ASH

La 67ª Reunión Anual de la Sociedad Americana de Hematología (ASH 2025) ha retratado un panorama de transformación profunda en el abordaje de las enfermedades de la sangre. Más allá de los avances terapéuticos—que siguen siendo el motor del progreso—, el congreso ha puesto el foco en cómo mejorar resultados clínicos, reducir toxicidades, cerrar brechas de equidad y optimizar la atención a lo largo de todo el proceso asistencial. La hematología que emerge de ASH 2025 es, ante todo, precisa, más personalizado y consciente del impacto real de los tratamientos en la vida de los pacientes.

Uno de los grandes ejes del encuentro ha sido la consolidación de estrategias libres de quimioterapia en neoplasias hematológicas, impulsadas por terapias dirigidas, anticuerpos biespecíficos e inmunoterapia. En patologías como la leucemia linfocítica crónica (LLC) o los linfomas, los datos presentados refuerzan el desplazamiento de los esquemas tradicionales hacia combinaciones más selectivas, con tratamientos de duración fija y respuestas profundas.

En este contexto, la enfermedad residual medible (ERM) se afianza como una herramienta clave, no solo para estratificar el riesgo, sino también para guiar decisiones terapéuticas y, potencialmente, servir como criterio de evaluación en ensayos clínicos y procesos regulatorios.

Reducir toxicidades

Esta evolución terapéutica se acompaña de un esfuerzo paralelo por reducir la toxicidad y ampliar el acceso a opciones curativas. Los avances en trasplante hematopoyético presentados en ASH 2025 muestran como estrategias menos agresivas en el acondicionamiento y el uso optimizado de ciclofosfamida postransplante están ampliando el pool de donantes y mejorando la tolerabilidad, sin comprometer la eficacia. En conjunto, estos datos refuerzan la idea de que la innovación no siempre pasa por añadir complejidad, sino por refinar lo existente para hacerlo más seguro y accesible.

No obstante, ASH 2025 también ha sido escenario de una reflexión crítica sobre prácticas clínicas arraigadas. Una serie de estudios presentados en la conferencia «Más que medicina: mejorando la experiencia y el acceso del paciente» ilustran cómo cuestionar dogmas puede traducirse en beneficios tangibles. Dos de ellos se centraron en la deficiencia de hierro y la anemia ferropénica, trastornos frecuentes y a menudo infradiagnosticados, especialmente en mujeres en edad reproductiva.

Cambiar la práctica clínica

Un proyecto multidisciplinar de mejora de la calidad demostró que estandarizar la detección de la deficiencia de hierro durante el embarazo multiplica las tasas de diagnóstico y tratamiento. En solo un año, la inclusión sistemática de la ferritina en los análisis rutinarios permitió aumentar la detección del 10% a más del 60%, con mejoras significativas en los niveles de hemoglobina tras la administración de hierro intravenoso. Los resultados sugieren que los umbrales actuales para definir la anemia podrían estar dejando sin tratar a un número considerable de mujeres.

El segundo estudio reevaluó otra práctica histórica: la reticencia a administrar hierro intravenoso en pacientes con infección bacteriana aguda. El análisis de más de 85.000 pacientes hospitalizados mostró que, lejos de empeorar la evolución, el hierro intravenoso se asoció con una mejor supervivencia y mayores aumentos de hemoglobina, sin efectos adversos clínicamente relevantes. Estos hallazgos abren la puerta a replantear guías clínicas y a integrar el hierro intravenoso como terapia complementaria en contextos hasta ahora considerados de riesgo.

La revisión de prácticas no se limitó al manejo de la anemia. Otro de los estudios destacados, el ensayo TRACTION, evaluó el impacto de una política hospitalaria de ácido tranexámico (TXA) en cirugía mayor no cardíaca. En más de 8.000 pacientes, el uso sistemático de TXA redujo de forma significativa la necesidad de transfusiones de sangre durante la hospitalización, sin aumentar el riesgo de trombosis a 90 días. El estudio, de diseño pragmático y aplicable a la práctica real, respalda la adopción del TXA como medida estándar de seguridad quirúrgica, especialmente relevante en cirugías oncológicas, que representaron más del 60% de los procedimientos analizados.

Brechas en equidad

ASH 2025 también puso sobre la mesa brechas persistentes de equidad en los resultados del cáncer hematológico. Un amplio análisis de ensayos clínicos respaldados por el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos reveló que los pacientes negros con leucemia mieloide aguda (LMA) son diagnosticados a edades más tempranas y presentan una supervivencia significativamente menor que los pacientes blancos, incluso cuando reciben tratamiento dentro de ensayos clínicos y tienen mutaciones genéticas tradicionalmente asociadas a mejor pronóstico. La disparidad observada en pacientes con mutación NPM1 —donde la supervivencia fue menos de la mitad en pacientes negros— subraya que las diferencias no pueden explicarse solo por perfiles biológicos conocidos y apunta a factores estructurales, de acceso y de atención que requieren una respuesta decidida.

La dimensión social y económica de la enfermedad fue otro de los grandes temas del congreso. Un estudio longitudinal en oncología pediátrica mostró que casi un tercio de las familias con niños en tratamiento por leucemia linfoblástica aguda experimentan dificultades financieras graves durante la quimioterapia, incluyendo la pérdida de al menos el 25% de los ingresos del hogar o la imposibilidad de cubrir gastos básicos como vivienda y alimentación. La llamada «toxicidad financiera» emerge así como un efecto adverso más del tratamiento, con mayor impacto en familias vulnerables y que exige intervenciones específicas, desde asesoría en beneficios hasta apoyos económicos directos.

En conjunto, los datos presentados en ASH 2025 reflejan una hematología en plena madurez, capaz de integrar innovación terapéutica, revisión crítica de la práctica clínica y atención a los determinantes sociales de la salud. El mensaje que atraviesa el congreso es claro: mejorar la supervivencia sigue siendo fundamental, pero hacerlo de forma más segura, equitativa y sostenible es ya una prioridad irrenunciable. La hematología del futuro, tal y como se perfila en ASH 2025, no se limita a tratar enfermedades de la sangre; aspira a mejorar la vida de las personas que conviven con ellas.

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