Pocos directores tan eclécticos como François Ozon que, en su extensa filmografía, cuenta con películas de muchos sabores distintos, algo que le honra al evitar encasillarse por una parte y experimentar, por otra y no solo respecto a las historias sino también a la forma que les da.
El extranjero no es una excepción: es una rara avis envuelta en una factura técnica excepcional que nada tiene que ver con la sensibilidad estética preponderante a día de hoy. Es casi un viaje audiovisual a cine de vanguardia de los años 50, algo que le va como anillo al dedo a la historia porque en esta ocasión recala en la novela homónima de Mario Camus de 1942, una obra provocadora en la que se palpa la tensión desde el comienzo y propone una reflexión existencialista (casi nihilista) acerca del destino.
Ojo, porque Ozon es, además, uno de los directores más influyentes de su generación y sigue consiguiendo amasar buenos resultados de taquilla que refrendan sus trabajos, lo que nos permite seguir disfrutando de ellos y de su versatilidad creativa irrefrenable.
La película nos desplaza a Argel en 1938 para presentarnos al joven Meursault, un empleado tranquilo y modesto de treinta y pocos años que recibe la inesperada noticia de la muerte de su madre, que reside en una residencia en una localidad cercana.
Impávido, asiste al funeral de su madre sin derramar una lágrima, para sorpresa de quienes convivieron en sus últimos días con su madre y están devastados por su pérdida.
Al día siguiente, inicia una intensa relación sentimental con Marie, una conocida con la que coincide casualmente en una zona de baño pública.
Pronto vuelve a su rutina habitual. Sin embargo, su vida cotidiana pronto se ve alterada por su vecino, Raymond Sintès, quien arrastra a Meursault a sus turbios negocios, hasta que un día de calor sofocante, ocurre un trágico suceso en la playa que marca un antes y un después en sus días para desesperación de Marie, que ve cómo su futuro juntos se desvanece ante sus ojos.
La principal dificultad de llevar a cabo esta adaptación de El extranjero no reside en mostrar las tensiones sociales entre Francia y Argel, en los prejuicios étnicos ni los conflictos derivados de una convivencia repleta de aristas, que son el telón de fondo e incluso el detonador de la desafortunada decisión del protagonista. Eso lo consigue con un puñado de planos y un enfrentamiento concreto que definen la historia.
La mayor dificultad es tener en pantalla a un personaje como Meursault, vacío de emociones, que roza el trastorno autista y considera que su regocijo o sufrimiento son irrelevantes, de modo tal que apenas gesticula, es casi una estatua.
Es lo más parecido a tener un eje central con el que es imposible empatizar porque él mismo es insensible a todo lo que le rodea, ya sea de índole positiva o negativa. Y es de algún modo lo que hace tan especial y disruptora la novela, nacida en un momento de profunda conmoción internacional derivada de la Segunda Guerra Mundial y con grandes retos por afrontar a su finalización. ¿Camus reaccionó al trauma o trató de prepararnos para afrontarlo?
Llama especialmente la atención la actualidad de su discurso (por atemporal) y la manera en la que Ozon se recrea en la preciosa fotografía en blanco y negro, que se reivindica aquí con fuerza contra todo pronóstico y muy especialmente en el tramo final, más onírico, pero también más devastador.
La plasticidad de la cinta, su envolvente revestimiento estético y las contradicciones del personaje, que se revuelve tarde cuando está contra las cuerdas para abrazar su final hieratismo, hacen que sea una película extrañamente disfrutable. Triste hasta la médula, enigmática y cautivadora pero, sobre todo, sofocante, como el sol de Argel que ahoga los sentidos y la humanidad de Meursault.
Valoración
Nota 78
La novela de Mario Camus cobra nueva vida en manos de François Ozon que deslumbra con una bellísima fotografía en blanco y negro y una historia escalofriante hija de su tiempo y, a la vez, atemporal, valga la paradoja.
Lo mejor
El hipnótico trabajo del protagonista y la exquisitez de la fotografía.
Lo peor
Hay un giro final que contraviene la esencia del protagonista y se percibe casi como una salida de tono.