Ana Obregón ha vuelto a saltar al foco mediático a raíz de un artículo publicado por The New York Times que la relaciona con Jeffrey Epstein. Según el prestigioso diario estadounidense, el empresario habría comenzado a construir su fortuna tras recibir una cuantiosa recompensa de la familia de la actriz y de otras familias españolas. Ante estas acusaciones, Ana Obregón ha acudido este martes al programa Y ahora Sonsoles donde ha sido tajante al negar cualquier tipo de relación sentimental con el magnate y delincuente sexual. Ha explicado que su vínculo se limitó a una amistad en la década de los ochenta, época en la que lo consideraba «educadísimo y maravilloso», aunque ahora, con la perspectiva del tiempo y los hechos conocidos, le «repugna» haber mantenido esa cercanía.
Más allá de la polémica, la figura de Ana Obregón está intrínsecamente ligada a Mallorca, isla de la que es una de sus grandes embajadoras. Desde 1975 veranea en la exclusiva Costa de los Pinos, donde su mansión representa mucho más que una simple residencia estival. Para la bióloga y presentadora, este lugar es un auténtico refugio personal donde ha experimentado momentos de alegría y tristeza, encontrando siempre confort y tranquilidad. Hoy, la actriz disfruta de esta propiedad junto a su nieta Ana Sandra, manteniendo viva una tradición familiar que se extiende por varias décadas.
La propiedad, que se extiende sobre un terreno de 8.000 metros cuadrados y cuenta con más de 1.000 metros cuadrados de construcción, fue erigida en 1975 por Antonio García Fernández, padre de Ana Obregón. Reconocido empresario y constructor, García Fernández dejó un legado arquitectónico que, tras su fallecimiento, pasó a manos de sus herederos, entre los que se encuentra la popular presentadora. Ubicada en un enclave privilegiado de la Costa de los Pinos, esta residencia ha sido el escenario de innumerables posados veraniegos de la polifacética Ana Obregón, tanto en su salida privada a la playa como en la piscina del chalet, convirtiéndose en un icono de las revistas del corazón españolas.
El nombre de esta espectacular propiedad, ‘El Manantial‘, no es una elección casual. Debe su denominación a una característica que la hace única en toda la urbanización: es el único terreno que dispone de un pozo de agua propio con una calidad excepcional. Para su edificación, se emplearon materiales de primera calidad, propios de la época, que han demostrado una resistencia admirable al paso del tiempo. El inmueble conserva su estética original de los años 70, con una predominancia de los colores blanco y azul turquesa, que evocan la esencia del mar y el cielo mediterráneos.
Entre sus características interiores más destacadas, la mansión cuenta con siete amplios dormitorios, todos ellos equipados con baño propio, un aseo adicional, una cocina completamente equipada y un impresionante salón comedor que ofrece acceso directo a la piscina. Estos espacios están diseñados para ofrecer máximo confort y privacidad a sus ocupantes. La extensión exterior de ‘El Manantial’ es igualmente impresionante. Dispone de una terraza principal que incluye una zona chill out, ideal para las veladas estivales. Además, cuenta con una terraza adicional de 250 metros cuadrados, una pista habilitada para el aterrizaje de helicópteros, un embarcadero privado y un solárium.
Una de las particularidades más exclusivas de ‘El Manantial’ es su doble acceso privado al mar. Por un lado, la propiedad goza de una salida directa a la pequeña y recogida playa de El Rajolí, un rincón donde la familia Obregón ha podido disfrutar de momentos de privacidad lejos de miradas indiscretas. Por otro lado, la mansión dispone de un pequeño embarcadero de carácter privado, lo que facilita las salidas náuticas sin la necesidad de desplazarse a puertos cercanos, ofreciendo una libertad y comodidad inigualables para los amantes del mar.
La vegetación constituye otro de los puntos fuertes de esta propiedad. El jardín está profusamente poblado por numerosos granados y pinos autóctonos, que no solo embellecen el entorno, sino que también proporcionan una sombra natural y contribuyen a crear un ambiente fresco y acogedor, incluso durante los días más calurosos del verano mallorquín. Esta cuidada vegetación, mantenida con esmero a lo largo de los años, aporta una privacidad esencial y un encanto singular a todo el conjunto.
Durante las décadas de los 80 y 90, la urbanización de Costa de los Pinos se consolidó como el destino predilecto de la alta sociedad madrileña para sus vacaciones estivales. Empresarios de éxito, personalidades adineradas y rostros conocidos elegían este enclave mallorquín para adquirir sus residencias de verano, atraídos por su exclusividad, belleza natural y la discreción que ofrecía. ‘El Manantial’ se inscribe perfectamente en esta tradición de lujo y retiro. Para Ana Obregón, Mallorca no es solo un destino vacacional, sino un pilar fundamental en su vida.
La isla y, en particular, ‘El Manantial’, han sido testigos de sus momentos más íntimos, tanto de alegría como de profunda tristeza. La mansión se ha consolidado como un verdadero santuario donde encontrar paz y consuelo, un lugar donde las preocupaciones del mundo exterior parecen desvanecerse. La presencia de su nieta, Ana Sandra, en la propiedad, añade una nueva capa de significado a este refugio. La actriz ha expresado en diversas ocasiones su deseo de que la pequeña continúe con la tradición familiar de veranear en la isla, perpetuando así el legado y los recuerdos asociados a ‘El Manantial’. Esta continuidad generacional subraya la importancia emocional y el arraigo familiar que la propiedad tiene para los Obregón, más allá de su valor material o su exclusividad.