferentemente en sus medios naturales y en relación con otros seres. Convertido en etólogo con cámara, Parr se interesó por los seres humanos en su medio natural, en su medio social. El escenario elegido fue la playa (o la búsqueda de la misma), los lugares de veraneo, tanto en su esplendor como los decadentes balnearios venidos a menos. Esto último es lo que le pasaba en los 80 al New Brighton, que Parr inmortalizó en su serie The last resort. Mucha gente buscando un helado, niños y niñas por todas partes, bebés llorando, muchas personas alrededor y mucho plástico, mucha basura, mucho hormigón y mucha maquinaria: la arena debía estar bajo el cemento y las toallas ni la tocaban.
La transformación de la tardía clase obrera británica en clase media tuvo lugar frente al objetivo de Martin Parr. Su centro se trasladó a las casas y a los actos sociales que allí se representaban y quedaron inmortalizados en The cost of Living. Hablando del coste de la vida, una de las especialidades de Parr fue retratar la ceremonia del consumo. Desde el ansia por cargar una caja más de Stella Artois en los viajes en ferry que los ingleses hacían a Calais, Francia, para abastecerse de alcohol libres de impuestos en tiempos de Margaret Thatcher, a bebés estrujados en carritos hasta arriba de productos, pasando por cachivaches, baratijas y artículos tan coloridos como innecesarios que solo en sus fotos salían bien.
A mediados de los 90, era un fotógrafo muy conocido que recorría el mundo demostrando que, cuando estamos de vacaciones, todos somos iguales y queremos lo mismo a la vez en todas partes: inmortalizarnos sosteniendo la torre de Pisa, rodearnos de palomas aunque nos coman vivos, bañarnos en una cala tan secreta que conocen millones de personas y conseguir la foto de la Mona Lisa, aunque el cuadro verdadero ni lo intuyamos… Tiene su gracia, pero no se la encontraban muchos de los fotógrafos de la agencia Magnum cuando tuvieron que votar su entrada como miembro de pleno derecho. Parr provocó un cisma allí. Él hacía justo lo que muchos consideraban que no había que hacer: fotografiaba en color —y qué color—, mientras el blanco y negro era el del buen gusto. No retrataba conflictos en países lejanos y el sufrimiento de sus habitantes sino gente bailando, comprando, disfrutándolo (o intentándolo) desaforadamente. Por último, en sus imágenes cabía el humor y la cotidianidad y eso en Magnum era imperdonable… ¡frívolo!
Como una especie de salvoconducto, algunas voces acudieron al rescate diciendo que era cínico y cruel. ¿Es que el humor siempre ha de ser tomado por otra cosa para ser tomado en serio? La fotografía de Parr es divertida y seria a la vez. Crítica y enrollada. Apocalíptica e integrada. En el documental de Lee Shulman, Parr confiesa haber disfrutado mucho acercándose a la gente, conociéndola y fotografiándola también. Nada hace pensar que no haya sido sincero, que su interés fuera fingido. “Soy un populista de corazón”, afirma ante la cámara.
El futuro
A la manera de Warhol, Parr inventó un estilo propio y lo exportó en sus viajes y reportajes por el mundo. Sus imágenes de Benidorm, Roma, México, India, Macchu Picchu y, por supuesto, Inglaterra hablaban de turismo masivo antes de que se escribieran los ensayos sobre el turismo masivo. E igualmente sus fotos de alimentos brillantes y coloridos denunciaban las nulas bondades de la comida ultraprocesada, ultraedulcorada, ultraplastificada antes de que los nutricionistas advirtieran de sus peligros. Y una y otra cosa juntas hablaban en suma de un consumo enloquecido que algo (mucho) podría tener que ver con fenómenos como la huella de carbono y el luego omnipresente cambio climático. Por cierto, la exposición mencionada al principio que se inaugurará en el parisino Jeu de Paume en enero y se podrá ver hasta finales de mayo lleva por título Global Warning.
Pero aparte de esos avisos lanzados con vistas al futuro, se preocupó mucho de su propio porvenir y legado. En 2014, creó la fundación que lleva su nombre para, además de gestionar su archivo y sus colecciones, apoyar el trabajo de fotógrafos documentalistas emergentes, consagrados o desconocidos.
Para todo aquel que se dispusiera a tomar la cámara y emprender el camino también dejó algo: una especie de decálogo que, de alguna manera, refleja bien quién era Martin Parr y cómo entendía él su profesión. Las normas son diez pero se resumen en dos: estudia y trabaja, trabaja, trabaja con humildad. Aquí están desglosadas:
Sin duda, cuando fue diagnosticado con cáncer en 2021 y accedió a protagonizar el documental I am Martin Parr, estaba pensando y preparando su legado. Se le ve pasear con andador y tomar la cámara para fotografiar todo aquello que le parece interesante. E interesante le parecía casi todo. Con su camisa de círculos en varios tonos de azul, sandalias y porte natural tirando a desaliñado, algunas escenas lo muestran dejándose pintar una bandera en la mejilla o fotografiándose con una corona de papel. Si no hubiera sido Martin Parr, perfectamente podría haber salido en una foto de Martin Parr.