El Madrid es muy España. Cada cierto tiempo se rompe la trasmisión del saber mientras se glorifican batallas prehistóricas. Todo el mundo sabe lo que pasó en 2014. Modric se hizo cargo del equipo. Y el equipo ganó la Champions. La Décima. 12 años sin que el sol alumbrara a los merengues. Esa agonía (corta, pero eterna) la rompió Ramos en el gol de Lisboa.
Parece que en el Real nada tiene sentido. Florentino le dijo a Cerezo en el palco que esa copa la necesitaba más el Madrid que el Atleti. Tenía razón. Son clubes diferentes. Uno lleva un uniforme de rayas blancas y rojas, el que más se da en Europa, que quiere ganar, pero está encantado con ser. El otro es una religión que convierte en épica la angustia existencial de las clases medias. Para el Atleti la derrota es la normalidad, como en el universo la norma es el vacío. Para el Madrid la victoria es un destino y eso convierte cada derrota en un plebiscito.
Ramos cabeceó ese balón que le puso Modric con dulzura. Ahora ha desaparecido la dulzura del equipo merengue. Y también ha desaparecido la tiranía. No hay un Ramos. No hay un Modric. No hay jugadores que sean símbolo, solo estrellas de Instagram que corren tras el balón como si el fútbol en el Madrid fuera un deporte y no el hermano gemelo del ajedrez cruzado con un ballet soviético donde, tras la coreografía, late la belleza, el despotismo, la muerte y la resurrección.
El Madrid de José Mourinho (en el que se educó sentimentalmente Xabi, que era su general en el campo) no ganó la Champions por exceso de vértigo. Tenía un metrónomo en el origen, pero le faltaba alguien que bailara a los contrarios para que la jugada llegara limpia a los delanteros de forma regular, sin necesidad de gestos poéticos de Özil o genialidades de Benzema. Necesitaba a un jugador que supiera detener el paso del tiempo, que dominara los vientos del partido. Necesitaba a alguien en quien descansara el balón. Ancelotti tenía a Modric y también tenía a Isco. Luego se sumó Kroos a la fiesta.
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El control del tiempo
Las Champions se ganaron desde un absoluto control del mediocampo. Del partido. Del tiempo. Del flujo del balón. Esas cuatro copas de Europa son hijas de lo mismo. Control más violencia. Modric más Cristiano. Kroos dibujando el horizonte de Bale.
Las dos siguientes se ganan con las cenizas de ese equipo y el punto de fuga de Vinícius. Fede y Camavinga ponían la energía, pero no eran el centro de la fábula, no eran los ingenieros, siempre fueron las manos fuertes que empuñaban la herramienta. Pero el cerebro era el de antes: Modric, Kroos o Benzema.
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La escasa preocupación
Tras la hecatombe de los galácticos, se produce una guerra civil. Unos están con Raúl, con las esencias madridistas, y los demás solo se ocupan de su peso en las portadas. El Madrid es en sí mismo una gloria y algunos futbolistas sienten que con eso es suficiente. Da igual que el barco vaya a la deriva porque ellos solo escuchan a su entorno, una cámara de eco bien pagada. Da igual que los títulos no lleguen porque ellos solo miran su resplandor en la historia, y el Madrid es la historia. Esos futbolistas, cuando vuelven a sus países, son tratados como estrellas de una constelación superior. Esos futbolistas fueron gente como Zidane, Figo o Ronaldo. Rindieron durante años a un nivel paupérrimo y nadie fue capaz de contradecirles. Solo Zidane lo ha reconocido. Quizá venga de ahí que siempre tenga la puerta abierta en Chamartín.
Si esos futbolistas fingieron durante años, ¿qué no harán los actuales? Bellingham, Vinícius, Mbappé. No están preocupados. Es el madridista quien sufre por ellos. Nunca llegaron a tener un estatus de jugador y símbolo, como si lo tuvo el último Zidane. Ese estatus, que Raúl lo conquistó desde su origen, obliga a desbarrancarse en cada derrota. Obliga a elevar la voz en el vestuario, a coger al díscolo por la pechera, a mirar de frente a los periodistas, a no dormir, a velar por el sueño de los hinchas madridistas. Zizou no hizo nada de eso y quizá ese remordimiento (es un hombre religioso) le obligó a devolverle al Madrid lo que le había dado.
