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Carl Sagan decía que vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología en la que casi nadie sabe nada de ciencia y tecnología. Empiezo por ahí porque cada vez que pienso en el Donostia International Physics Center y en estos veinticinco años que ahora celebra, me viene a la cabeza esa advertencia y, al mismo tiempo, su reverso esperanzado: la convicción de que el conocimiento no es solo acumulación de resultados, sino cultura compartida, imaginación organizada, conversación pública. El DIPC es, para mí, una de las respuestas más sólidas que se han dado en este país a ese desafío que Sagan formuló con una claridad casi incómoda.

Rayando ya el primer cuarto del nuevo siglo, el viejo y manoseado cliché con el que un Unamuno incomprendido pedía «que inventen ellos» describe hoy más nuestros complejos patrios que la realidad. En la vieja piel de toro hay investigadores de primer nivel mundial, grupos punteros y centros que compiten en ideas, talento e impacto internacional sin necesidad de pedir permiso ni disculpas. El mapa científico español ha cambiado de manera radical, y buena parte de ese cambio se articula alrededor de programas como Severo Ochoa y María de Maeztu, que reconocen a centros de excelencia capaces de sostener investigación de frontera. En ese territorio figuran instituciones tan prestigiosas como el CNIO, el ICFO, el IFAE, el IFIC, el ICMM, la Estación Biológica de Doñana o la Barcelona School of Economics. Y, entre ellas, el DIPC (Donostia International Physics Center).

Pero si ese conjunto ya es exigente, el DIPC pertenece además a un club mucho más reducido, un club que me gusta llamar, siguiendo el texto que hoy nos convoca, el club de los audaces. La mayoría de los centros de excelencia optan por una especialización clara: una disciplina, un problema bien delimitado, un campo acotado que permite optimizar recursos y reducir riesgos. Es una estrategia sensata y, en cierto modo, conservadora, muy acorde con los tiempos. El DIPC, en cambio, decidió desde el principio jugar otra partida. Esa audacia no consiste en una huida hacia adelante, sino en asumir algo tan sencillo como radical: los grandes problemas de la ciencia contemporánea no respetan fronteras disciplinares. Por eso, como el Santa Fe Institute, el Institute for Advanced Study, el MIT Media Lab, Stanford Bio-X, el Janelia Research Campus o el Perimeter Institute, el DIPC apostó por una multidisciplinariedad real, casi antidisciplinaria en algunos momentos, que implica riesgos intelectuales, horizontes largos, colaboración intensa y la creación deliberada de un ecosistema cultural donde la mezcla de lenguajes no sea la excepción, sino la norma.

Esa apuesta se refleja de manera cristalina en sus cuatro grandes líneas de investigación, cuyos nombres ya son una declaración de principios: QUANTUM, NANO, LIFE y COSMOS. No son compartimentos estancos, sino zonas de tránsito. QUANTUM se adentra en las propiedades más fundamentales y a menudo más desconcertantes de la materia: información cuántica, materiales topológicos, química cuántica teórica y computacional, física del attosegundo, redes de tensores. NANO explora la nanoescala, ese territorio donde emergen propiedades nuevas que obligan a combinar física, química, ingeniería y teoría de sistemas complejos. LIFE sube un peldaño más y se sitúa en la escala de lo vivo, abordando problemas de biofísica y bioquímica como el plegamiento de proteínas, la fotocatálisis en entornos biológicos, el desarrollo de sensores víricos o una neurofísica emergente que conecta cerebro y nanociencia. COSMOS, finalmente, expande el horizonte hasta lo inconmensurable, conectando física de partículas, neutrinos, cosmología computacional, evolución de galaxias, lentes gravitacionales y la naturaleza de la materia y la energía oscuras, ese punto fascinante donde lo diminuto y lo infinito se tocan.

