Destrozar el Tour, eso hizo Pogačar en Hautacam
Hautacam no es una subida más; es el lugar donde el Tour, de vez en cuando, decide cambiar de piel de forma traumática.
Lo saben los que vieron a Induráin dimitir en 1996 ante un Bjarne Riis que parecía pedalear en otra dimensión, y lo supo Tadej Pogačar en 2022, cuando entre el asfalto derretido y la sombra de un Jumbo-Visma coral, tuvo que aceptar que no era invencible.
Pero el ciclismo, como la vida, suele ofrecer una redención a quienes saben conjugar el verbo “esperar”.
La mística de esta cima pirenaica reside en su capacidad para quitar las máscaras.
No hay donde esconderse en sus rampas irregulares, que muerden cuando menos lo esperas.
En esta ocasión, Pogačar no subió solo contra el crono o contra un rival; subió contra la historia y contra el recuerdo de aquel descenso al límite en Spandelles que terminó en el suelo.
El esloveno, en un ejercicio de canibalismo deportivo, decidió que Hautacam no volvería a ser su tumba, sino su trono.
La victoria de Tadej fue un golpe de mano que desmanteló cualquier atisbo de igualdad.
Mientras el bloque de Vingegaard intentaba contemporizar, Pogačar activó el modo que mejor domina: el del ataque total a 12 kilómetros de la cima.
No hubo conjeturas posibles; el algodón de la carretera no engaña.
En cada pedalada, le devolvía al danés cada segundo perdido en años anteriores, cobrándose todas las facturas de golpe.
Ver a Pogačar derrotar la mística de Hautacam fue ver a un ciclista que ha entendido que, para ser leyenda en este puerto, no basta con ganar, hay que arrasar.
El esloveno no solo ganó una etapa; cerró una herida abierta y nos recordó que, en este ciclismo de vatios y precisión, el hambre de revancha sigue siendo el combustible más potente.
En la cima donde Induráin dijo adiós, Pogačar dijo “aquí mando yo”.
Imagen: A.S.O./Billy Ceusters