Lo hizo como entrenador. Dos veces. En circunstancias peores que las actuales de Xabi. Con un equipo roto y remendado que todos descubrimos que tenía la mejor plantilla de la historia. Lo descubrimos gracias a él. Fue valiente, se implicó en cada victoria y en cada derrota, dejó hablar a los futbolistas por encima de la táctica. Convirtió cada ley invisible del Madrid en una victoria inapelable.
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El precedente de Capello
Cuando Capello llegó en 2006 al Madrid se hace desde el primer momento con el vestuario. Echa a Ronaldo, que con su barriga satisfecha y una guerra mundial en cada rodilla ya no valía para la élite. Convierte el fútbol galáctico en un fútbol de piedra y alarido. Raúl asciende de las catacumbas y Capello le da las llaves del vestuario. Capello sabía que ese era un Madrid menor, pero solo desde el realismo desdentado del capitán se podía competir con esa plantilla amanerada. Se ganan una Liga a tiro limpio donde el equipo llega al límite. Nadie reprocha nada. Eso también es el Madrid. A veces es un ejército de la imaginación y otras, como en aquellos años, un grupo salvaje que se deja jirones en cada batalla.
Llegaron años de hielo. Guardiola era un profeta y a eso nunca se había enfrentado el madridismo. España había virado hacia el dogma del pase y la posesión. La Selección se utiliza como una herramienta para dividir al madridismo. Y en esos años cristalizaron una serie de jugadores: Ramos, Marcelo, Pepe, Xabi, Cristiano y Benzema, que entendieron desde abajo lo que es ser un jugador del Real Madrid. Esa educación en el infierno la han tenido Rodrygo y sobre todo Vinícius. También Valverde. Pero misteriosamente no se han convertido en jugadores- símbolo. Hay algo del madridismo que no ha penetrado en ellos. Quizás porque nunca se sintieron dueños del escenario. Eran Benzema o Kroos los que jugaban con los focos. Aunque en realidad no es cierto eso. Vini fue el mejor en la última Champions. Fue insultado, vejado y ninguneado. Cambió su carácter. Mejoró en el campo y fuera de él. Llegó el Balón de Oro. Y entonces, el tiempo se detuvo.
Ahora parece un niño. Sus cualidades siguen intactas. Su velocidad, su regate, las esquirlas de su genio siguen ahí. Pero su juego es obtuso. Parece Alicia persiguiendo a un conejo hasta dentro de su madriguera. Y allá en la madriguera siempre se confunde de opción: bebe del líquido que le hace diminuto cuando necesita poder y del que lo hace gigantesco cuando necesita filtrarse bajo las puertas.
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El error en la planificación
El Madrid ganó con centrocampistas que le garantizaban el control y el club decidió ir en dirección opuesta, dando las luces a los conductores que iban por el carril correcto para avisarles que estaban equivocados. Con una plantilla que es como un árbol de Navidad plantado al revés, Xabi ya no toma decisiones, solo gana tiempo. Es arrastrado por los estados de forma de sus estrellas hasta la próxima parada: la Supercopa de España.
Contra el City el equipo pudo correr y a ratos, fue feliz. Rodrygo marcó un gol que se gritó muy duro. No sirvió para nada. Tantos meses de destrucción íntima, han dado un equipo sin dominio en las áreas. Los centrales cometen errores infantiles, el árbitro está a sueldo de la mafia y Vinícius falla el tipo de ocasiones que harían enorgullecerse a Morata.
El domingo llegó un equipo español y aquí, al Madrid no se le deja correr. Eso es como negarle una partida de caza a un aristócrata. Una crueldad enorme. El Real Madrid, sin correr, es un pájaro con ruedas. Busquen ustedes la metáfora al gusto. Son minutos y minutos en los que el balón no avanza más que con cambios de orientación que suelen provocar centros a un lugar donde no existe la figura del delantero. Pasa el tiempo, llega el gol del rival y se encaran los momentos finales con el corazón en la boca.
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Un extremo que desborda y Rodrygo que remata in extremis. Últimos momentos de angustia y patadón. El partido se gana y Xabi tiene unos días para reflexionar. A él le gusta el rock and roll, pero su Madrid ha virado hacia el nihilismo punk.
Hacia la destrucción de un modelo, de cualquier modelo.
No future.