Ena ha triunfado. Ha triunfado la serie, creada por Javier Olivares. Y ha triunfado la propia Ena, la reina Victoria Eugenia. Porque la ficción, basada en el libro de Pilar Eyre, ha puesto en el centro del mapa social la historia de una persona por encima de las épicas de la Historia. Epopeyas que, a menudo, engullen a las mujeres. Más aún si se salían del espacio que la sociedad preveía para ellas: “las mujeres debemos demostrar que valemos para algo más que para parir”, sentenció Ena, interpretada por Kimberley Tell.
La bisabuela del actual Rey Felipe VI era, hasta ahora, una gran desconocida, pues ocupaba ese equidistante punto entre lejanía y cercanía respecto a nuestro tiempo. Lo que impide llegar a nuestro recuerdo y, a la vez, a nuestras escuelas. Ideal para los nostálgicos de épocas superadas que no las mitificarían tanto si las hubieran vivido.
“A veces, para una mujer, el instinto de supervivencia es más fuerte que el instinto maternal. Pero la sociedad no está preparada para asumir esto. La vida es un montón de desgracias, echar de menos a los que más querías y, de vez en cuando, una alegría”, reflexiona Victoria Eugenia en este último episodio, narrado a través de la recreación de una entrevista de Augusto Assía, seudónimo de Felipe Fernández Armesto. Se trata del camaleónico corresponsal de La Vanguardia en Londres que, por cierto, debería tener una spin off propia.
El papel de Assía sirve para ordenar ideas con toda la personalidad de las ficciones made in Olivares. No confunde emoción con ñoño. No confunde sentimiento con condescendencia. No confunde empatía con santificación.
Con sus literalidades y sus guiños, con su documentación y con su ironía, con su dirección de fotografía de Juan Carlos Franco, con su sintonía de Bronquio (cantada por Kimberley) que remarca que es una serie de hoy, Ena transforma el libro de Eyre en una catarsis de televisión bonita por inteligente, que no es lo mismo que snob. Aunque algunos crean que sí. Aquí, en cambio, las tramas juegan con la pasión de la curiosidad del público. Curiosidad que crece atreviéndose a la travesura de las películas de espías y de los cómics de superhéroes de cuando éramos niños. Hasta despertándonos inquietudes con ayuda de la media sonrisa que te pilla por sorpresa, justo en ese mismo instante en el que el espiado se atreve a delatar al espía en su propio oído. Muy Olivares.
Ena podía haber sido un serial romanticón de reyes alzados y exiliados, pero ha conseguido un retrato de la España que nos parió desde las empatías que nos permiten entender hasta lo que no entendemos. Esta vez, a través de la mirada de una reina que supo leer hace un siglo el drama que escondía una ciudadanía que valoraba como virtud la «discreción» impuesta a las mujeres: “Uno de los problemas más grandes del mundo es que a las mujeres no se nos hace mucho caso”. Victoria Eugenia no se conformó con la función estética y reproductora para la que se casó en una carroza e intentó encontrar un sentido al poder de su corona desarrollando una voz propia. A pesar de que no la escucharan demasiado. Así ella, Ena, logró ser moderna defendiendo la tradición que heredó y en la que creyó. Las palabras que suenan antagonistas se necesitan para sobrevivir.