La ingeniosa labor del arquitecto canadiense Frank Gehry le fue reconocida en vida, y ahora, tras su deceso, se multiplican las alabanzas para quien definitivamente pasó a la historia como uno de los grandes maestros de la arquitectura moderna. En su larga trayectoria dotó sus inmuebles de una marca personal, inconfundible, que supuso una ruptura con los modos de hacer, sacudiendo los juicios de lo que puede esperarse de un espacio arquitectónico.
Los edificios de Gehry, muchos concebidos como hitos urbanos, subrayan el poder expresivo de la arquitectura, difuminando sus límites con la escultura. Su propuesta transgresora a nivel compositivo y en el uso de materiales, constatan el poder transformador del objeto arquitectónico dentro de un proceso evolutivo orgánico que ha tenido lugar a lo largo de la historia de la humanidad, pero también de su capacidad transformadora dentro del paisaje.
Esto le ha llevado a formar parte del grupo selecto de arquitectos internacionales comisionados en las últimas décadas por varias ciudades para crear estructuras icónicas. Esta práctica, tan vanidosa como antigua, sitúa a dichas ciudades en el mapa cultural mundial como poseedoras de un edificio moderno de diseño excepcional, más allá de su utilidad local como museo, puente, sala de conciertos, etc. Al mismo tiempo, la nueva obra presume el poder económico de quien ha sido capaz de pagar cifras estrafalarias por su factura.
El propio Gehry se revalorizó de la misma manera que un artista plástico, si observamos los presupuestos de algunas de sus obras más conocidas. Del Museo Guggenheim de Bilbao (1997), por ejemplo, se han descrito cifras que oscilan entre 84 y 132 millones de euros; el Disney Concert Hall (2003), de los Ángeles, costó entre 215 y 274 millones de dólares; la Fundación Louis Vuitton (2014), en París, 800 millones de euros; y las nuevas instalaciones de la corporación Facebook (2018) en California, redundaron los 17.000 millones de dólares.
Independientemente de la exactitud de los números que reflejan distintas fuentes, es evidente que la exclusividad de su carácter trasciende los límites de la realidad constructiva, y que su poder simbólico no solo acompaña el espacio físico. Llevando nuevamente la mirada al objeto arquitectónico, las obras de Gehry, como la de otros maestros modernos, alcanzan una fuerza centrípeta allá donde se plantan y esto tiene un impacto significativo en el contexto urbano.
La Habana no tuvo la capacidad financiera para coleccionar una obra de Gehry. Sin embargo, en estos días que tanto se le recuerda, me gusta pensar que sí fue objeto de un mensaje poderoso, tanto más venido de genio moderno absoluto. La primera vez que Frank Gehry visitó La Habana fue en el año 2000. En 2015 volvió y tuvo la experiencia completa de arribar a la bahía en barco, caminar el centro histórico con Eusebio Leal y visitar las Escuelas de Arte con uno de sus artífices, Roberto Gottardi. Se infiere que tuvo la oportunidad de observar el gran abanico de lenguajes que define nuestro patrimonio urbano y sus dinámicas.
De un encuentro sostenido con artistas y arquitectos cubanos en la UNEAC, así como en declaraciones que hizo a Habana Radio, queda su impresión sobre La Habana y su futuro, donde reconoció su enorme valor como ciudad histórica y alertó sobre los cambios que han puesto en peligro la visualidad de otros paisajes tradicionales, trastocando los modos de vida y las costumbres.
«La historia es más hermosa que la modernidad, el hecho de que encontremos más esta última, es solo una razón adicional para preocuparse». Por lo que previno, «debemos preocuparnos por cómo proteger el patrimonio que ya tenemos, que ha sido salvaguardado durante tanto tiempo».
«Ustedes saben que Cuba está en el centro de atención de mucha gente y en un futuro inmediato atraerá a muchos inversionistas, particularmente en el sector turístico, pero estoy seguro de que ustedes sabrán ser cuidadosos con los proyectos», dijo. Basado en experiencias internacionales añadió: «cuando las relaciones con EEUU se normalicen, hay que tener presente que la ciudad no comience a parecerse a cualquier otra».
Estas reflexiones dirigidas a La Habana por quien dedicó su vida a irrumpir con la tradición son, cuanto menos, reveladoras. Tampoco son ajenas al sentir de muchos arquitectos cubanos y coinciden con lo que otros especialistas extranjeros han planteado para Cuba. Viene a mi mente las charlas en el Capitolio de La Habana, en 2004, del arquitecto Andrés Duany, considerado una de las principales figuras del Movimiento del Nuevo Urbanismo en EEUU.
Cuba causa fascinación como una joya detenida en el tiempo, a pesar de lo profundamente deteriorado que se encuentra su paisaje urbano. Esto impone metas enormes y urgentes, e irremediablemente continuas pérdidas. Sin embargo, los especialistas valoran su condición única como espacio histórico preservado a gran escala, que no llegó a sufrir el urbanismo moderno tecnocrático que ha privilegiado el modelo de dispersión suburbana con casitas y condominios, la zonificación, las grandes torres y el uso intensivo del automóvil.
En su base, de La Habana se aprecia el balance que tiene entre el diseño urbano y la arquitectura que lo completa, la pervivencia espontánea de funciones (vivienda, comercio, ocio, oficinas, etc.) y el poder medir a distancia peatonal el acceso a las necesidades básicas diarias (mercado, farmacia, colegio, etc.).
Sobre esto ampliaremos en el artículo siguiente. Antes de terminar este artículo que enlaza al premio Pritzker de Arquitectura, Frank Gehry, con lo cubano, me gustaría apuntar su relación directa con una obra de dos arquitectos cubanos en Miami: la antigua sede del emporio Bacardí. Adquirida en 2012 por la National Young Arts Foundation, fue remozada por Gehry para adecuar el diseño interior a las nuevas funciones de la institución cultural. De este modo, el conjunto moderno de la torre diseñada por Enrique Gutiérrez en 1963, y el volumen horizontal de Ignacio Carrera-Jústiz, de 1972, incorporó en 2013 el nuevo diseño espacial del genio canadiense.