El pasado mes de septiembre, un equipo liderado por la Universidad de Valencia conseguía erradicar una infección crónica de una bacteria en una paciente con fibrosis quística y un doble trasplante de pulmón. Lo hicieron con bacteriófagos, también conocidos como fagos, que son los virus de las bacterias y, por lo tanto, sus enemigos naturales.

Para hablar de su descubrimiento hay que remontarse al siglo pasado. El médico inglés Frederick William Twort investigaba un nutriente misterioso que él consideraba esencial para la multiplicación de las especies microbianas. Halló así que los cultivos de la cepa del virus de la vacuna contra la viruela siempre aparecían contaminados con una cepa de Staphylococcus spp. Esta observación lo llevó a pensar que este microorganismo sería el generador del compuesto esencial para el crecimiento de la cepa de la vacuna. Finalmente, en 1915, publicó en la revista The Lancet una investigación que hablaba de la enfermedad infecciosa provocada por la bacteria Micrococcus.

No fue hasta 1917 cuando los bacteriófagos fueron reconocidos como causantes de infecciones bacterianas epizoóticas. Este hallazgo proporcionó una posible vía para tratar las infecciones bacterianas. El término fue acuñado por el canadiense Félix d’Hérelle, que en ese mismo año confirmó su existencia, independientemente del anterior descubrimiento de Twort.

Sin embargo, el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928, contribuyó a desplazar el interés y el uso de la fagoterapia en buena parte de Occidente durante décadas. Tal como detalla una revisión bibliográfica de la revista NPunto, países como Rusia, Georgia y Polonia continuaron utilizándolos como tratamiento médico, destacando su uso en centros de la época, como el Instituto Estatal de Vacunas.

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Actualmente, los fagos vuelven a saltar a la palestra y la culpa es de la resistencia a los antibióticos. Según el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), presentado el pasado mes de octubre, una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas en laboratorio que desembocaron en infecciones habituales en las personas resistentes a los tratamientos con antibióticos. De hecho, entre 2018 y 2023, este problema aumentó anualmente de media entre un 5% y un 15%.

El director general del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advertía entonces de que esta resistencia “va más rápido” que los avances en la medicina moderna: “Es una amenaza para la salud de las familias en todo el mundo”.

Por eso, desde la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC) explican que las multirresistencias abren la puerta a la recuperación de este enfoque. “La fagoterapia simboliza la frontera entre la crisis y la oportunidad. Está reapareciendo como una posible alternativa de tratamiento ante el aumento de esas bacterias resistentes, pero es preciso resolver las limitaciones que impiden su generalización a gran escala”, traslada María del Mar Tomás, microbióloga y portavoz de la SEIMC.

También cuenta que es una terapia biológica que se alinea con los principios de la medicina de precisión. Además, expone sus beneficios: “Tienen una alta especificidad para atacar bacterias y esto es importante para evitar alteraciones en el microbioma, baja toxicidad y permiten recuperar antibióticos a los que las bacterias ya eran resistentes”.

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En cuanto a las limitaciones, indica que hacen falta “personas especializadas” para trabajar con los fagos y colecciones específicas con caracterización molecular y funcional. “Hay escasos estudios clínicos y farmacológicos y falta regulación para su producción a través de la medicina personalizada”, añade.

En esa misma línea, la institución explica que, aunque a nivel continental la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) ha publicado una guía regulatoria para su producción industrial o a gran escala, en España todavía no existe una regulación específica para el desarrollo estandarizado de fagos como medicamentos.

“Hoy, su producción y uso es mayoritariamente experimental, bajo protocolos autorizados individualmente y con apoyo de investigaciones coordinadas entre entidades como la nuestra, la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH), la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) o el Instituto de Salud Carlos III”, concluye la SEIMC.

El pasado mes de septiembre, un equipo liderado por la Universidad de Valencia conseguía erradicar una infección crónica de una bacteria en una paciente con fibrosis quística y un doble trasplante de pulmón. Lo hicieron con bacteriófagos, también conocidos como fagos, que son los virus de las bacterias y, por lo tanto, sus enemigos naturales.