En ese contexto se entienden algunos de los logros científicos más impresionantes del DIPC, que no son fuegos artificiales aislados, sino la consecuencia natural de una cultura científica bien asentada. Dos de ellos destacan de manera especial por su ambición y por el reconocimiento internacional que suponen: las dos Synergy Grants del Consejo Europeo de Investigación vinculadas al centro.

La primera está liderada por Juan José Gómez Cadenas, físico experimental de partículas y alma del experimento NEXT. Hablar de NEXT es hablar de una de las grandes preguntas de la física contemporánea: la naturaleza del neutrino y su posible carácter de partícula de Majorana, es decir, de ser su propia antipartícula. Es una cuestión técnica, sí, pero también profundamente filosófica, porque de su respuesta depende nuestra comprensión de por qué el universo está hecho de materia y no de antimateria. El trabajo de Gómez Cadenas y su equipo ha situado al DIPC en la vanguardia mundial de esta búsqueda, con avances decisivos como la identificación de átomos de bario producidos en la desintegración beta doble sin neutrinos, un paso clave que ha merecido portadas en revistas como Nature. Que un experimento liderado desde España, con una fuerte implicación del DIPC, esté en el centro de una de las grandes carreras científicas de nuestro tiempo dice mucho de la ambición y del rigor de este proyecto colectivo.

La segunda Synergy Grant está liderada por Juan Manuel García Ruiz, investigador Ikerbasque en el DIPC y una de las figuras más reconocidas internacionalmente en el estudio de la cristalización y la autoorganización de la materia. Su proyecto PROTOS aborda otra de las grandes preguntas que nos definen como especie: el origen de la vida. Lejos de plantearlo como un relato especulativo, PROTOS reconstruye experimentalmente escenarios plausibles de la Tierra primitiva, explorando el papel de la sílice y de estructuras minerales autoorganizadas en la emergencia de protocélulas. Los resultados, publicados en revistas de referencia como PNAS y también con impacto en Nature, sugieren que la frontera entre lo vivo y lo no vivo es mucho más porosa de lo que solemos pensar. Que este tipo de investigación se haga desde el DIPC, combinando física, química, geología y biología, es una demostración perfecta de lo que significa pertenecer al club de los audaces.

Este año, además, hemos visto nacer otra expresión de audacia científica y social directamente vinculada al ecosistema en el que el DIPC es protagonista: la Milla Cuántica, un recorrido científico-tecnológico que conecta los principales centros de investigación en física cuántica de Donostia y hace visible el trabajo de sus grupos al conjunto de la ciudadanía. Esta ruta, diseñada tanto como paseo señalizado con paneles divulgativos como en forma de experiencia virtual interactiva, incluye instalaciones tan emblemáticas como el ordenador cuántico IBM Quantum System Two y el supercomputador Hyperion del DIPC, junto a laboratorios y grupos de investigación que, colectivamente, impulsan el desarrollo de tecnologías cuánticas que prometen transformar no solo la computación, sino sensores, comunicaciones y otras aplicaciones. La presencia del ordenador cuántico no es un detalle menor: se trata del primero de estas características instalado en España y uno de los muy pocos operativos en Europa, un hito que sitúa a Donostia en un mapa extremadamente reducido de ciudades capaces de albergar infraestructuras cuánticas de última generación. Más allá de la potencia de cálculo o de la carrera tecnológica global, su verdadero alcance está en que simboliza la apuesta consciente por anticiparse al futuro, por asumir riesgos cuando aún no hay certezas, y por convertir la física cuántica en algo visible, pensable y compartido, no como promesa abstracta, sino como realidad ya en funcionamiento.

