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Rostro imprescindible de la televisión en España, a lo largo de las últimas décadas hemos compartido numerosos momentos con Ana Obregón. Así, hemos reído con sus anécdotas, jugado en icónicos espacios como ‘Qué apostamos’, llorado con la muerte de su hijo Álex Lequio y comido las uvas en multitud de ocasiones.
Toda una vida donde todavía quedan sorpresas por descubrir. Así, tras revelaciones de ‘The New York Times’ sobre la estrecha amistad entre la actriz y Jeffrey Epstein, durante los años 80. Una etapa en Nueva York que ha salido a la luz por las posibles conexiones empresariales y amistosas, sobre las que Ana Obregón ya ha querido dar sus primeras palabras.
Ana Obregón compartió esta imagen en sus historias de Instagram. (Instagram/@ana_obregon_oficial)
A través de su aparición en ‘Y ahora Sonsoles’, la presentadora destacó que no hubo ningún tipo de vínculo de negocios. Además de asegurar que se arrepiente de su amistad: «»Estoy flipando con todo esto, porque no es plato de buen gusto. Me pone nerviosa, que te unan a un depravado de esa magnitud, es asqueroso. Me repugna haber sido su amiga, me hierve la sangre».
Un complicado momento para la madre de Álex Lequio que nos lleva a recordar otras anécdotas de su etapa en Estados Unidos, en esta ocasión mucho más divertidas y entrañables. Recuerdos sobre los que ella misma ha hablado en multitud de ocasiones, que quizás todavía no conocías, como ha hecho ‘Abe The Ape’ en su perfil de Instagram.
Las anécdotas de Ana Obregón
No es el caso de (probablemente) la paella más famosa del mundo. A través de una amiga en común, la también actriz Bo Derek, Ana Obregón terminó haciendo una paella en casa de Steven Spielberg. «Mi madre me dijo cómo hacerla y se me olvidaron las notas… la paella era lo más repugnante, no me salió ni amarillo el arroz, pero Spielberg estuvo educadísimo«, recordaba en ‘En la tuya o en la mía’, programa de Bertín Osborne.
Además, tampoco podemos olvidar cómo participó en dos episodios del ‘Equipo A’ en 1986, convirtiéndose una terrorista llamada Marta. Un papel en el que interpretaba también al interés amoroso de Hannibal. «Me pasó una cosa increíble. Como le tenía que besar me hicieron hacer el test del sida, fíjate tú, con la de besos que luego te dan en el cine», recordaba en ‘Viva la Vida’.
Una etapa en Estados Unidos donde también logró pequeños papeles en ‘General Hospital’ y ‘¿Quién es el jefe?’, donde sufrió una detención por prepararse demasiado bien un casting. «Me detuvieron por ir demasiado caracterizada a una prueba en la que hacía de prostituta«, explicó sobre cómo acudió vestida a una audición. en ‘El Hormiguero’.
Además, tras un sufrir un asalto en su casa de Los Ángeles, pasó a vivir con Julio Iglesias, amigo de sus padres, que residía en la ciudad con sus res hijos mayores. «Pasé de vivir en un cutrerío a vivir en Bel‑Air», recordaba en ‘Lazos de Sangre’. Una etapa sobre la que siempre habla con mucho cariño, rememorando numerosas anécdotas con el artista y sus hijos. Aunque más allá de su etapa estadounidense, tampoco podemos olvidarnos de cómo su futuro pudo cambiar por completo.
Ana Obregón y Alberto de Mónaco se conocieron en julio de 1986 en un torneo de golf en Montecarlo. «Durante esos días inolvidables cenamos, paseamos por la playa, salimos a bailar, asistí a un cóctel en palacio, visitamos el Museo Oceanográfico e intentamos estar la mayor parte del tiempo juntos…», recordó ella misma en su biografía ‘Así Soy’.
Julio Iglesias y Ana Obregón, en una foto de la historias de Instagram de la actriz. (Instagram/@ana_obregon_oficial)
Además de desvelar numeroso detalles sobre sus encuentros entre Mónaco y Madrid. «Nuestros cuerpos volvieron a enredarse durante esa noche en la que la luna fue nuestro único testigo. A la salida me escapé de nuevo por el parking del hotel casi al amanecer y conseguí que los paparazzi, que todavía hacían guardia en el hall y en la calle, no me vieran», recordaba en sus memorias sobre una de sus citas en la capital.
Sin embargo, tras un año de cercanía, «comprendí que jamás me acostumbraría al protocolo, a estar callada, a cenar rodeados de paparazzi (los suyos y los míos) y, mucho menos, a convertirme en una mujer florero. Regresé a España con un adiós sellado con un beso. Con Alberto viví un cuento cuyo final estaba anunciado desde el principio», añadía en su libro. Una vida repleta de anécdotas donde todavía quedan muchas páginas por escribir.