Durante los últimos años, medicamentos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro han pasado de las consultas médicas a las conversaciones cotidianas por su promesa de una pérdida de peso significativa sin cirugía, apoyándose en una nueva generación de fármacos capaces de reducir el apetito y modificar la relación del cuerpo con la comida. Sin embargo, a medida que crece su uso en el mundo real, también se acumulan los datos que permiten compararlos con estrategias más tradicionales.

En ese contexto, un nuevo estudio de la Universidad de Nueva York pone cifras concretas a esa comparación después de que, al analizar resultados reales, no ensayos clínicos controlados, los investigadores han encontrado que la cirugía bariátrica sigue siendo, con diferencia, la herramienta más potente para perder peso de forma sostenida. Tanto, que sus efectos superan hasta cinco veces los obtenidos con los fármacos más populares basados en GLP-1.

La diferencia no es menor ni puntual, puesto que después de dos años del tratamiento, los pacientes operados habían perdido, de media, más de una cuarta parte de su peso corporal. Mientras tanto, en el grupo que utilizó medicación, la cifra apenas superaba el cinco por ciento. Un contraste que reabre un debate que parecía encaminarse hacia una solución farmacológica casi definitiva.

Cuando la realidad pesa más que las promesas

El estudio comparó a pacientes que se habían sometido a gastrectomía en manga o bypass gástrico con otros tratados con semaglutida o tirzepatida, dos de los agonistas del receptor GLP-1 más recetados. Para reducir sesgos, los grupos se emparejaron según edad, índice de masa corporal y niveles de glucosa en sangre.

Según lo publicado por Science Alert, los resultados revelan un problema clave: la adherencia. Aunque los ensayos clínicos muestran pérdidas de peso del 15 al 21 % con GLP-1, en la práctica muchos pacientes abandonan el tratamiento antes del primer año. Se estima que hasta un 70 % deja de tomar estos medicamentos en ese periodo, lo que reduce drásticamente su efectividad a largo plazo.

La cirugía, en cambio, introduce cambios anatómicos y metabólicos permanentes, ya que no depende de una dosis semanal ni de la constancia farmacológica, y por eso mantiene ventajas claras incluso en plazos más cortos. En todas las comparaciones temporales del estudio, la intervención quirúrgica ofreció mejores resultados.

Este tipo de hallazgos se suma a investigaciones previas que ya apuntaban a una brecha entre la eficacia de los GLP-1 en condiciones ideales y su rendimiento en el mundo real, además refuerza una idea cada vez más presente en medicina metabólica: no existe una solución única para la obesidad, sino herramientas con límites muy definidos.

Eso no significa que los fármacos queden descartados puesto que, además de ayudar a perder peso, la semaglutida se desarrolló inicialmente para tratar la diabetes tipo 2 y ha demostrado beneficios adicionales, como la reducción del riesgo cardiovascular y, en algunos estudios, de ciertos tipos de cáncer. En este mismo trabajo, ambos enfoques mejoraron el control de la glucosa, aunque la cirugía volvió a mostrar una ventaja mayor.

De igual manera, los propios autores subrayan que la cirugía tampoco es una solución mágica debido a que es invasiva, irreversible y exige cambios profundos y sostenidos en la alimentación y el estilo de vida, pero, con todo ello, los datos sugieren que su potencial sigue infrautilizado frente al entusiasmo generado por los fármacos.

Con las prescripciones de GLP-1 duplicándose en apenas un año, los investigadores plantean ahora el siguiente paso: identificar qué pacientes se benefician más de cada opción y cómo optimizar los tratamientos farmacológicos para que no se queden a medio camino. La pérdida de peso, concluyen, no depende solo de la innovación, sino de entender sus límites y aplicar cada herramienta en el contexto adecuado.