Pero reducir el DIPC a sus éxitos científicos y de innovación tecnológica sería no entender su verdadera naturaleza. Desde su fundación, bajo el impulso intelectual y moral de Pedro Miguel Echenique, y la dirección abierta, estratégica y atrevida de Ricardo Díez Muíño el centro ha defendido que la excelencia no se mide solo en papers y citas, sino en la capacidad de crear un ecosistema intelectual vivo, abierto y permeable. Esa idea se traduce en una intensa vida científica basada en seminarios, escuelas, estancias largas y una circulación constante de investigadores de todo el mundo, pero también en una integración consciente en el tejido cultural y social de su entorno. Ahí es donde, desde Jot Down, sentimos que existe una afinidad profunda. Nuestra colaboración con el DIPC en proyectos como Ciencia Jot Down no nació de una estrategia de marketing, sino de una convicción compartida: la ciencia es cultura y debe contarse con las herramientas de la cultura. Durante años, con la codirección del investigador científico Ikerbasque Francesc Monrabal, el concurso y los libros y encuentros asociados han servido para demostrar que el pensamiento científico puede expresarse en forma de ensayo, de narrativa, de ilustración o de fotografía sin perder rigor, y que hacerlo amplía su alcance y su sentido.

Esa misma filosofía anima otras colaboraciones del DIPC con el mundo cultural. Pienso, por ejemplo, en su trabajo con Tabakalera, un espacio que se ha convertido en uno de los grandes nodos culturales del país. La reciente exposición Visones cuánticas es un ejemplo magnífico de cómo traducir conceptos abstractos y profundamente contraintuitivos en experiencias expositivas capaces de interpelar a públicos muy diversos. No se trata de simplificar hasta la caricatura, sino de ofrecer herramientas para pensar, de abrir preguntas, de invitar a la curiosidad. La cuántica, con su desafío permanente al sentido común, encuentra en estos contextos un aliado inesperado pero necesario. En la misma línea se inscribe la colaboración del DIPC con la revista donostiarra Artuparte, que incorpora la ciencia contemporánea a su mirada artística y crítica. Que una revista de arte y pensamiento cuente con la participación de un centro de investigación en física no es una extravagancia, sino una declaración de principios: la cultura del siglo XXI no puede permitirse compartimentos estancos. Arte, ciencia y reflexión social no son mundos separados, sino formas distintas de explorar la realidad.

Esa vocación humanista se ha materializado también en iniciativas como Mestizajes, Passion for Knowledge o STROM, donde científicos, artistas, escritores y pensadores comparten escenario y conversación. No es casual que todo esto ocurra en un territorio con una fuerte identidad cultural y una tradición de cooperación institucional. El DIPC ha sabido anclarse en ese contexto sin caer en el localismo, demostrando que se puede ser profundamente local y radicalmente internacional al mismo tiempo. Cuando pienso en estos veinticinco años, veo al DIPC no solo como un centro de investigación en física, sino como una declaración de principios sobre cómo organizar el conocimiento en un mundo donde los problemas verdaderamente importantes son complejos, abiertos y compartidos. Veo una institución que ha entendido que la audacia no es lo contrario del rigor, sino su consecuencia más exigente. Veo un lugar donde la ciencia se hace con paciencia, con riesgo, con imaginación y con una profunda responsabilidad cultural.

Volviendo a Carl Sagan, él insistía en que la ciencia es una vela en la oscuridad. El DIPC ha encendido muchas de esas velas en este cuarto de siglo, algunas orientadas a los misterios más profundos del universo, otras a los orígenes de la vida, otras a la comprensión íntima de la materia. Pero, sobre todo, ha contribuido a que esa luz no se quede encerrada en un laboratorio, sino que ilumine conversaciones, exposiciones, libros, revistas y espacios públicos. Por eso, al felicitar al Donostia International Physics Center por su 25 aniversario, no celebro solo una trayectoria científica excepcional. Celebro una forma de entender la ciencia como cultura, como riesgo intelectual, como conversación compartida. Celebro que, desde Euskadi, desde España, se haya apostado por pertenecer al club de los audaces. Y celebro que hayamos podido caminar juntos, desde Jot Down, en esa convicción de que pensar es, siempre, un acto colectivo.

Zorionak DIPC osatzen duzuen guztioi, eta espero dugu denbora luzez lagun izatea zientifiko eta humanista den bidaia honetan, gaur 25 urte betetzen dituen honetan.

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