Durante los primeros años de la fotografía digital, millones de imágenes quedaron repartidas entre discos duros, CDs, tarjetas de memoria y servicios online que hoy ya no existen. Antes de que la nube se convirtiera en un estándar, buena parte de esos recuerdos dependía de soportes frágiles y tecnologías que el tiempo terminó dejando atrás.
A diferencia de la fotografía analógica, que podía sobrevivir décadas en un cajón, la digital nació ligada a dispositivos y formatos en constante cambio. Cámaras compactas, ordenadores familiares y primeros móviles almacenaban imágenes sin que existieran hábitos claros para conservarlas a largo plazo.
Con el paso de los años, discos averiados, ordenadores perdidos o plataformas cerradas sin aviso provocaron la desaparición silenciosa de millones de fotografías personales. No fue un borrado masivo, sino una pérdida progresiva que afectó a toda una generación de recuerdos.
Un vacío entre lo analógico y la nube
Para quienes usaron cámaras digitales a principios de los 2000, la pérdida es casi estructural. Entre los álbumes impresos de finales de los noventa y las bibliotecas en la nube de la década siguiente quedó un vacío difícil de recuperar, especialmente entre 2005 y 2010.
Ese periodo coincidió con la transición masiva a lo digital. Las cámaras se popularizaron antes de que existieran formas sencillas de guardar las fotos a largo plazo. Las imágenes acababan repartidas entre distintos dispositivos y servicios, y muchos usuarios cambiaban de tecnología sin una estrategia clara. El resultado fue lo que hoy se conoce como un agujero negro fotográfico.
El punto de inflexión llegó en 2005, cuando las ventas de cámaras digitales superaron definitivamente a las de película. La caída de precios y la mejora de la calidad dispararon la producción de imágenes personales. Por primera vez, hacer fotos dejó de tener límites prácticos.
Durante décadas, la fotografía había sido un proceso lento y limitado. Con la digitalización, esas barreras desaparecieron casi de golpe. Gran parte de la población empezó a tomar cientos o miles de fotos al año, sin pensar en qué ocurriría con ellas a largo plazo. Las ventas de cámaras digitales alcanzaron su pico en 2010, justo antes de desplomarse con la llegada del smartphone. Para entonces, muchas imágenes de los años anteriores ya se habían perdido.
La fragilidad no se limitó a los dispositivos físicos. Al mismo tiempo que se multiplicaban las fotos, surgieron plataformas de almacenamiento y compartición online gratuitas que muchos usuarios asumieron como archivos permanentes.
En 2006, MySpace era la web más popular de Estados Unidos. En 2019, la propia empresa reconoció que 12 años de imágenes y archivos se habían perdido tras un fallo en sus servidores, borrando una generación entera de recuerdos digitales.
No fue un caso aislado. Durante esos años proliferaron servicios de fotografía online que ofrecían galerías gratuitas a cambio de ingresos comerciales. Muchos cerraron, se fusionaron o cambiaron sus condiciones, dejando archivos inaccesibles o directamente perdidos.
A principios de los 2000, guardar grandes cantidades de datos era caro y la nube apenas existía. Numerosas empresas tuvieron que mantener sus propios servidores, un modelo difícil de sostener. “Se asumía que todo lo que se subía a internet debía ser gratuito”, señala la profesora Karen North, una idea que dejó en segundo plano la necesidad de conservar los datos a largo plazo.
Aunque las soluciones actuales parecen más sólidas, los riesgos no han desaparecido. “Buena parte de la gente no distingue entre una fotografía física y un archivo digital”, advierte Cathi Nelson, especialista en preservación de archivos. “Creemos que vemos una foto, pero en realidad solo vemos datos”.