Cuando imaginamos el camino que se le abre a Pogacar este año, es imposible no mirar hacia atrás y ver un reflejo casi calcado en lo que Stephen Roche fue capaz de hacer en 1987.

Aquella temporada sigue instalada, para muchos, en el territorio de lo irrepetible: el año en que un irlandés, tan fino como obstinado, enlazó Giro, Tour y Mundial sin despeinarse… o, al menos, sin dejar que se notara.

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No era un doblete al estilo Indurain o Pantani: aquello fue un triplete, una gesta que hoy roza lo inverosímil, y que sólo un corredor del tamaño de Pogacar logró igualar.

Irlanda nunca ha sido tierra de pelotones poblados.

Han salido pocos, pero los que han salido, vaya si han dejado huella.

Sean Kelly y Stephen Roche forman un tándem generacional difícil de igualar, a los que en tiempos recientes se sumó Dan Martin y quizá Ben Healy quiera escribir una línea más.

Pero en los ochenta, la coincidencia de Kelly y Roche fue un golpe de suerte histórico.

Dos corredores complementarios, dos formas de entender el ciclismo, dos gigantes que terminaron disputándose hasta las clasificaciones por puntos.

Prueba de ello es el Superprestige Pernod, aquel ranking que marcaba la regularidad y la jerarquía auténtica de la época.

En 1987, Roche encabezó la tabla con 800 puntos, seguido por Kelly con 560 y Criquielion con 490.

Números que explican que ese año Irlanda tuvo a los dos mejores ciclistas del mundo.

Pero todo empezó, realmente, en el Giro. Roche, vestido con los colores del Carrera, se encontró peleando no sólo contra sus rivales, sino contra parte de su propio equipo, con Roberto Visentini —vigente ganador— convertido en opositor interno y con él un país, Italia.

El público italiano tampoco le perdonó aquello de no ajustarse al guion. Pero Roche resistió, ganó incluso una crono bajando hacia San Remo desde el Poggio, y se llevó el primer gran golpe del año.

Después llegó el Tour, una edición sin Lemond —convaleciente— ni Hinault —ya retirado— que se convirtió en una de las más abiertas de siempre.

Hoy con un Tour como el de 1987 fliparíamos.

Pedro Delgado acarició el triunfo, pero la regularidad de Roche acabó imponiéndose.

Y aún quedaba el capítulo más inesperado: el Mundial.

Kelly, ejemplo de fair play, trabajó para un Roche que, pese a reconocer la punta de velocidad de su compatriota, supo aprovechar que todos vigilaban al “King” para sorprender en el corte final de trece.

Y así, delante de Argentin, cerró el círculo perfecto.

Antes de ganarlo todo, Roche también perdió lo suyo: la París-Niza —que Kelly ganó por sexta vez consecutiva— y la Lieja ante Argentin.

Pero nada empañó una temporada que quedó grabada como uno de los mayores alardes de ciclismo puro.

Y aunque Nicolas Roche mantuvo el apellido en carrera, nadie ha vuelto a acercarse a aquel 1987.

Porque Irlanda, tan lejos y tan dura, sólo exportaba excelencia cuando salía de casa.