Bárbara Rivera trabaja cada día por intentar descifrar cómo hay genes que aumentan el riesgo de desarrollar un cáncer. Su labor consiste en investigar tumores … muy raros en niños y jóvenes. Para ello está al frente de un equipo de investigación que ha logrado reconocimiento a nivel internacional por sus últimos estudios. Algunos de ellos incluso podrían abrir la puerta a nuevas terapias para tratar esta enfermedad.
La extremeña, de 42 años nacida en Montjo, es investigadora principal en el Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (Idibell) y dirige desde 2020 ‘Rare TumorS Labs’, un laboratorio en el que estudian síndromes de predisposición a tumores que son muy infrecuentes, así como cánceres muy raros. El equipo es multidisciplinar e investiga sobre genética y genómica basada en muestras de pacientes, además de desarrollar modelos celulares para profundizar en los mecanismos que dan lugar a la enfermedad.
Su investigación más destacada se centra en el gen FGFR1 y la acaban de publicar en la revista de la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO). Llevan trabajando en ello casi una década, pues en 2016 descubrieron que dicho oncogén predispone a tener un tipo de glioma neuroepitelial, es decir, un tumor cerebral que afecta principalmente a niños y jóvenes y se asocia con epilepsia resistente a los fármacos.
Su estudio podría abrir ahora un futuro esperanzador para el tratamiento de los gliomas infantiles, el tumor más común de cerebro en niños. Su tratamiento actual es la cirugía, pero no siempre es viable debido a dificultades técnicas. Además, la recaída no es infrecuente y puede provocar brotes de convulsiones, lo que pone de relieve la gran necesidad de nuevos enfoques terapéuticos para mejorar la calidad de vida de estos pacientes.
De ahí la importancia del trabajo de Bárbara Rivera y su equipo, que ha ido más allá y acaba de identificar dos mutaciones en ese oncogén, algo que solo suele ocurrir como respuesta a una terapia. Hasta este momento no sabían la razón por la que eso se producía y ahora el laboratorio ‘Rare TumorS’ arroja más luz a esta cuestión.
Han desarrollado modelos celulares que reproducen lo que sucede en esos tumores y determinan qué mecanismos se alteran, por lo que pueden tener la posibilidad de diseñar nuevas terapias. «Es una herramienta fantástica para estudiar otros tipos de tratamientos utilizados hasta la fecha», explica Rivera. Abren la posibilidad así a alternativas a ensayos clínicos que actualmente no están dando resultados.
Se trata de un avance liderado por Rivera, que estudió Biología y Bioquímica en la Universidad de Salamanca, aunque también se formó en Reikiavik (Islandia). Luego hizo un doctorado en genética humana en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas en Madrid, y siguió con un posdoctorado en Canadá, donde es profesora adjunta en el departamento de Oncología de la Universidad McGill (Montreal). También es docente en el Instituto de Química Sarriá en Barcelona.
Ese es el currículum a grandes rasgos de Rivera, que está lleno de países, proyectos, centros prestigiosos y sobre todo mucho esfuerzo. Ha logrado hacerse un hueco destacado en el mundo de la ciencia, que todavía sigue luchando con la dificultad de conseguir fondos y más cuando se trata de enfermedades raras. «Se ven avances», afirma esperanzada. «Por ejemplo, el cáncer hereditario cuenta con equipos de investigación muy potentes y en otros como el síndrome de DICER1 somos muy pocos en España los que lo trabajamos», apunta Bárbara.
Se refiere a otro síndrome que aumenta el riesgo de desarrollar ciertos tipos de tumores benignos y malignos especialmente durante la infancia. Precisamente, uno de los aspectos que quiere investigar es por qué en la zona de Los Andes hay un sarcoma de cerebro muy agresivo con una alta incidencia en niños y que está asociado a alteraciones en el gen DICER1. «No acabamos de saber por qué ese tumor tiene una alta incidencia en lugares como Colombia y Perú», apunta Rivera, que tiene muchos sueños por cumplir.
Proyectos
También están trabajando en otras líneas de investigación como tumores raros de ovario desde niñas hasta adultas con la que ofrecen estudios genéticos a las pacientes, así como tumores pediátricos con afectación principal en la glándula tiroidea. Además, le encantaría dar con el test que diagnostique cualquier tipo de cáncer de ovario con una simple gota de sangre o con una nueva terapia para los gliomas en los que han centrado sus últimas investigaciones.
Es consciente de que por ahora tiene que hacerlo fuera de Extremadura. «La ciencia en España, aunque con centros de investigación punteros sobre todo en Cataluña, sigue siendo un ámbito precario para la importancia que tiene. Ojalá se pudieran investigar cosas así en regiones como Extremadura, pero los centros grandes siguen estando en Madrid, Cataluña, País Vasco, Navarra, Valencia o Salamanca, donde está el centro del cáncer», afirma Bárbara.
Su currículum está lleno de reconocimientos. En 2016 fue galardonada con el premio Mia Neri de la European Society of Human Genetics (Sociedad Europea de Genética Humana), que reconoce a jóvenes investigadoras con trayectorias destacadas, y en 2023 fue una de las cuatro investigadoras emergentes receptora de las ayudas de la Asociación Española Contra el Cáncer, que conceden un apoyo económico a proyectos pioneros en investigación oncológica. También en 2023, el Ayuntamiento de Montijo, su pueblo natal, la distinguió con la Medalla de Montijo por su trayectoria en investigación genética del cáncer.
Allí vuelve siempre que puede. «Cada mes y medio voy a Montijo», dice con un acento que la delata cuando pronuncia la ‘jota’ aspirada y orgullosa de ser de esta tierra, de regresar a su Extremadura.